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La Nacion 17/02/2026 02:55 18 min de lectura

Versalles, La Alhambra, Londres En este feriado de verano te sacamos a pasear por los jardines más lindos del mundo

Versalles, La Alhambra, Londres En este feriado de verano te sacamos a pasear por los jardines más lindos del mundo
Foto: La Nacion

Texto de Cecilia Acuña

17 de febrero de 2026

Algunos nacieron del poder absoluto, otros de una obsesión íntima o de una mirada visionaria. Todos comparten una certeza: la capacidad humana de convertir tierra y agua en belleza. Del siglo XV al XXI, de Japón a Inglaterra, de Marruecos al desierto de Arizona, estos once jardines cuentan historias donde el paisajismo fue, al mismo tiempo, gesto político, búsqueda artística y reflexión filosófica. Desde espacios concebidos para deslumbrar a multitudes hasta refugios pensados para el silencio y la contemplación, cada uno propone una forma distinta de habitar la naturaleza. Hoy reciben desde decenas de miles hasta más de un millón de visitantes al año, que recorren senderos diseñados hace siglos y descubren que un jardín también puede ser una obra que respira, cambia con las estaciones y conserva su esencia a lo largo del tiempo.

1

Jardines de Versalles Francia

Cuando Luis XIV decidió domar la naturaleza según su voluntad, convocó a André Le Nôtre, el jardinero real y arquitecto paisajista más célebre de Francia, para materializar un sueño de proporciones imperiales. Así nacieron en 1661 los jardines que transformarían un modesto pabellón de caza en el escenario más grandioso de Europa, donde cada fuente, cada avenida y cada arboleda obedecían a un orden geométrico que reflejaba el poder absoluto del Rey Sol. Durante cuatro décadas, miles de trabajadores movieron toneladas de tierra, plantaron árboles de todas las regiones de Francia y crearon este teatro al aire libre donde la perspectiva calculada conduce la mirada hasta el horizonte. El Gran Canal, la Fuente de Latona, la espectacular Fuente de Apolo: cada elemento dialoga con el siguiente en una composición que replica las proporciones parisinas. Los bosques amurallados servían como salones de fiesta secretos, mientras el sector de la Orangerie albergaba más de mil ejemplares de palmeras, granados, limoneros y naranjos que se resguardaban en invierno.

Pero no todo fue rigidez versallesca. María Antonieta rompió con la tradición al crear su Bosque de la Reina, un refugio donde abrazó la estética del jardín inglés y celebró la diversidad botánica global. Senderos conectaban pérgolas floridas entre cerezos japoneses, árboles de Oriente Medio, tuliperos de Virginia, zumaques y catalpas americanas. La reina, obsesionada con las rosas, cultivó una colección legendaria que atraía visitantes del mundo entero. Tras los devastadores daños de una tormenta en 1999, una meticulosa restauración devolvió al bosque sus 650 árboles, seis mil arbustos florales, 147 tuliperos de Virginia y 600 rosales, testimonio viviente de aquel espíritu ilustrado que buscaba descifrar los misterios del mundo natural mientras María Antonieta encontraba paz entre las plantas.

2

Jardín de Kenrokuen Japón

En el corazón de Kanazawa, ciudad de Ishikawa en el oeste de Japón, se despliega uno de los tres jardines más celebrados del país, una obra maestra del paisajismo que la familia Maeda perfeccionó durante casi dos siglos. Kenrokuen nació en 1676 cuando Tsunanori Maeda, quinto señor del Dominio Kaga, construyó la villa Renchi Goten en los terrenos exteriores del Castillo de Kanazawa y desarrolló los jardines circundantes, un proyecto que sobrevivió al devastador incendio de 1759 para renacer con mayor esplendor bajo el undécimo señor Harunaga Maeda, quien añadió cascadas, casas de té y fuentes alimentadas por un sofisticado sistema hidráulico. El nombre del jardín, otorgado en 1822 por Matsudaira Sadanobu, influyente consejero del shogunato, significa "jardín de las seis sublimidades" en referencia a los atributos que según la teoría paisajística china conforman un jardín perfecto: amplitud, aislamiento, artificialidad, antigüedad, abundancia de agua y vistas panorámicas. Estos elementos conviven entre estanques, arroyos serpenteantes, monumentos de piedra y una colección botánica que se transforma con cada estación del año.

