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Perfil 21/05/2026 13:09 7 min de lectura

Xi, Trump y Putin: la nueva cartografía del poder mundial

Si el encuentro Trump-Xi buscó administrar la competencia entre Estados Unidos y China, la reunión Xi-Putin mostró la consolidación de un eje estratégico euroasiático cada vez más explícito.

Xi, Trump y Putin: la nueva cartografía del poder mundial
Foto: Perfil

En menos de una semana, Beijing recibió a Donald Trump y a Vladimir Putin. La secuencia no fue

casual. Fue una escenografía geopolítica cuidadosamente diseñada para mostrar algo mucho más

profundo que dos reuniones diplomáticas: el ingreso formal de Xi Jinping al reducido grupo de líderes

capaces de dialogar simultáneamente con Washington y Moscú mientras redefine las reglas del sistema internacional.

China dejó de ser únicamente una potencia económica. Hoy busca consolidarse como el centro

gravitacional de un nuevo orden multipolar basado en comercio, infraestructura, cadenas logísticas y

control de nodos estratégicos de conectividad global. Allí reside el verdadero mensaje detrás de ambas

visitas.

Xi recibió primero a Trump con la solemnidad imperial que el presidente norteamericano valora, pero

también con una sutileza estratégica demoledora: le recordó la denominada Trampa de Tucídides, el

concepto popularizado por Graham Allison sobre el riesgo de guerra entre una potencia dominante y otra emergente. La referencia no fue académica. Fue una advertencia directa. Beijing dejó en claro que

considera a Taiwán el punto más sensible de la relación bilateral y que cualquier intento de alterar el

equilibrio actual podría derivar en una confrontación de dimensiones históricas.

Trump viajó a China buscando mostrar capacidad de negociación y obtener resultados económicos

concretos para sectores clave de su electorado. Allí apareció otro dato central: la disposición china a

incrementar compras de alimentos y combustibles estadounidenses. No se trata solamente de comercio.

Beijing comprendió perfectamente dónde golpear políticamente. El agro norteamericano, los productores energéticos y buena parte del heartland industrial constituyen el núcleo electoral que sostiene al trumpismo.

China no ofreció concesiones ideológicas. Ofreció negocios. Y en el actual escenario global, los negocios se convierten en armas estratégicas.

Mientras Washington intenta desacoplar parcialmente sus cadenas industriales de China, Beijing continúa utilizando el comercio como instrumento de estabilización política y buscando solidificar su economía, especialmente ante los rumores de burbuja inmobiliaria. Xi sabe que la economía estadounidense enfrenta crecientes tensiones inflacionarias, problemas fiscales estructurales y un agotamiento progresivo de su capacidad de sostener simultáneamente múltiples teatros de conflicto.

Por eso, el encuentro también mostró otro elemento relevante: la diferencia conceptual entre ambas

potencias. Trump continúa pensando en términos de presión, sanciones y coerción militar. Xi opera desde una lógica de largo plazo basada en infraestructura, financiamiento, rutas comerciales y dependencia tecnológica.

La cuestión iraní dejó en evidencia esa diferencia.

China sostuvo formalmente su adhesión al principio de no proliferación nuclear respecto de Irán. Sin

embargo, evitó condenar la continuidad del enriquecimiento de uranio por parte de Teherán, un matiz

extremadamente importante. Beijing se alineó con la posición iraní según la cual el programa nuclear

tendría fines civiles y no militares. Es decir: rechazó el desarrollo de armamento nuclear persa, pero no

cuestionó el mecanismo técnico que eventualmente podría acercar a Irán a ese objetivo.

Ese doble lenguaje constituye una señal estratégica inequívoca. China no pretende romper con Irán.

Por el contrario, necesita preservar la estabilidad de su principal corredor energético hacia Asia y evitar

cualquier escenario que coloque el Estrecho de Ormuz bajo control militar absoluto de Estados Unidos.

En ese contexto, cada vez resulta menos creíble la narrativa de Trump respecto de haber suspendido un supuesto ataque fulminante sobre Irán pocas horas antes de ejecutarlo. La reiteración pública de ese relato comienza a parecer más una herramienta comunicacional destinada a reconstruir autoridad que una verdadera demostración de poder.

Porque los hechos muestran otra realidad: Washington no logró imponer control estratégico en Ormuz y quedó atrapado en una situación extremadamente delicada. La vulnerabilidad del tráfico energético

mundial, la capacidad iraní de afectar el tránsito marítimo y la imposibilidad norteamericana de garantizar seguridad absoluta en la zona expusieron severas limitaciones operacionales y políticas.

