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Provinciales
TN 29/01/2026 21:21 5 min de lectura

Los campeones del Tejo: gladiadores de la bocha aplastada

Es un ajedrez de arena. Nacido en Mar de Ajó en la década de 60, este deporte esconde una batalla psicológica brutal. Entre reglamentos inventados y canchas efímeras, recorrí la Costa Atlántica entre San Clemente y Mar del Plata para hacer una radiog

Los campeones del Tejo: gladiadores de la bocha aplastada
Foto: TN

Si Darwin hubiera veraneado en la Costa Atlántica, su tesis final se hubiese titulado: El Tejo: De la Bocha al Disco para la supervivencia en entornos playeros de alta densidad demográfica. Porque el Tejo no es otra cosa que una bocha con instinto de supervivencia. Una esfera que, al llegar a la arena, entendió dos verdades fundamentales: primero, que en una superficie arenosa nunca iba a rodar derecho; y segundo, que si seguía siendo una bola dura de madera, iba a terminar rompiéndole el tobillo a un turista.

Ante esta presión evolutiva, la bocha hizo lo único que podía hacer para no extinguirse: se aplastó. Se volvió bidimensional. Se hizo Bocha 2D. Así, dejó de rodar para empezar a deslizar, transformándose en el disco de plástico que hoy conocemos: aerodinámico y seguro, capaz de convivir con la alta densidad demográfica de Santa Teresita en hora pico.

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Aunque lo vemos como un pasatiempo menor, el tejo tiene un linaje ancestral y aristocrático. Su abuelo lejano es el Turmequé, un deporte colombiano de origen Muisca donde los caciques lanzaban discos de oro macizo. Pero claro, la historia de América hizo lo suyo: los españoles se llevaron el oro, nosotros nos quedamos con el hierro, luego pasamos a la madera y, finalmente, la crisis nos dejó el plástico.

Pero el Tejo Playero, tal como lo jugamos, es un invento 100% nacional. La historia oral señala a un tal Juan Otegui, un vasco veraneante en Mar de Ajó allá por los años 60, como el Oppenheimer de esta disciplina. Otegui fue el ingeniero vernáculo que decidió aplanar la bocha para evitar demandas por daños y perjuicios en la orilla. Cambió el impacto por la fricción y fundó, sin saberlo, el juego más jugable de la playa.

Para el ojo inexperto, todas las canchas de tejo son iguales. Craso error. El conocedor sabe que existen dos superficies radicalmente opuestas que definen el estilo de juego. Por un lado están las Canchas Rápidas construidas en la orilla. Son el Wimbledon del tejo. Arena mojada, firme, compacta. El disco vuela, patina y no frena nunca. Aquí ganan los jugadores técnicos, los de muñeca sensible.

La variante Cancha Lenta, en arena seca, es la preferida por los adultos mayores que tienen pies de amianto y no sienten la arena hirviendo. Ofrece privacidad y durabilidad, sin depender de las mareas. Esta cancha, con arena suelta y pozos, es el Roland Garros del tejo. Allí el Tejo se clava, se entierra. Es un juego de estrategia, fuerza bruta y mucho globito.

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Pero lo más fascinante de la cancha de tejo es su naturaleza fantasma. Una cancha de fútbol existe aunque nadie la use; la cancha de tejo, no. Es un rectángulo dibujado con el pie o con un palito de helado que solo existe mientras se juega. Depende 100% de la presencia de los jugadores para ser. En el momento exacto en que los jugadores se van, la cancha desaparece devorada por la entropía balnearia: un nene hace un castillo en el área chica, una señora clava la sombrilla en el mediocampo y un perro orina y poste imaginario. El territorio del tejo es efímero; se conquista y se pierde cada quince minutos.

Aquí entramos en el terreno sociológico más oscuro. Como es un deporte que se practica solo 15 días al año, nadie recuerda realmente las reglas. Este vacío legal convierte a la cancha en terreno fértil para la instrumentación de la viveza criolla. En la playa, donde uno está casi desnudo, la personalidad aflora sin filtros. El ventajero de la oficina se convierte automáticamente en el Rey del Tejo.

Como no hay árbitro ni VAR, rige la Ley del más Chanta. Hay dos variantes fundamentales del mismo fenómeno: Los Viejos Lobos de Mar, que apelan a una sabiduría ancestral incomprobable ("Pibe, juego a esto desde el 78: el reglamento dice que si toca la línea es mala) y Los Jóvenes de Hoy, que tratan de imponer reglas de la física moderna o inventan normas sobre la marcha (No, tío, va de nuevo porque rebotó en la ojota, fue maltoki).

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La discusión sobre quién está más cerca del tejín -ese objeto sagrado, el sol alrededor del cual orbitan los planetas de plástico- es la causa número uno de peleas familiares, superando a la elección del restaurante para cenar o la identificación de quien moja el baño y no pasa el secador. Se han visto matrimonios de décadas disolverse por una medición hecha con una ramita.

Al final del día, cuando baja el sol y la cancha se agranda porque la multitud se retira, el tejo revela su verdadera naturaleza. No es tirar por tirar. Es un ajedrez de arena. Es una estrategia posicional y argumentativa. Los Campeones del Tejo no juegan por la gloria: juegan para tener razón. Les divierte imponer su destreza y su ley, en un rectángulo de arena, que saben que -al igual que ese instante feliz-, será borrado por una ola cuando se ponga el sol.

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