Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas - Diario El Sureño
Hay frases que atraviesan generaciones porque dicen, con una simpleza brutal, lo que a veces la política y la economía se empeñan en disfrazar. La de Atahualpa Yupanqui es una de ellas.
Hay frases que atraviesan generaciones porque dicen, con una simpleza brutal, lo que a veces la política y la economía se empeñan en disfrazar. La de Atahualpa Yupanqui es una de ellas. Ese verso -que forma parte de su obra El arriero-, sintetiza una realidad profunda: el trabajo, el esfuerzo y el sacrificio recaen sobre muchos, pero la riqueza suele quedar en manos de pocos.
RIO GRANDE (Por Matías Lapadula*).- Esa idea me vuelve cada vez con más fuerza cuando miro lo que está pasando hoy en la Argentina.
Recuerdo una enseñanza de mi viejo que, con los años, fue tomando otro sentido. Me decía: cuando era chico en la escuela nos enseñaban que Argentina era un país rico porque teníamos campos y vacas. Después un profesor me explicó que eso no era así: había poca gente rica, que eran los dueños de los campos y de las vacas. Para que el país sea rico de verdad, hay que cobrarles impuestos a los dueños de los campos y las vacas.
Esa anécdota, que parece de otra época, es exactamente lo que estamos viviendo hoy.
Argentina está atravesando un boom energético y minero pocas veces visto. Vaca Muerta produce récords de petróleo y gas. El litio del norte argentino y los minerales de nuestra cordillera se exportan a una velocidad creciente. Los números de exportación entusiasman, los anuncios de inversión se multiplican y los discursos oficiales celebran un futuro de abundancia.
Pero cuando uno baja a la realidad concreta, la pregunta es inevitable: ¿dónde está esa riqueza?
Porque mientras se baten récords, la pobreza no deja de crecer. El salario pierde contra la inflación. El consumo popular no deja de caer y el empleo es una preocupación creciente. Las provincias productoras siguen con déficits estructurales y la vida cotidiana de la mayoría de los argentinos está lejos de parecerse a la de un país rico.
Ahí es donde aparece el problema de fondo.
No es que Argentina no tenga recursos. No es que no tenga oportunidades. El problema es quién se queda con la renta de esos recursos. Y en ese punto, políticas como el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) agravan una tendencia histórica: la de resignar capacidad del Estado para capturar parte de esa riqueza en nombre de atraer inversiones.
Se nos dice que sin estos beneficios -exenciones impositivas, estabilidad fiscal extrema, facilidades para girar utilidades- no habría inversiones. Pero la realidad es que el fenómeno de Vaca Muerta y el litio no nace del RIGI. Surge de la existencia misma de recursos extraordinarios en el subsuelo argentino. Recursos que, según nuestra Constitución, son de dominio público y pertenecen a las provincias y, en definitiva, a todos los argentinos.
Sin embargo, en la práctica, esos recursos terminan generando riqueza concentrada. Concesiones que se otorgan a grandes empresas, muchas veces con niveles de transparencia discutibles, terminan funcionando como verdaderos derechos de apropiación de rentas extraordinarias. Y si a eso le sumamos esquemas fiscales débiles o beneficios excesivos, el resultado es previsible: el país produce riqueza, pero esa riqueza no se distribuye.
Volvemos, entonces, al verso de Yupanqui.
Las penas -la inflación, la falta de empleo de calidad, la caída del poder adquisitivo-, son de todos. Pero las vaquitas, hoy transformadas en petróleo, gas y litio, siguen siendo ajenas para la mayoría.
No alcanza con tener recursos naturales para ser un país rico. La historia económica lo demuestra una y otra vez. Lo que define el desarrollo es cómo se administra esa riqueza: qué parte queda en el país, cómo se distribuye, qué rol cumple el Estado en capturar renta y transformarla en infraestructura, educación, salud y oportunidades.
Porque el verdadero desafío no es exportar más, sino que esa exportación se traduzca en bienestar para la sociedad.
La Argentina no va a ser una nación rica, próspera y justa solo por extraer más petróleo o vender más minerales. Lo será cuando esa riqueza deje de concentrarse y empiece a distribuirse de manera federal, con justica y equidad. Cuando la mayor parte de esa renta quede en el país y se transforme en desarrollo, salud y felicidad.
Hasta entonces, seguiremos repitiendo, casi sin darnos cuenta, la misma historia de siempre: las penas son de nosotros y las vaquitas, una vez más, son ajenas.
(*) Legislador Provincial. Bloque Provincia Grande.