En ese marco reaparece Cuba en el discurso de Trump. Pero ya no como prioridad geopolítica real, sino como pantalla discursiva destinada a reordenar la narrativa interna frente a una estrategia regional que exhibe crecientes dificultades.

La visita posterior de Putin a Beijing terminó de completar el cuadro. Si el encuentro Trump-Xi buscó

administrar la competencia entre Estados Unidos y China, la reunión Xi-Putin mostró directamente la

consolidación de un eje estratégico euroasiático cada vez más explícito.

Rusia y China avanzan hacia una integración política, energética, tecnológica y militar de enorme

profundidad. El proyecto Power of Siberia 2, destinado a transportar hasta 50.000 millones de metros

cúbicos de gas anuales hacia China, y pese a no haber alcanzado un acuerdo definitivo por cuestiones

referidas a precios de venta, constituye mucho más que un gasoducto. Representa la creación de una vía terrestre relativamente inmune a bloqueos navales occidentales. En términos estratégicos, Moscú y

Beijing están construyendo redundancia logística frente al poder marítimo estadounidense.

Pero el dato más delicado es otro: la creciente cooperación militar material y los crecientes rumores de

adiestramiento chino hacia Rusia en el conflicto ucraniano. Aunque Beijing continúa evitando una

participación formal directa, el apoyo tecnológico, industrial y dual-use proveniente de China ha resultado determinante para sostener la capacidad rusa frente al esfuerzo occidental. La guerra de Ucrania ya no puede analizarse únicamente como un conflicto regional europeo. Se transformó en un laboratorio de confrontación sistémica donde China estudia capacidades, desgasta recursos occidentales y obtiene experiencia indirecta sin involucrarse plenamente.

En paralelo, emerge con claridad la consolidación de un eje nuclear tripartito entre China, Rusia y EEUU.

La capacidad de destrucción termonuclear global ya no se trata exclusivamente de una potestad reservada a los dos contendientes de la Guerra Fría.

Todo esto confirma una transformación profunda del sistema internacional: la geopolítica contemporánea ya no gira exclusivamente alrededor de territorios. Gira alrededor de la conectividad. Infraestructura, puertos, corredores bioceánicos, rutas energéticas, cables submarinos, estrechos marítimos y cadenas de suministro constituyen hoy los verdaderos centros de gravedad del poder mundial. Por eso Ormuz, Suez, Malacca y Panamá adquieren una relevancia extraordinaria. Quien controle esos pasos controlará buena parte de la economía global.

Y en ese escenario, Sudamérica deja de ser periférica. El paso bioceánico sudamericano, el Estrecho de Magallanes y la Hidrovía Paraná-Paraguay poseen una importancia estratégica creciente en un mundo donde las grandes potencias buscan rutas alternativas, seguridad logística y acceso protegido a recursos críticos.

Allí cobran enorme valor las recientes palabras del jefe de la Armada Argentina durante el aniversario de la fuerza, al advertir sobre la necesidad de contar con capacidades navales acordes a la magnitud de los intereses marítimos nacionales, reclamo institucional que viene trascendiendo sucesivas gestiones nacionales, sin respuesta que trascienda el voluntarismo discursivo.

El problema es que la Argentina parece vivir en materia de Defensa, una contradicción constante entre

fines y medios. Mientras se multiplican las referencias oficiales a soberanía, Atlántico Sur, recursos

naturales y proyección antártica, el país mantiene el presupuesto de Defensa más bajo de su historia

reciente y acaba de profundizar un nuevo recorte que afecta directamente al Instrumento Militar.

Ninguna nación puede aspirar a controlar espacios marítimos estratégicos, proteger corredores

bioceánicos, garantizar la seguridad de la hidrovía o sostener presencia efectiva en el Atlántico Sur sin un Instrumento Militar integrado y disuasivo, para lo cual es indispensable disponer de una fuerza naval moderna, equipada y financiada, para afrontar escenarios preeminentemente aeronavales.

La conectividad global redefine el poder. Y promediando el siglo XXI, quien no pueda proteger su

espacio aéreo, su ciberespacio, sus rutas, sus puertos y sus accesos marítimos simplemente quedará

subordinado a quienes sí puedan hacerlo.

Y la Argentina, pese a ocupar una posición geográfica excepcional desde el punto de vista estratégico en el extremo austral del planeta, corre el riesgo de permanecer observando desde la costa cómo otros disputan el control de las rutas del futuro.

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