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Provinciales
Clarin 21/01/2026 09:07 3 min de lectura

El dilema de vender libros usados

Entre los que mueren "vírgenes", los "conversados", los que van a la basura y los que valen más que uno nuevo.

El dilema de vender libros usados
Foto: Clarin

Son muchos los que, en tiempos difíciles, revisan sus bibliotecas con ojo clínico, a la caza de aquello que no se piensa releer (o ni siquiera leer), para ofrecerlo en alguna librería de usados. La operación es siempre un poco penosa, en especial porque la cifra recibida es magra, a veces diez o doce veces menos de lo que un día pagará quien desee comprarlo. ¿Pero qué es un libro usado? La pregunta es más complicada de lo que parece.

Comencemos por decir que los libros no son bienes fungibles, o sea, que se consuman o pierdan propiedades tras su primera lectura. Ni sus letras se desgastan, ni sus páginas se rompen, ni cambia el sentido exacto de las palabras que contienen. En general, poco distingue un libro leído de uno aún por leer.

Hay que admitir que, con el paso de los años, el papel de los libros se oxida y cambia de color; que muchos lectores dejan su huella en la página en forma de pequeños dobleces, marcas con lápiz en las esquinas o incluso el subrayado de algunas partes determinadas, cuando no de comentarios en los bordes del texto, como queriendo sumarse de golpe a una conversación que hace mucho ha comenzado. Y es cierto que un libro en ese estado no puede considerarse como nuevo.

Pero también lo es que una inmensa cantidad de los libros que se imprimen nunca llegan a transformarse en libros usados, sino que pasan de los anaqueles de la tienda a los talleres de reciclaje de papel. Sus páginas mueren vírgenes, en perfecto estado. De nada les sirve estar nuevos, pues de alguna manera ya tampoco lo están. Se puede, de hecho, comprar un libro y tenerlo durante años en su envoltura de plástico original, sin que esto logre conservar su novedad. Será paradójicamente un libro usado y sin leer.

Claro que las marcas de ciertos lectores específicos pueden resultar en un añadido al valor del libro. Los subrayados y dobleces de Jorge Luis Borges, los comentarios al margen de Arturo Uslar Pietri o simplemente la firma de algún otro autor de renombre tornan el libro en documentos históricos, coleccionables, únicos. Ocurre lo mismo con las ediciones incunables o especiales, poco conseguibles, las piezas de museo. Y en ese caso un libro viejo puede valer más que uno nuevito y recién salido de la imprenta.

Por último están esos libros que, trágicamente, ya no sirven para nada: enciclopedias incompletas, antiguos manuales de programación, libros de derecho desactualizados o en idiomas que a nadie le interesa aprender. Despojados de valor histórico, práctico y estético, este tipo de ejemplares no son aceptados como donaciones, ni tienen valía económica alguna, de modo que suelen ir a dar directo a la basura.

Estas son, grosso modo, las reglas que rigen la triste economía del libro usado. Un circuito que en apariencia le rinde poco honor a la mística del libro, esa misma que nos hace revisar, con incomprensible esperanza, cada pila de libros abandonados que nos encontramos en la calle.

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