El jardín despliega un espectáculo vegetal siempre renovado donde los ciruelos florecen entre febrero y marzo en el extremo sur, seguidos por los cerezos en abril que bordean los arroyos del noreste con sus delicadas flores rosadas y blancas. Durante el verano, la exuberante vegetación incluye nenúfares que flotan en los estanques en tonos rosa, blanco y amarillo, mientras los majestuosos pinos negros japoneses, algunos con más de trescientos años de antigüedad, proporcionan sombra con sus ramas esculturales. Los arces y cerezos pintan de naranja y rojo el paisaje desde mediados de noviembre hasta principios de diciembre, creando un espectáculo otoñal que contrasta con el verde perenne de los pinos. En invierno, estos árboles centenarios se protegen con el yukitsuri, una técnica que despliega cuerdas cónicas sobre las ramas para resguardarlas de la nieve intensa. Abierto al público desde 1874 y designado Lugar de Especial Belleza Escénica en 1985, Kenrokuen invita a recorrer sus once hectáreas donde la naturaleza y el diseño humano colaboran en perfecta armonía.

3

Jardín Keukenhof Países Bajos

Cada primavera, durante apenas ocho semanas entre mediados de marzo y mediados de mayo, un espectáculo floral de proporciones extraordinarias transforma 32 hectáreas de los Países Bajos en el jardín más grande del mundo. Keukenhof, cuyo nombre significa "huerto de la cocina", tiene raíces que se remontan al siglo XV, cuando estos terrenos formaban parte de los cotos de caza del Castillo de Teylingen, propiedad de la condesa Jacoba van Beieren. La zona proveía hierbas, frutas, verduras y caza para las cocinas del castillo hasta que en 1641 el gobernador de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, Adriaen Maertensz Block, adquirió la finca y mandó construir una casa solariega. En el siglo XIX, los barones Van Pallandt contrataron a David Zocher y su hijo, arquitectos del Vondelpark de Ámsterdam, para rediseñar los jardines al estilo paisajístico inglés con colinas ondulantes, senderos sinuosos y fuentes de aspecto natural. Esta transformación sentó las bases del jardín actual, que abrió sus puertas al público en 1950 como iniciativa de productores neerlandeses de bulbos que buscaban exhibir sus variedades.

Hoy, Keukenhof deslumbra con siete millones de bulbos plantados manualmente entre octubre y diciembre. El jardín exhibe 800 variedades de tulipanes junto a jacintos, narcisos, rosas, lirios y claveles en una sinfonía cromática que atrae casi millón y medio de visitantes anuales. El histórico parque de estilo inglés de 1857 convive con jardines temáticos como el Jardín Tropical de Playa, el Jardín de Té Verde y espacios de inspiración japonesa con estanques de koi. Un auténtico molino de viento holandés construido en 1892 domina el paisaje, mientras los campos circundantes se extienden en franjas multicolores hasta el horizonte. El Pabellón Real de Tulipanes en el invernadero Willem-Alexander garantiza flores desde el primer día de apertura, independientemente del clima. Esta celebración anual perpetúa el legado de la tulipomanía del siglo XVII, cuando Países Bajos se consolidó como líder mundial en el cultivo de estas flores que llegaron desde Constantinopla en 1593.

4

Jardines de Bahía Singapur

Transformar arena y tierra en un edén botánico parecía una idea descabellada, pero Singapur convirtió lo imposible en realidad. Cuando en 2005 el gobierno lanzó su visión de "Ciudad en un jardín", nació el proyecto Gardens by the Bay sobre tierras recuperadas del mar. Tras un concurso internacional que atrajo propuestas de 24 países, las firmas británicas Grant Associates y Gustafson Porter diseñaron este espacio que se inauguró en 2012. En apenas cinco años, un equipo interdisciplinario plantó más de un millón de ejemplares provenientes de todos los continentes excepto la Antártida, creando un santuario donde conviven especies imposibles de encontrar juntas en la naturaleza.

