Gualeguay: un trabajador encadenado, un silencio oficial y una dignidad que no se negocia
A las seis de la mañana del miércoles, cuando la ciudad recién despertaba, Guillermo Exequiel Rodrigo Reynoso tomó una decisión que ningún trabajador debería verse obligado a tomar: se encadenó a las puertas de la Dirección Departamental de Escuelas de Gualeguay. No fue un gesto teatral. Fue el último recurso de alguien que siente que le arrebataron su trabajo sin razones y sin siquiera mirarlo a los ojos.
Reynoso había sido despedido del comedor de la Escuela Agrotécnica N° 37, donde trabajó casi tres años. La notificación llegó el 6 de mayo, firmada por la coordinadora de Comedores, María de la Paz Campos. Él asegura que fue sorpresiva, injustificada y que jamás recibió una sanción. Desde entonces, exige algo básico: que le expliquen por qué lo dejaron sin trabajo.
Este viernes por la noche, seguía allí, encadenado, esperando una respuesta que no llega.
En diálogo con Radio Plaza, relató que fue a pedir una reunión para hablar de problemas en la cocina y salió con un cese ya redactado. No hay justificativo de nada, solo chusmerío, dijo. También negó haber desobedecido órdenes y desafió a que presenten pruebas. Su versión es clara: lo echaron por reclamar mejores condiciones para alimentar a los chicos.
Y su reclamo no era menor. En el comedor, donde comen 200 estudiantes, solo enviaban 120 galletas. Había que partirlas en cuatro para que alcanzaran. Cuando llegó, encontró una cocina en condiciones deplorables: murciélagos, roedores, cucarachas. Él mismo cuenta se puso a limpiar, ordenar y cocinar para que los gurises comieran con dignidad.
Un trabajador que cuidaba el plato de los chicos antes que el propio
El exintendente Luis Erro se solidarizó públicamente con Reynoso y describió lo que muchos en la comunidad ya sabían: que Guillermo nunca almorzó en la escuela, que prefería que la comida alcanzara para los alumnos. Que trabajó casi tres años sin una sola sanción. Que su pecado fue reclamar lo que correspondía.
Erro fue contundente: Para algunos, el que reclama sobra.
Un silencio que duele más que el despido
Desde que se encadenó, nadie se acercó a darle explicaciones. Nadie mostró las supuestas denuncias. Nadie dio la cara. Y ese silencio institucional frío, burocrático, deshumanizado es lo que convierte un conflicto laboral en una herida social.
Porque detrás del trabajador despedido hay una hija. Hay una familia. Hay casi tres años de servicio. Y hay una verdad incómoda: cuando un empleado que cuida a los chicos termina castigado por exigir lo mínimo, algo está fallando en el Estado.
Guillermo sigue encadenado. No por él, dice, sino por los gurises. Por esos 200 chicos que merecen más que una galleta partida en cuatro. Por un comedor que debería ser un derecho, no un campo de batalla.
Y porque, a veces, la dignidad se defiende así: con un cuerpo atado a una reja y una convicción que no se deja despedir.
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