Una mirada desde la alcantarilla. La molienda - 9 Digital - Mi 9
Una mirada desde la alcantarilla. La molienda -
Cuando la ropa se soltaba de la soga y el viento la acomodaba en otra casa, lisita entre los baldes para juntar agua de lluvia, la gente asumía que debía usarla, lo mismo los trapos y las mariposas, las semillas que venían a plantarse solas y asombraban con zapallos inmensos del tamaño de las carrozas. Lo que volaba era de quien recibía aquello que arrastraba el aire.
Algunas veces las telas caían en la tierra y pasaban a enterrarse como una capa más de piedra que quedaba abajo.
Cuando los hombres hacían hoyos y cavaban buscando lombrices aparecían zapatos sueltos, finitos como si fueran la huella misma del pie que los había perdido. Un paso que contenía una bendición, había que pisarlo y persignarse, así se liberaba al cuerpo que había perdido el camino.
Los hombres llenaban de tripas unas bolsas, después abrían los peces y sacaban los intestinos. Vaciaban los cuerpos como en una ceremonia, soltaban al agua las vísceras que brillaban por última vez contra el sol.
Había vacas que mugían como si fueran gallos, todo el día rumiaban y masticaban el fardo. En los ojos de los animales se miraban los hombres y acomodaban sombreros. Las mujeres ajustaban sus pañuelos en el cuello y oprimían con los granos sueltos para las aves la piel de sus pechos. Molían lo que les dolía adentro con ese gesto íntimo. Una contracción.
Toda la gente rezaba en las misas con las palmas hacia el cielo, lo hacían sin capillas, frente a los maizales. Y rogaban por menos o más agua, por el engorde de los terneros y el nacimiento de los caballos. Después montaban sus bestias, hacían nacer a sus crías sin dolor y reían agradeciendo cuando las cosas venían solas del cielo.