Díaz: La pandemia abrió la oportunidad de reinventar la manera de amar, desear y encontrarse
Hay una generación que llega a la consulta con una nostalgia difícil de nombrar, jóvenes que fueron adolescentes en la pandemia, cuerpos que crecieron en pausa, deseos que despertaron en habitaciones cerradas, amores que nacieron sin piel , dijo a AIM la terapeuta en sexualidad integral y vínculos, Lorena Mercedes Díaz.
Cuando los escucho, siento que no solo perdieron encuentros, sino escenas fundantes del deseo, esos momentos torpes y mágicos en los que una mirada se cruza en un aula, una mano tiembla a rozar otra, un beso inaugura algo desconocido, señaló Díaz a esta Agencia.
En cambio, muchos de ellos aprendieron a vincularse a través de una pantalla, aprendieron a gustar por mensajes, a enamorarse por audios, a intimar sin tener presencia.
Para estos jóvenes, destacó la terapeuta, la virtualidad fue refugio, puente y a veces límite. Actualmente, aparece una constante: jóvenes con una gran capacidad para poner en palabra lo que sienten, pero con dificultad para habitar el cuerpo y el encuentro real.
Hay deseo, hay ternuras, hay ganas de amar; pero también hay miedo, vergüenza, inseguridad. La pandemia dejó una marca silenciosa, interrumpió el aprendizaje corporal del vínculo. El cuerpo, que suele ser territorio de exploración, juego y descubrimiento, quedó confinado, observado.
Sin embargo, remarcó Díaz, no todo fue perdido. Esta generación desarrolló una capacidad notable para hablar de salud mental, con sentimiento, límites y emociones. Son jóvenes que cuestionan mandatos, que buscan vínculos más honestos y que se animan, quizás más que nunca, a preguntar: ¿cómo quiero amar?, ¿qué necesito para sentirme seguro?, ¿cómo deseo vincularme?.
Como terapeuta sexual, indicó Díaz, creo que el desafío no es volver a lo que era antes, sino acompañar la integración entre lo digital, lo emocional y lo corporal; ayudarles a reconectar con el placer, la presencia, el juego, la espontaneidad y la confianza en el encuentro real.
La pandemia dejó marcas profundas, pero también abrió una oportunidad, la de reinventar la manera de amar, de desear y de encontrarse. En ese camino, acompañar a esta generación es un acto de cuidado, reparación y esperanza.