Las últimas horas de un gobierno agónico y el comienzo de las horas más dolorosas para el país
Martes 23 de marzo de 1976. El sol se hacía presente con todo su esplendor. A la par, el momento político auguraba momentos oscuros para los argentinos. El reloj avanzaba y marcaba el final de una triste cuenta regresiva. El golpe de Estado para derr
Martes 23 de marzo de 1976. El sol se hacía presente con todo su esplendor. A la par, el momento político auguraba momentos oscuros para los argentinos. El reloj avanzaba y marcaba el final de una triste cuenta regresiva. El golpe de Estado para derrocar a Isabel Perón ya no se detendría. Se vivían las últimas horas de un gobierno que había comenzado con esperanzas. El regreso de Juan Domingo Perón al país hizo que muchos creyeran que las cosas cambiarían para mejor, pero la realidad demostró algo muy distinto. Y mal, muy mal, se llegó al 23 de marzo de 1976, jornada que tuvo una noche que pareció eterna, a pesar que las cartas estaban jugadas y eran de conocimiento público.
La debacle se hizo visible y se desarrolló en poco tiempo. Renunció López Rega y se fue del país con un cargo inventado. Raúl Lastiri renunció a la Presidencia de la Cámara de Diputados. Italo Luder fue nombrado Presidente del Senado. La Presidenta María Estela Martínez, con casi inexistente poder político, pedía unos días de descanso, mientras quienes darían el golpe ajustaban cuestiones.
Estaba decidido: el 24 de marzo de 1976 era la fecha. No solamente los militares habían dispuesto que el golpe era preferible a la democracia existente. Había empresarios, la Iglesia Católica cuyos obispos, mayoritariamente, apoyaban la interrupción del sistema, dirigentes diversos, incluso gente común que veía al general Videla como la solución a todos los problemas. No faltaron en esos tiempos algunos periodistas que, de manera decidida, colaboraron con el golpe jugando un papel de gran preponderancia, y aunque algunos se arrepintieron años después, de nada sirvió eso para cambiar la historia.
El 23 de marzo del 76, ya pasada la medianoche, la Presidenta dejaba la Casa Rosada y, en helicóptero, se dirigiría a la Residencia de Olivos. Fueron los últimos minutos de María Estela Martínez de Perón al frente del Gobierno. El helicóptero se desvío hacia Aeroparque y allí fue detenida.
Los militares tomaron la Casa de Gobierno y luego del Congreso. Asimismo, las emisoras de radio y de televisión transmitían lo que el poder militar decidía.
A todo esto, la ahora expresidenta era alojada en El Messidor, con vista al Lago Nahuel Huapi, en la provincia de Neuquén. Estaba detenida, siendo custodiada por efectivos de la Caballería de San Martín de los Andes, en principio, y más tarde por Gendarmería Nacional.
Monseñor Tortolo, Obispo de Paraná y Capellán castrense la visitó por pedido de Monseñor Pio Laghi, amigo personal de la señora. Pero Tortolo estaba a favor del golpe y la expresidenta lo tenía muy claro a esto.
El 30 de junio fue trasladada a la Base Naval de Azul, base de la Armada que conducía el Almirante Emilio Eduardo Massera, quien en algún momento tuvo conversaciones con sectores para lanzarse como líder político, aunque esto no prosperó.
Comenzaba el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Los habitantes de este país, aún sin saberlo, vivirían los momentos más duros y tristes de la historia.