Los jardines despliegan una colección botánica extraordinaria en sus 101 hectáreas. Dieciocho superárboles funcionan como jardines verticales con 163 mil plantas de más de 200 especies: bromelias americanas, orquídeas asiáticas, helechos tropicales y trepadoras floridas se alzan por sus estructuras de acero y hormigón. El Flower Dome recrea el clima mediterráneo con baobabs de Madagascar en peligro de extinción, olivos milenarios que florecen en el ecuador, cactus barril dorado mexicanos gravemente amenazados, dragos de Canarias legendarios, pinos araucaria chilenos considerados fósiles vivientes y árboles sudafricanos con hojas plateadas. Exhibiciones temáticas cambiantes presentan tulipanes, cerezos en flor, dalias, camelias y rosas junto a lithops que imitan piedras y cactus colas de rata dorada bolivianos. El Cloud Forest eleva una montaña de 35 metros cubierta de plantas carnívoras Nepenthes truncata filipinas que atrapan ratas, orquídeas de rojo intenso y helechos de tierras altas tropicales. La cascada interior más alta del mundo baña estas especies con niebla constante, mientras los jardines patrimoniales exhiben plantas simbólicas de las tradiciones china, malaya, india y colonial que forjaron la identidad hortícola de Singapur.

5

Jardín de Majorelle Marruecos

En las afueras de Marrakech, donde el polvo ocre del desierto se encuentra con el verdor imposible, late el corazón de un sueño botánico que el pintor francés Jacques Majorelle forjó durante casi cuatro décadas. Hijo del célebre diseñador de muebles art nouveau Louis Majorelle, Jacques llegó a Marruecos en 1917 para recuperarse de una enfermedad y quedó cautivado por los colores vibrantes de la ciudad. En 1923 adquirió un terreno de casi cuatro hectáreas junto a un palmeral y comenzó a construir su obra maestra: una villa de estilo morisco que el arquitecto Paul Sinoir transformó en 1931 en una estructura cubista modernista pintada con un azul cobalto intenso que el artista patentó como Azul Majorelle, inspirado en los azulejos marroquíes y las túnicas bereberes. El jardín creció con pasión desbordada hasta alcanzar 350 especies, pero los costos de mantenimiento obligaron a Majorelle a abrirlo al público en 1947. Tras su divorcio en 1956 y un grave accidente automovilístico, el artista vendió la propiedad y murió en 1962, lo que dejó su paraíso botánico en el abandono.

El jardín renació en 1980 cuando el diseñador Yves Saint Laurent y su pareja Pierre Bergé lo rescataron de la demolición y emprendieron una restauración con veinte jardineros. Hoy, bajo la tutela de la Fundación Jardín Majorelle, este oasis recibe más de un millón de visitantes anuales que recorren senderos de hormigón rojo entre palmeras Washingtonia centenarias, lentiscos de la cordillera del Atlas marroquí, palmeras azules mexicanas y palmeras pata de elefante. La colección de cactus deslumbra con especies de América que comparten hábitat con suculentas locales, mientras bosques de bambú chino verde y dorado proporcionan sombra refrescante. Estanques con nenúfares y flores de loto contrastan con el paisaje desértico circundante, alimentados por un elaborado sistema de canales que riega cada área delimitada por márgenes bajos de hormigón. Buganvillas rosadas trepan por muros pintados de amarillo intenso y azul Majorelle, lo que crea el contraste vibrante que tanto fascinó a Saint Laurent, quien proclamó que Marrakech le abrió los ojos al color. Sus cenizas descansan en el jardín de rosas desde 2008, junto a las de Pierre Bergé desde 2017, y perpetúan un legado de amor al arte y la naturaleza.

6

Jardines de Villa Deste Italia

En las colinas de Tívoli, a treinta kilómetros de Roma, un cardenal decepcionado transformó su frustración papal en una obra maestra del Renacimiento. Hipólito II de Este recibió en 1550 como premio de consolación el gobierno de Tívoli tras fallar en su intento de convertirse en pontífice. Sobre un antiguo convento benedictino del siglo IX, el cardenal encargó al arquitecto Pirro Ligorio la creación de jardines que rivalizaran con las leyendas de Roma y Babilonia. Durante dos décadas, equipos de ingenieros desviaron las aguas del río Aniene mediante un acueducto subterráneo de 600 metros para alimentar por gravedad un universo acuático sin precedentes con 500 fuentes, grutas cubiertas de musgo y estanques. La villa se inauguró en 1572, meses antes de la muerte del cardenal. Tras siglos de abandono y bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2001.

