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  • Gastón Pauls y las adicciones: “Prefiero el peor día limpio que el mejor drogado”

    Clarin · Fecha: 25 de February del 2021

    A sus 49 años, Gastón Pauls sabe a dónde no quiere regresar: el infierno. A la par que se sucedían sus mayores éxitos como actor, de Nueve reinas (2000) a Iluminados por el fuego (2005), entregaba sus mejores días a las adicciones. La puerta de entrada fue el alcohol, a los 15, aunque pronto se sumaría la cocaína. “La droga te seca el alma y te vacía”, reconoce hoy con pesar. Al hablar, en sus palabras se mezclan el dolor de haber estado en el más hondo de los pozos con el optimismo de saber que lo que le espera solo puede ser mejor. Ahora, tras más de 13 años sin consumir, empieza a vivir. Con la intención de compartir su testimonio de sanación, el polifacético intérprete ideó Seres libres (Crónica TV, todos lunes a las 22), su proyecto más personal hasta la fecha. A través de entrevistas a famosos, informes y charlas con adictos recuperados, se propuso ahondar en el mundo de las adicciones sin caer en el morbo de la imagen fuerte. “No quería mostrar al nene con la aguja en la vena sino que existe un camino de salida”, explica. “Es una forma de agradecimiento de todos aquellos que estuvimos al borde de la muerte”, agrega.El desafío, entonces, consiste en invitar a aquellos que aún permanecen en riesgo a salir de la oscuridad. Gastón Pauls: "A mí me salvaron otros y ahora yo paso la antorcha". Foto: Esteban Leyba. -¿Cómo surge Seres libres? -Es el resultado de un proceso larguísimo que comienza cuando dejé de consumir. Ya recuperado, empecé a dar charlas en el país en las que contaba mi experiencia como adicto ante cientos de personas, unas 100 mil por año. Eso, en términos de rating, es un punto. Salís en televisión un día y te ven las personas que yo sumaba en 40 charlas. Y era fundamental que siguiese llevando el mensaje al adicto que está sufriendo. Cuando propuse el programa, en muchos canales no se comprendía que yo quisiera evitar el sensacionalismo. Se piensa que lo que vende es la imagen fuerte y no el proceso de recuperación de una persona. La idea de que ese nene que a los seis años se inyecta puede dejar de hacerlo es lo más lindo. -Para el programa entrevistaste a figuras públicas como Fabiana Cantilo y Juanse. ¿Fue difícil lograr estas participaciones? Aún se estigmatiza al que reconoce una adicción. -Cuando yo llamé a Andrea Rincón, a Leo García y a los demás, confiaban desde dónde íbamos a hacer el programa. No estaba la especulación de decir “contame todas tus miserias”. No estamos buscando la sangre, porque ya la vimos: todos los que consumimos venimos del infierno, de estar codo a codo con el Diablo. Entonces, hablemos del dolor y del vacío, pero disfrutemos también que Fabi Cantilo se sentó a charlar conmigo limpia. Estamos celebrando la vida. Ellos ya le perdieron el miedo al qué dirán, como hice yo en su momento. ¿Que me pueden decir que me lastime, si yo ya me hice daño? Al venir del infierno, lo que hay afuera es vida. Tenemos todo por ganar. -Lo describís como un programa “de servicio”. ¿Qué objetivo buscás desde este espacio? -Multiplicar el mensaje de que hay una salida. A mí me salvaron la vida cuando otros me ayudaron. Eso es una antorcha que no me puedo quedar: tengo que seguir pasándola. Así como se comparte la jeringa y la bolsa, también se puede compartir el mensaje de la esperanza y de la vida. Al hacerlo también me ayuda a mí porque me recuerda de dónde vengo y a dónde no quiere volver. Ojalá esto le llegara a muchísimas personas, pero sé que mientras esta charla ocurre, en algún lugar del mundo, un pibe se está muriendo de sobredosis. Y no de 20 años, sino de 10. Hay una urgencia. Después del primer programa, comenzaron a escribirme personas que estaban a punto de llamar al dealer, pero finalmente no lo hicieron, para ir a abrazar a sus hijos. Con saber que desde este espacio pudimos acercar a alguien a su familia en lugar de morirse, cumplimos. Yo si ahora me pido un whisky me voy a complicar, porque después del primero voy a querer uno más, y luego, otro. Convivo con eso y no existe una cura. Gastón Pauls -¿Por qué creés que tantas personas se vuelcan al consumo como