El consumo privado cayó 0,6% en abril y la carne vacuna acumula nueve meses de baja
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Según el Índice de Consumo Privado (ICP-UP) de la Facultad de Negocios de la Universidad de Palermo, el consumo registró en abril una caída interanual de 0,6 por ciento y profundizó la debilidad que se arrastra desde mediados del año pasado. En el primer cuatrimestre de 2026, la contracción acumulada fue de 1,5 por ciento frente al mismo período de 2025.
El retroceso se da en un contexto en el que el Gobierno insiste en mostrar señales de recuperación económica y atribuye los cambios en las estadísticas a una modificación en los patrones de consumo más que a una caída de la demanda.
Según la explicación oficial, los hogares estarían priorizando determinados bienes y servicios, aprovechando el financiamiento y desplazando consumos tradicionales hacia rubros vinculados a tecnología, productos importados o bienes durables.
Sin embargo, los datos agregados del ICP-UP siguen mostrando una dinámica general de estancamiento y retroceso del consumo privado, especialmente en los segmentos masivos más sensibles al deterioro del poder adquisitivo.
Consumo estancado y comparación interanual negativa
El informe de la Universidad de Palermo detalló que, en términos desestacionalizados, el índice mostró estabilidad respecto de marzo y que regresó a los niveles de octubre de 2025 luego de las caídas registradas desde mediados del año pasado.
Aun con esa mejora relativa, el nivel de consumo se mantiene por debajo del registrado un año atrás, lo que confirma que la recuperación es parcial y no alcanza a revertir la pérdida acumulada.
El trabajo recordó que el ICP-UP de marzo de 2026 había registrado un alza de 0,7 por ciento respecto del mes anterior. Y agregó: Al comparar el índice con los datos de diciembre, también se observa una recuperación; en este caso, de 2,2 por ciento. Sin embargo, en la comparación interanual continúa cayendo, remarcó el estudio.
De acuerdo con ese relevamiento, durante el primer trimestre el índice acumuló una contracción de 2 por ciento frente al mismo período del año anterior, lo que confirma que la mejora mensual no se traduce todavía en un cambio de tendencia de fondo.
Golpe al consumo masivo y pérdida de poder adquisitivo
El deterioro se refleja con mayor claridad en los indicadores de consumo masivo, que son los más sensibles a la pérdida de ingresos reales y al impacto del ajuste sobre amplios sectores de la población.
Aunque la desaceleración de la inflación permitió cierta recomposición nominal de salarios y jubilaciones, el poder adquisitivo continúa por debajo de los niveles previos al inicio del programa económico de Javier Milei y eso se traduce en menores compras cotidianas.
Uno de los datos más significativos del informe es la persistencia de la caída en el consumo de alimentos básicos. El consumo de carne vacuna volvió a caer, de manera que acumuló nueve meses consecutivos de caída, destacó el estudio, al registrar una baja interanual de 7,6 por ciento.
En el relevamiento anterior, correspondiente a febrero, el retroceso había sido todavía mayor: 9,8 por ciento interanual, lo que muestra que, más allá de leves mejoras puntuales, la tendencia sigue siendo contractiva.
También se observaron señales de debilidad en el consumo de carne aviar y en las ventas de combustibles, dos indicadores que suelen utilizarse como termómetro de la dinámica cotidiana de los hogares y de la actividad económica general.
En ese sentido, la venta de combustible prácticamente no mostró crecimiento respecto del año pasado, después de haber tenido una recuperación parcial hacia fines de 2025.
Crédito y consumos de sectores medios: una mejora heterogénea
En paralelo, otros segmentos asociados al gasto de sectores medios y altos exhiben comportamientos más heterogéneos. El crédito al consumo todavía mantiene cierta expansión, aunque perdió fuerza respecto del impulso que había mostrado durante el año pasado.
De hecho, las compras con tarjeta de crédito crecieron apenas 1,3 por ciento interanual en abril, muy lejos del aumento de 12 por ciento registrado en enero, lo que evidencia una clara desaceleración en el uso del financiamiento para sostener el consumo.
El semáforo del consumo: verde, amarillo y rojo
El semáforo de actividades elaborado por la Universidad de Palermo muestra una economía de consumo partida en distintas velocidades, donde algunos segmentos vinculados al financiamiento o a consumos específicos logran recuperarse parcialmente mientras el núcleo del consumo masivo continúa debilitado.
Entre los indicadores en verde aparecen las ventas de motos, con un crecimiento superior al 50 por ciento interanual; las jugueterías, con una mejora de 5,4 por ciento; y algunos rubros de indumentaria y calzado en centros comerciales, que registraron subas cercanas al 4 por ciento.
También se observaron leves mejoras en restaurantes tradicionales durante febrero, aunque el informe consignó que luego volvieron a caer en marzo, lo que sugiere un repunte frágil y discontinuo.
En amarillo quedan las compras con tarjeta, que todavía muestran crecimiento pero cada vez más desacelerado; el patentamiento de autos, que dejó de caer al ritmo de meses anteriores, y el crédito hipotecario, que continúa expandiéndose aunque con menor intensidad.
En rojo se ubican los indicadores más asociados al consumo cotidiano y masivo: carne vacuna, carne aviar, combustibles, espectáculos y entretenimiento, además de la recaudación de IVA medida en términos reales, que acumuló varias bajas consecutivas y refleja el debilitamiento general de las ventas.
Choque entre el relato oficial y los datos del consumo masivo
Desde el Gobierno sostienen que la caída de algunos consumos tradicionales no necesariamente implica un deterioro social, sino una transformación de hábitos derivada de la apertura económica, de la mayor disponibilidad de bienes importados y de cambios culturales en las decisiones de gasto.
No obstante, los datos del consumo masivo y, en particular, de alimentos básicos y combustibles muestran que esa explicación no alcanza para describir el cuadro general.
La caída persistente en carne, combustibles y otros gastos corrientes aparece más vinculada a una restricción de ingresos que a una mera modificación cultural de las preferencias de consumo, según se desprende de las cifras del ICP-UP.