Trump y sus 350 días dictándole el ritmo al mundo
La captura del dictador Nicolás Maduro es sólo el eslabón más reciente de una cadena desarrollada por el presidente estadounidense a lo largo del primer año de su segundo mandato, en el que no dio respiro: avanzó con sus iniciativas a una velocidad i
Abundan sus detractores. Se indignan, se tiran de los pelos, se preguntan cómo y por qué. Y hasta dónde llegará. A él parece no importarle en lo más mínimo. Simplemente avanza. Con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro como su más reciente suceso, el huracán Trump se muestra decidido a no dejar ladrillo en pie: el estadounidense impuso un ritmo tan frenético a su segundo mandato que resulta difícil de creer que apenas lleve 350 días en la Casa Blanca.
Sí: le falta una quincena para cumplir el año.
En estos 12 meses, aparte de Venezuela, Trump mandó bombardear Irán, Yemen, Siria, Somalia y Nigeria. También logró la paz en Gaza, no sin antes proponer armar un resort turístico en la Franja.
Además, sugirió en un principio que Canadá podría convertirse en el quincuagésimo primero de los Estados Unidos, coqueteó con recuperar el canal de Panamá y hasta hoy insiste en que le gustaría sumar a su país a Groenlandia, lo que le pone los pelos de punta a media Europa.
Retiró a Washington del Acuerdo de París y de la OMS y realizó recortes de motosierra en organismos federales, además de congelar miles de millones de dólares en subvenciones. También reformó o cerró organismos como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional y el Departamento de Educación.
Eliminó todo lo que tuviera olor a woke, desde programas universitarios de equidad (incluyendo una intensa disputa con Harvard, a la que quitó fondos) hasta las bibliotecas de las Fuerzas Armadas, a las que ordenó revisar todos los libros que hablaran de racismo o sexismo.
Mandó a la Guardia Nacional a ciudades gobernadas por demócratas como Los Angeles, deportó a unos 500.000 migrantes (las cifras de ilegales en la frontera están en un mínimo histórico), indultó a 1500 seguidores que participaron de la toma del Capitolio en 2021, hizo un berrinche porque no le dieron el Nobel de la Paz (Sería un gran insulto para nuestro país si no lo recibiera, había advertido) y apareció en unas cuantas fotos con el pedófilo Jeffrey Epstein, con quien aún no queda claro qué tipo de relación tenían.
Le puso su nombre a lo que pudo. Tal vez, los bautizos más notables fueron una nueva generación de acorazados, los Clase Trump, y el del ahora llamado The Donald J. Trump and The John F. Kennedy Memorial Center for the Performing Arts, en Washington. Demolió el Ala Este de la Casa Blanca para construir un salón de baile para 650 personas, remodeló el Salón Oval hasta dejarlo todo dorado y pavimentó el centenario Patio de las Rosas al estilo de su casa de Mar-a-Lago.
Fue amigo y enemigo de Elon Musk, incrementó su fortuna personal a 7.300 millones de dólares (según Forbes) y decretó que se restauren estatuas confederadas que honran a quienes lucharon contra el fin de la esclavitud.
Firmó 225 órdenes ejecutivas, 56 memorandos y 114 proclamaciones en 2025. En sus primeros 100 días, llegó a 143 órdenes ejecutivas, un récord.
Por supuesto, no se puede obviar todo un capítulo que tensó al mundo: su política de aranceles. Comenzó anunciando un 25% a sus socios más íntimos, Canadá y México, y llegó a ponerle un 100% a China. Fue su herramienta central de presión y negociación, que combinó medidas reales con anuncios destinados a dar una señal de fortaleza.
A la Argentina le tiró un hueso de 20.000 millones de dólares que sacó al gobierno de Javier Milei de una crisis que apuntaba a terminal y lo encaminó hacia su triunfo electoral en octubre, que se atribuyó.
Es el sheriff del planeta. Nada le es ajeno: prefiere pedir perdón antes que permiso (aunque en general no pide ninguna de las dos cosas). Goza ejerciendo el poder y lo hace con un estilo que aún desconcierta a buena parte de los observadores de la política mundial.
Arbitrario, megalómano, impiadoso, deslenguado, caradura, bravucón, ignífugo, carismático, audaz, disruptivo, la lista de adjetivos que le calzan es extensa.
Parece no tener filtro y, a los 79 años, evidentemente disfruta con la mezcla de asombro, admiración, temor y envidia que despierta. También con el desprecio de sus enemigos, claro.
Y le quedan tres años de mandato.
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