respuesta? -Porque creés que consumiendo vas a ser mejor. Pasa con el alcohol, que es la puerta de entrada a casi todas las drogas. Está promocionado a las cuatro de la tarde en televisión, en un horario de protección al menor, a través de publicidades de gente pasándola bien. Lo ve un nene y termina relacionando el tomar con la diversión. Hay que hacer un gran esfuerzo para no entrar en ese circuito que atonta a la sociedad, porque cuando te das cuenta de lo que pasa, te atacan. ¿Quiénes? Los mismos que están adormecidos. Los que piensan que no querés que se tome cerveza. Y yo no quiero eso. Lo que digo es: que se venda, pero ojo, que le estamos diciendo a los nenes de 10 que con el alcohol está todo bien. Entonces, después no nos sorprendamos de lo que vaya a pasar. -¿Considerás que puede haber un cambio de paradigma? -Me encantaría que fuera así, pero soy bastante escéptico. En toda guerra hay gente que se enriquece. Y ahora, también hay una guerra. Silenciosa y de poderes. Nosotros ni nos enteramos. Se decide en cuatro oficinas, vaya uno a saber en qué lugar del mundo. La pandemia trajo una posibilidad de reanalizar, de preguntarte qué estabas haciendo con tu vida. Pero sólo si tenés la suerte de pagar las cuentas y contar con un ahorro para subsistir. A los que cerraron sus negocios, los que cayeron en un consumo descomunal... ¿Cómo les explicamos que hay una oportunidad? Está habiendo una tercera guerra en la que no se lanzan bombas. Gastón Pauls entrevista a Leo García en el programa Seres libres. Foto: Esteban Leyba. -Asegurás que el ser adicto es una enfermedad sin cura. ¿Cómo se aprende a vivir con ello? -Diariamente. No es tan fácil como decir “listo, ya está”. Yo si ahora me pido un whisky me voy a complicar, porque después del primero voy a querer uno más, y luego, otro. Convivo con eso y no existe una cura, pero lo que sí hay es un tratamiento y una recuperación diaria. La vida es un aprendizaje constante: cada día aprendés a ser padre, a trabajar, a cuidarte… Y a vivir bien, también. Hay días en que me cuesta, que no me puedo levantar de la cama. Pero hoy prefiero toda la vida el peor día limpio, sin consumir, que el mejor día tomando merca. -¿Pudiste reconocer las razones por las que llegaste a las drogas? -Sí. Tenía una muy baja autoestima y la necesidad de pertenecer a un grupo. Consideraba que era muy tímido y que los otros eran mejores. Quería ser como ellos, y como ellos bebían, yo también empecé a hacerlo. Sentía que debía ser algo que no era, cuando en realidad el gran desafío es ser lo que sos. Usamos soluciones fugaces, virtuales y rápidas porque no nos han enseñado bien. ¿Estás deprimido? Hay una pastilla que te cura, en lugar de hacer un trabajo más difícil, que es preguntarte qué te está pasando. A mí las drogas me calmaban la ansiedad, el miedo y el vacío. Pero al final terminé peor. -¿Qué cosas te perdías mientras consumías? -Perdía sano juicio, libertad y tiempo. Son tres cosas fundamentales. El juicio se vuelve enfermo: empezás a tomar decisiones erróneas. Estás gobernado por la energía negativa de la droga. Si me decían de ir a jugar al fútbol, que lo amo, y al mismo tiempo tenía la posibilidad de consumir, elegía lo segundo. Vas perdiendo la libertad porque no podés elegir. Es la droga la que te dice qué hacer. Y al final va por tu alma, que se la entregás. Te convertís en un autómata que pierde el tiempo y sólo responde. La droga te vacía. Por eso, cuando entrás en recuperación, al principio cuesta. Venís de estar acostumbrado a hacer algo durante muchos años, que es el matarte a diario. Al dejarlo, te sentís extraño. -¿Cuál fue el punto en el cual buscaste ayuda? -Cuando te das cuenta de que lo próximo a perder es la vida. El final de todo es la muerte. La ves y decidís: o me muero o con el último esfuerzo decido salvarme. Si te salvás, empezás a ver dónde estabas, que es el horror mismo. Es el infierno. Empezás a recuperar de a poco el sano juicio, la libertad, y el tiempo y decidís que no querés perderlo más. Pero no siempre se puede elegir. Tuve compañeros de recuperación que perdieron hijos porque no los pudieron levantar de la cuna y el padre, al verlo muerto, volvió a consumir. Esa es la droga. A ese nivel de locura y perversión diabólica te lleva. Es una