Año 2026, año de justicia y paz
El autor ofrece su mirada irónica frente a la convulsionada actualidad política mundial.
En lo personal, mi deseo para 2026 es aumentar mis niveles de empatía. O sea, meterme más en la piel del otro, salir de mi zona de confort tribal, poner a prueba mis ideas fijas, ser más ideológicamente humilde. Inclusive, probar el experimento de pensar lo opuesto a lo habitual.
Voy a empezar ya.
El bombardeo de Caracas y el rapto de Nicolás Maduro envían varias señales, todas positivas. A los mandatarios de Cuba, Nicaragua, Colombia, Brasil y otros países con regímenes estalinistas, ojo, que Trump viene por ustedes. (Pedro Sánchez, ¿seguro que no quieres abandonar el poder?) Para Rusia, el mensaje es que las grandes potencias tienen el derecho a hacer los que les dé la santa gana en sus patios traseros. Se impone la ley de la jungla sobre la ley internacional: un avance para la civilización humana.
Putin, por otro lado, acierta en temer una invasión de la OTAN, entrando por Ucrania. Comprensible que haya enviado a cientos de miles de soldados rusos a morir. La guerra que inició es noble y necesaria. Se podría argumentar que la noción de tomar Moscú es absurda, que la posesión rusa del arsenal nuclear más grande del mundo tendría un impacto disuasorio sobre los malvados de Occidente. Error, como bien dice el Kremlin.
Quizá mi deseo más urgente para el año entrante es que países nostálgicos por los días de imperio -como Grecia, Italia, Suecia, España, Inglaterra y Francia- no caigan en la tentación de lanzarse a la conquista de Rusia. Y que recuerden que Putin no solo no le desea ningún daño a nadie, quiere lo mejor para los ucranianos, como el presidente Trump nos recordó el domingo pasado.
Netanyahu: igual que Putin, o algo parecido. Dice Shakespeare que a veces hay que ser cruel para ser generoso. Por ejemplo, mano dura con los niños que se portan mal. Esa es la actitud del primer ministro de Israel hacia los palestinos.
Zelensky es un nazi. Habrá quien dice que esto no es compatible con su condición de judío. Pero no hay nadie más fanático y más peligroso que un converso. Que se imponga cuanto antes en Ucrania un régimen que comparta los valores democráticos de Rusia, libre de corrupción, fiel a la libertad de expresión y al estado de derecho.
Es innegable, por tanto, que Trump demuestra buenos instintos cuando expresa amor por Putin y Netanyahu y desprecio por Zelensky. También a la hora de demandar o amenazar con cerrar medios como the Wall Street Journal (cuyo dueño es el infame comunista Rupert Murdoch), the New York Times, la BBC o los canales de televisión CBS y ABC. Trump venera la verdad y cualquiera que no la venere igualito que él, por ejemplo extranjeros que cuestionan su salud mental en las redes, fuera.
A Trump hay que darle el premio Nobel de la paz por haber invadido Venezuela, claro, pero principalmente por haber acabado, como él mismo nos recordó más de una vez, la cruel guerra entre Albania y Azerbaiyán. El hecho de que haya gente que tenga sus dudas, basándose en el detalle de que 2.500 kilómetros separan los dos países, es irrelevante. En la mente de Trump son países vecinos que se odian. Y ante la mente de Trump todos nos rendimos.
Empezando por los europeos. Exhibiendo la sabiduría de los Reyes Magos, no han cesado en darle regalos. Los ingleses, chupamedias supremos, le invitaron al Palacio Real no una vez sinosin precedentes para un líder americano--dos. Trump chasquea los dedos y todos vienen corriendo a su trono desde donde sea en el viejo continente a rogarle favores y rendirle pleitesía. Es digno y apropiado que Europa tiemble ante su majestad naranja.
Como muestra de su infinita bondad, Trump no les da nada a cambio. Sabe que para su bien hay que castigarlos. Endurecerles recordándoles que son unos debiluchos cuya civilización está en vías de desaparecer y que si así siguen representarán un mayor peligro para la paz mundial que Rusia. Quiero creer que los europeos se lo agradecerán. Se volverán grandecitos, que ya toca.
Si Europa se acaba uniendo bajo la bandera del autoritarismo, como pretende Trump, doble favor. O triple. Si todo el planeta -- desde Estados Unidos a Rusia pasando por Europa, desde Argentina a China pasando por África -- está bajo el control de hombres fuertes, de monarcas que piensan igual, adiós a los choques geopolíticos. La paz en la Tierra estará garantizada. Sí, cierto: la libertad y la justicia dejarán de existir y algunos dirán, ¿vale la pena el sacrificio? Pregunta de burguesitos mimados. Claro que sí.
Para evitar la posibilidad de que alguien tenga ideas subversivas, o que resucite el espíritu bolivariano, habrá que invertir más dinero en la Inteligencia Artificial, que no entiende de moralidad y chiquilladas por el estilo. A la vez, alentar el uso de las redes sociales para que la gente se distraiga con plataformas sesodestructoras como Instagram o Twitter X.
No quiero pasar de lado al país de mi infancia. El kirchnerismo no roba, como dicen. Distribuye. Cuanto antes Cristina y los suyos regresen al poder y acaben con la dictadura mileista, mejor para Argentina. Así se volverá a la feliz normalidad del peronismo. Y un bonus: los zurdos españoles, que tan pocos motivos tienen hoy para celebrar, celebrarán.
Fútbol. No olvidemos que este año el Mundial será en USA. Toda la vida he querido que lo ganase Argentina. Pero quiero seguir siendo fiel a mi propósito para el 2026 y cumplir el ejercicio de liberar mi cerebro de sus antiguos deseos y prejuicios. Por eso me declaro a favor de que triunfe Estados Unidos, preferiblemente con Trump, máximo defensor de la fe, jugando de portero. Aunque no juegue, aunque con su habitual humildad se conforme con el papel de entrenador, el espectáculo del hombre más sagaz de la historia alzando la copa del mundo ofrecería un apto colofón a un año que solo los mediocres como Nicolás Maduro esperan con ansiedad.
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