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Provinciales
TN 19/03/2026 22:01 3 min de lectura

Se accidentó cuando tenía 11 meses y el pronóstico fue devastador, pero un milagro le salvó la vida y su historia llegó al Vaticano

Nicolás Flores tuvo un grave accidente cuando era bebé y logró recuperarse contra todo pronóstico. Hoy tiene 26 años y lleva una vida prácticamente normal. Su evolución fue considerada un hecho extraordinario por la Iglesia Católica, en un proceso qu

Se accidentó cuando tenía 11 meses y el pronóstico fue devastador, pero un milagro le salvó la vida y su historia llegó al Vaticano
Foto: TN

Hay coberturas que se anotan en la agenda y otras que se graban en el alma. La mía con la familia Flores pertenece a las segundas. Mi historia con ellos no empezó en un archivo frío, sino en el polvo y la expectativa de Traslasierra, apenas unos días antes de que el mundo entero pusiera los ojos en la beatificación de José Gabriel del Rosario Brochero.

Corría septiembre de 2013. El aire de Villa Cura Brochero estaba cargado de una electricidad especial, una mezcla de fe serrana y justicia histórica. Allí conocí a Sandra y a Osvaldo. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi a Nicolás. No era solo el protagonista de un expediente vaticano; era un chico que, contra toda lógica médica, estaba allí, respirando el mismo aire que nosotros.

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Un vínculo forjado en la esperanza

En esos días previos a la ceremonia, entre entrevistas y mates compartidos bajo el sol de Córdoba, la distancia entre el cronista y la fuente se diluyó. Me permitieron entrar en su intimidad, me contaron cómo aquel accidente del año 2000 les había arrebatado el futuro, y cómo el Cura Gaucho se los devolvió de a pedazos, con una paciencia de piedra y gracia.

A Nico lo daban por muerto, o por alguien que jamás iba a poder conectarse con el mundo, me decía Osvaldo mientras caminábamos cerca del santuario. Pero Brochero no nos dejó solos en la huella.

Esa amistad, nacida en la vigilia de la beatificación, se transformó en un compromiso de vida. Seguí sus pasos, sus controles médicos que seguían desconcertando a los científicos y, sobre todo, su crecimiento. El milagro de Nicolás no fue un evento estático; fue un proceso vivo que tuve la fortuna de presenciar de cerca.

Del poncho al mármol del Vaticano

Aquel vínculo que nació entre las sierras nos llevó, años más tarde, a cruzar el océano. Estuve con ellos en Roma, en octubre de 2016. La imagen es inolvidable: la Plaza de San Pedro desbordada y, en medio de la multitud, los Flores. Ya no eran los padres angustiados que conocí en el fragor de la noticia, sino los testigos de un hecho universal.

Ver a Nicolás frente al Papa Francisco, en el momento de la canonización, fue el cierre de un círculo que nosotros habíamos empezado a trazar tres años antes en Córdoba. Hubo lágrimas, claro, pero también un silencio compartido de quienes saben que han tocado lo sagrado con las manos.

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La fe como motor argentino

En esta sección de Milagros Argentinos, la historia de Nico Flores sobresale no solo por la recuperación inexplicable de su masa encefálica confirmada por el Vaticano como algo que supera las leyes de la naturaleza sino por la calidad humana de su familia.

Brochero no solo curó un cuerpo; unió a personas. Y a este periodista, le regaló una amistad que hoy, años después de aquel primer encuentro previo a la beatificación, sigue siendo el testimonio más real de que, a veces, el cielo baja a la tierra en mula.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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