Los jardines se extienden en terrazas descendentes donde cipreses centenarios flanquean los senderos principales y crean columnas vegetales que enmarcan las vistas hacia el valle romano. Magnolias, plátanos y abetos crecen cerca del Pabellón de la Reina, mientras rosales y hiedras trepan por los muros del antiguo ninfeo decorado con mosaicos de guijarros. Los prados inferiores lucen setos de boj recortados en formas esféricas y los árboles frutales que alguna vez plantó el cardenal conviven con lentiscos, olivos milenarios y pinos ornamentales. Laureles perfuman las avenidas que conducen a las fuentes musicales, donde mecanismos hidráulicos del siglo XVI aún reproducen melodías sin necesidad de bombas mecánicas. La primavera y el otoño temprano son las mejores épocas para la visita, cuando las flores alcanzan su máximo esplendor y el clima resulta agradable.

7

Jardín Botánico del Desierto Estados Unidos

En 1939, cuando Phoenix era apenas una ciudad de 50 mil habitantes obsesionada con canales, campos de golf y jardines sedientos, el botánico sueco Gustaf Starck colocó un cartel en su casa que decía "Salvemos el desierto". Nadie parecía valorar la flora nativa que prosperaba sin agua en el paisaje árido, hasta que Starck convenció a un pequeño grupo de visionarios de fundar el Jardín Botánico del Desierto en el Parque Papago. Su visión era radical para la época: crear un museo viviente que celebrara las plantas del desierto cuando todos los demás intentaban recrear jardines verdes. Ocho décadas después, este santuario botánico ocupa 57 hectáreas donde prospera la colección más grande de cactus del desierto de Sonora del mundo, con más de 50 mil especímenes que incluyen 379 especies raras, amenazadas o en peligro de extinción.

El jardín despliega cinco senderos temáticos entre las colinas de arenisca roja del Parque Papago donde conviven especies imposibles de encontrar juntas en la naturaleza. El cardón mexicano gigante, el cactus más grande del mundo que alcanza 18 metros de altura y pesa hasta 25 toneladas, comparte espacio con el enigmático árbol boojum de Baja California, descrito como una zanahoria invertida con espinas que rivaliza con el baobab como uno de los árboles más extraños del planeta. Saguaros centenarios dominan el paisaje junto a chollas oso de peluche que se desprenden con el menor roce, tunas moradas que ahora adornan proyectos paisajísticos en todo Phoenix y cactus barril que florecen entre febrero y junio. Los agaves exhiben sus rosetas geométricas mientras mammillarias crestadas habitan el jardín desde su apertura en 1939. El mariposario alberga dos mil mariposas en una estructura de 280 metros cuadrados que revela la estrecha relación entre estos insectos y las plantas desérticas. Lo que comenzó como un grito desesperado por preservar el desierto hoy atrae más de 600 mil visitas anuales y ha transformado la manera en que los habitantes de Phoenix valoran su entorno natural.

8

Jardín de Giverny Francia

Claude Monet llegó a Giverny en 1883 cuando alquiló una casa con un amplio terreno que incluía callejones de cipreses y huertos frutales en este pequeño pueblo normando a ochenta kilómetros al oeste de París. Lo que comenzó como un modesto jardín de verduras se transformó en su obsesión cuando el pintor impresionista empezó a prosperar económicamente. En 1890 compró la propiedad y contrató hasta siete jardineros para crear un paraíso floral que desafiaba la tradición francesa. Mientras los jardines estructurados y lineales dominaban el paisaje galo, Monet adoptó un estilo inglés donde amapolas, girasoles, capuchinas, narcisos, lirios, peonías, ásteres, tulipanes, alliums, irises, rosas, clemátides, dalias y pensamientos crecían sin restricciones en caminos que florecían en sucesión perpetua. Pintó la fachada de rosa y las contraventanas de verde, su combinación cromática favorita, y diseñó el Clos Normand con la atención de quien planifica una paleta viva. Intercambiaba semillas y consejos con su amigo jardinero Gustave Caillebotte, otro pintor impresionista, y gastaba fortunas en especies raras que plantaba con una planificación precisa: cuando unas flores se marchitaban, otras brotaban justo a tiempo para ofrecer nuevas combinaciones de tonos.

