La IA es el nuevo amigo: útil, pero no cura
Confundir el asesoramiento de un bot con un proceso terapéutico es como creer que leer un manual de vuelo nos convierte en pilotos.
La IA es el nuevo amigo: útil, pero no cura
El otro día, una paciente llamémosla Elena entró al consultorio con el celular en la mano, casi como quien lleva un amuleto. Mire, doc, le pregunté a la maquinita esta por qué me angustio cada vez que mi hijo no me llama, y me tiró una lista de cinco puntos sobre el apego ansioso que me dejó muda, me dijo, mitad fascinada, mitad asustada. Me sonreí distraídamente. Es que Elena, como tantos otros, ha caído en la seducción del algoritmo: esa respuesta inmediata, prolija y sin vueltas que nos hace sentir, por un ratito, que el caos de la vida tiene un instructivo.
Mucho de lo que charlamos con Elena fue el combustible para el debate que armamos el viernes pasado en Salud en Diálogo, el programa del que participo los viernes a las 19 por MaviTV. En el fragor del streaming, me quedó la sensación de que nos faltó tiempo. Siempre falta. Por eso, esta columna nace de lo que se dijo frente a cámara, pero sobre todo de lo que quedó boyando, cuando las luces del estudio ya se habían apagado.
La Inteligencia Artificial es, en el mejor de los casos, como ese amigo macanudo que te escucha mientras comparten un asado. Te tira una frase hecha, te da un consejo práctico basado en lo que leyó por ahí y te palmea la espalda virtualmente. Es útil, no lo vamos a negar. Para organizar una rutina de gimnasia, para redactar un mail difícil o para sacarte una duda teórica, un bot es un golazo de media cancha. Pero la salud mental no es una lista de tareas pendientes ni una receta de cocina... es otra cosa mucho más artesanal. Llevo veinte años escuchando y si algo aprendí, es que el sujeto no es un conjunto de datos procesables.
El problema de los "consejos" de la IA es que se basan en la lógica de la respuesta perfecta. Y resulta que en psicología, lo que cura no es tanto la respuesta, sino la pregunta que surge del error, del lapsus, de ese silencio que se estira un segundo de más mientras miramos el mate. Ahora bien, para no parecer un viejo rezongón que se pelea con los cables, hay que decir que en el campo de la salud pública y el envejecimiento, estamos viendo herramientas que son una bendición.
En el programa de MaviTV lo decíamos clarito: no es lo mismo un "bot psicólogo" que un dispositivo de asistencia diseñado para potenciar la autonomía. Ahí la IA deja de ser un "terapeuta de cartón" para convertirse en un promotor de derechos increíble. Para un adulto mayor que vive solo en un departamento, tener un asistente que lo ayude a recordar los horarios de la medicación, que le proponga juegos cognitivos o que simplemente le dé el clima antes de salir a caminar por la costanera, es ganar soberanía. No es un sustituto del afecto, es un soporte tecnológico para que no aparezca el aislamiento. Es la técnica puesta al servicio de que la persona mayor siga siendo dueña de su agenda y de su casa.
La tecnología, cuando está bien orientada, no busca anular al sujeto, sino barajarle mejor las cartas. Un dispositivo que estimula la conversación o que ayuda a organizar el día no está intentando interpretar el inconsciente de nadie; está barriendo las piedras del camino para que la persona siga conectada con su entorno. Es gestión del bienestar, pura y dura, y ahí es donde la IA tiene que jugar su partido. Sin embargo, volviendo a lo que hablábamos en el streaming sobre el "diván digital", la máquina tiene una debilidad terapéutica fatal: es impecable, no duda nunca. Lacan decía que el lenguaje es lo que nos constituye, pero ojo, no el lenguaje de diccionario que maneja el algoritmo, sino ese que se quiebra y tartamudea cuando tocamos el dolor de verdad. El bot te dice qué hacer; el analista te acompaña a descubrir por qué no podés dejar de hacer lo que te lastima. A mis colegas les digo siempre: no le tengan miedo al avance técnico, pero no confundan los tantos. El bot puede darte la teoría de por qué alguien está triste, pero no puede acompañarlo en la tristeza. Porque para que haya cura tiene que construirse ese puente invisible, a veces pesado y otras veces luminoso, que se tiende entre dos personas de carne y hueso que saben que el tiempo se acaba.
La IA nos da respuestas rápidas, pero la salud mental nos pide preguntas lentas. A veces, la mejor intervención que hago es quedarme en silencio un minuto mientras un paciente busca una palabra que no existe en ningún procesador de lenguaje. Ese vacío es insoportable para un algoritmo, que necesita llenar la pantalla con píxeles para justificar su existencia.
En MaviTV lo planteamos: ¿estamos perdiendo la capacidad de sostener el silencio? ¿Saben qué le respondí a Elena? Le dije que el diagnóstico de la "maquinita" estaba perfecto, digno de un manual de psiquiatría. Pero después le pregunté: "¿Y a usted qué le pasa con ese silencio de su hijo?". Se quedó callada, cerró el celular y empezó a llorar. Ahí, en ese llanto que no tiene formato de datos y que ningún servidor de Silicon Valley puede decodificar, empezó el verdadero trabajo de la sesión. La técnica avanzará hasta límites impensados, podrá imitar mi voz y hasta citar a Freud de memoria. Pero jamás podrá reemplazar el misterio de ser escuchados por otro que también sabe, por experiencia propia, lo que duele estar roto. Podrán programar la lógica, pero el corazón humano sigue siendo un territorio artesanal que no admite atajos digitales.
¿Estamos realmente dispuestos a cambiar el calor de una mirada que nos reconoce por la eficiencia de una respuesta que solo nos clasifica? Si los atraen estos pensamientos y otros similares, nos vemos el viernes que viene a las 19 por MaviTV, para seguir desandando estas y otras dudas que el algoritmo no puede contestar desde la interacción humana.