enfermedad de ceguera y negación. -¿Te sentiste cara a cara con la muerte? -Sí. Cuando estás limpio te das cuenta de que muchas veces estuviste por morir. En realidad pasa cada vez que te metés algo en la nariz y no sabés de dónde viene. Ni sabés si es cocaína, veneno para ratas o vidrio molido. No es que lo fabrican en una comunidad orgánica: es un negocio donde le meten lo que venga y te lo venden. Pero como seres humanos damos por sentado que estamos vivos y que merecemos estarlo. En realidad, hay que agradecer a diario. A veces me olvido de hacerlo. Hoy, por ejemplo, no sé si lo hice. Me desperté medio tarde y tenía muchas cosas en la cabeza. Entonces, lo agradezco ahora: poder hablar de lo que me pasó, tomar este café... Estar vivo es un regalo divino. -¿Sos creyente? -Ahora sí. Como muchos otros creyentes, yo no creía en nada antes de pedirle ayuda a Dios. Estaba tirado en el fondo del pozo, pensando que no había nada por encima de mí. Entonces fue cuando me di cuenta de que no podía levantarme solo. Me estaba muriendo, y ni siquiera era una muerte digna. Es una muerte con sufrimiento, de la que tenés que salir como puedas. Y como solo no podía, pedí ayuda. ¿A quién? A Dios. Así llegué: por mi desesperación y egoísmo. La mía es una creencia espiritual, no religiosa. Gran parte de las religiones han traído muerte y no vida a este mundo, porque quisieron imponer su versión de los hechos ante otras. Y eso no es Dios: es amor y es libertad. El que dice que su consumo es recreativo puede terminar en tres lugares: la cárcel, el hospital o el cementerio. Gastón Pauls -¿Cómo reaccionó tu familia en el proceso de recuperación? -Era muy difícil que pudieran accionar. Esta es una enfermedad de mentira y negación. Te negás a vos mismo que te estás matando y a tu familia se lo escondés. Aunque cuando empecé a mostrar de verdad intenciones de recuperarme, mi familia estuvo presente. Y ellos también vieron sus propias dificultades. El adicto muchas veces es el que paga los platos rotos de un montón de problemas familiares y sociales. Nada ocurre porque sí. Todos tienen una historia de errores, horrores y dolores familiares. Cuando un adicto entra en recuperación, la familia entera se reacomoda. -Pasaste de ocultar la adicción a hablar de lo que viviste con tus hijos. ¿Cómo se encara esa charla? -Crudamente y de frente. Si empezás a esconder, te convertís en un adicto. “Dicción” es decir y “adicción” es no decir. Además, para los pibes de hoy, la droga está mucho más al alcance que hace 40 años. Entonces, hay que hablarlo abiertamente, sin eufemismos ni disfraces. Mis hijos saben qué es la cocaína, saben cuánto tiempo la tomé... Saben todo. Yo no les voy a decir lo que tienen que hacer con su vida, porque lo que más quiero es que sean libres hasta para equivocarse. Pero, por lo menos, que sepan dónde estuve yo y qué genera eso. -¿Creés en el consumo “recreativo”? -Esta es una enfermedad de autodiagnóstico. Nadie te puede decir si sos un adicto o no. Vos te tenés que dar cuenta. El límite de lo recreativo y dónde se pierde es muy sutil. Yo empecé así, divirtiéndome. Y no me convertí en adicto en un segundo. Lentamente fui perdiendo el control y pasé de ser el que usaba las drogas al que era usado por el consumo. El que dice que es recreativo puede terminar en tres lugares: la cárcel, el hospital o el cementerio. -También estás haciendo cine: John Lennons, de José Cicala. ¿Es distinto actuar ahora que estás limpio a como era en aquel entonces? Yo no consumía para filmar, pero sí estaba en una etapa en que el consumo oscurecía todo lo que me podía parecer disfrutable de mi carrera. Hoy ya no. El otro día estaba filmando y al mirar al cielo me di cuenta de que esto es una bendición. Estoy limpio y haciendo lo que amo. No necesito drogarme para sentir una sensación “más fuerte”. A mí, como adicto, a veces me aparece el pensamiento ese, de que falta adrenalina. Pero no, no falta nada. A veces estoy en casa con mis hijos, viendo la televisión, y pienso: “Soy feliz con lo poco que tengo, que es mucho”. Es poco al lado de lo que deseaba antes, que era el tener mucho de todo. Hoy, en cambio, soy feliz por mis dos hijos. Ese es el éxito. Nada más, nada menos.
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