En 1893, Monet compró un pantano al otro lado de la ruta y desvió un afluente del río Epte para crear su jardín acuático de inspiración japonesa, aunque nunca visitó ese país y solo conocía sus paisajes por los grabados que coleccionaba. Los vecinos se opusieron por temor a que las plantas exóticas contaminaran el agua, pero el artista persistió hasta conseguir los permisos. Construyó puentes cubiertos de glicinas, plantó bambúes, sauces llorones, azaleas, rododendros, arces japoneses y sembró nenúfares en tonos rojos, rosas, morados y lavanda que un jardinero pulía cada mañana para eliminar el hollín de los trenes. Este estanque se convirtió en el tema de 250 pinturas durante los últimos treinta años de su vida. Cuando las cataratas le impedían ver los colores con claridad, pintaba de memoria. Monet murió en 1926 y fue enterrado en el cementerio local bajo flores. Hoy, sus jardines reciben más de 500 mil visitas anuales entre abril y octubre y conservan las mismas especies de flores que el artista cultivó como su obra maestra viviente.

9

Jardines de La Alhambra España

Los jardines de la Alhambra en Granada representan uno de los legados más fascinantes del arte hispanomusulmán. Estos espacios verdes nacieron bajo la dinastía Nazarí entre los siglos XIII y XV como una recreación terrenal del paraíso descrito en el Corán. El agua constituye el alma de estos jardines: fluye por acequias, brota en fuentes, se aquieta en estanques y crea un paisaje sonoro que invita a la contemplación. La vegetación original incluía plantas aromáticas como el arrayán, el jazmín, la lavanda y el lirio, junto a árboles frutales como naranjos, granados e higueras. El diseño respondía al concepto islámico del jardín cerrado, un refugio de paz donde la geometría ordenada de los parterres se combinaba con la exuberancia de la flora mediterránea.

Tras la conquista cristiana de 1492, los jardines sufrieron transformaciones que incorporaron elementos renacentistas europeos como setos de boj recortado y nuevas especies ornamentales. La vegetación actual resulta de siglos de evolución: a las plantas nazaríes se suman rosas, violetas, claveles y nenúfares, mientras que el bosque circundante alberga almeces, plátanos de sombra, castaños de Indias y cipreses majestuosos. El arrayán permanece como el emblema vegetal de la Alhambra, valorado por su follaje aromático y su capacidad para formar setos arquitectónicos. Hoy estos jardines continúan su tradición milenaria: mantienen huertas productivas junto a espacios ornamentales y representan un museo botánico vivo donde convergen historia, arte y naturaleza.

10

Jardines de Sissinghurst Inglaterra

En el condado de Kent, al sureste de Inglaterra, los jardines del castillo de Sissinghurst son considerados uno de los espacios verdes más bellos del mundo. Esta maravilla botánica nació en 1930 cuando la escritora Vita Sackville-West y su esposo Harold Nicolson compraron las ruinas de una antigua mansión isabelina. Lo que encontraron era un desastre: edificios derruidos, gallineros abandonados y montañas de basura acumulada durante décadas. Pero Vita vio algo que nadie más podía ver: el potencial para crear un jardín excepcional. Juntos trabajaron durante treinta años para transformar esos escombros en un paraíso floral. Harold diseñó la estructura del jardín como si fuera una casa, con diferentes "habitaciones" conectadas por caminos y muros de ladrillo antiguo, mientras Vita eligió cada planta con pasión y conocimiento.

El secreto de Sissinghurst está en su organización única: cada "habitación" del jardín tiene su propia personalidad y colores. El Jardín Blanco es el más famoso, un espacio donde sólo crecen flores blancas, plantas de follaje plateado y diferentes tonos de verde que crean una atmósfera mágica, especialmente al atardecer. El Jardín de la Cabaña explota en naranjas, rojos y amarillos vibrantes, mientras que el Jardín de Rosas alberga casi doscientas variedades de rosas antiguas, muchas de ellas rescatadas del olvido por Vita. Hoy el National Trust cuida estos jardines que reciben más de 150 mil visitantes al año.

Créditos

- Edición periodística Carola Birigin

- Edición fotográfica Serena Castagnola

- Fotografías Gentileza Maison et jardins de Claude Monet Giverny, Gentileza Desert Botanical Garden, Gentileza Great Dixter, Istock, Pexels y Unsplash.

- Diseño Julián Fernández

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