El Séptimo Hijo y el Manto del Presidente: Crónica de la Ley Lobizón
La noche de luna llena recorta la silueta de los montes entrerrianos, allí donde el mito y la realidad se confunden entre el susurro de las hojas y el asombro de los paisanos. Durante siglos, una sombra corrió por los pueblos de Sudamérica: la del luisón o lobizón, el séptimo hijo varón marcado por la mitología guaraní como el heredero de una maldición que lo transformaría en un enorme perro negro de olor nauseabundo durante las noches de plenilunio. Un temor ancestral que, lejos de ser solo un cuento de fogón, caló tan hondo en la sociedad que obligó al mismísimo Estado a intervenir para proteger a los inocentes.
El miedo al desprecio y al aislamiento era real. En la Europa de Catalina la Grande, los séptimos hijos eran abandonados por temor a la desgracia. En la Argentina de principios de siglo XX, el panorama no era muy distinto para las familias numerosas de los ámbitos rurales.
El Origen: Un ruego desde Coronel Pringles
Corría el año 1907. En Coronel Pringles, Enrique Brost y Apolonia Holmann vieron nacer a su séptimo hijo varón, José. El temor al rechazo de los vecinos, al desprecio y a la marginación que dictaba la superstición los llevó a tomar una decisión audaz: acudir a la máxima autoridad del país.
Escribieron al presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, solicitando su amparo. No pedían magia, pedían una beca de estudios. Sabían que la educación era el único escudo capaz de romper el mito, permitiendo que el pequeño José progresara y se relacionara normalmente. El presidente escuchó el ruego y se convirtió en el primer padrino, inaugurando una costumbre que se mantendría por décadas como un pacto no escrito de protección social.
[ TRADICIÓN DE PADRINAZGO PRESIDENCIAL ]
1907: Figueroa Alcorta apadrina al primer séptimo hijo (José Brost).
1974: Isabel Perón firma la Ley 20.843 (Institucionalización formal).
1984: Entre Ríos adhiere formalmente bajo la gobernación de Sergio Montiel.
De la Costumbre a la Ley. Por Roberto Romani.
La protección civilizatoria contra el mito se formalizó por completo el 28 de noviembre de 1974. Ese día, la presidenta María Estela Martínez de Perón promulgó la Ley 20.843 de Padrinazgo Presidencial. La normativa ya no solo amparaba a los varones contra la leyenda del lobizón, sino que se extendía también a las séptimas hijas mujeres asociadas en el imaginario europeo a las brujas, garantizándoles una beca asistencial para sus estudios primarios, secundarios y universitarios.
En la provincia de Entre Ríos, tierra de mitos litoraleños y montieleros, la adhesión formal llegó una década después. El 24 de abril de 1984, el gobernador Sergio Montiel, junto a su ministro de Gobierno, Armando Taffarel, firmaron la reglamentación que aseguraba que ningún gurí entrerriano quedara desamparado ante el peso de las viejas creencias.
¿El Fin de un Mito Jurídico?
Hoy, los pasillos del Congreso debaten el fin de esta norma. Legisladores de distintas bancadas impulsan la derogación de la «Ley Lobizón», argumentando que los tiempos han cambiado. En la Argentina del siglo XXI, el acceso a la educación y las becas escolares ya están garantizados por el sistema público universal, volviendo obsoleto aquel beneficio nacido del temor a las noches de luna llena.
Si la ley se deroga, se cerrará un capítulo fascinante de la historia jurídica y cultural argentina. Quedará el recuerdo de una legislación única en el mundo, el testimonio de una época donde el Estado tuvo que vestirse de padrino para ganarle la pulseada a los fantasmas de la superstición, transformando el miedo al lobo en la oportunidad concreta de un futuro mejor a través de los libros.
¿Conocés a alguien en tu familia o en tu pueblo que haya recibido el padrinazgo presidencial por esta ley?