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Paraná » El Heraldo
Fecha: 09/05/2026 14:33
Aquellos tiempos de esquila Con mi hermano, no queríamos que nos trataran distinto por ser sobrinos del patrón, don Cipriano a quien le habíamos pedido algo para hacer. Veíamos que toda la gente andaba ocupada, mientras nosotros jugábamos con los perros. Es cierto que de las tareas del campo no era gran cosa lo que sabíamos hacer, me refiero a los oficios, pero, en definitiva, con voluntad todo se aprende. Bueno, si ustedes quieren gurises, mal no me vienen. Vengan por aquí veremos que pueden hacer Cruzamos el patio donde había una división de palo a pique donde había un hombre con una oveja maneada entre las piernas, que en realidad eran varios y cada uno esquilaba moviendo las hojas de una tijera con rapidez. A un costado había un cuadrante de madera, de donde pendían con las bocas abiertas, largas bolsas, donde un criollo desde arriba de un cajón, echaba vellones de lana de la que estaban esquilando. Desde el fondo de las bolsas al suelo, había dos cuartas. Cuando llegamos allí nos preguntó el tío Cipriano ¿Qué tal son ustedes para pisar lana? Y más o menos. Nunca lo hicimos, dijo mi hermano mayor. Yo me quedé callado Bueno muchachos. A sacarse las alpargatas y arremangarse los pantalones, porque hay que pisar descalzos. Nos sacamos las alpargatas con la alegría de poder hacer un trabajo de grandes y nos trepamos a la empalizada y nos metimos cada uno en una bolsa. Nos taparon las bolsas y empezamos a pisar lana, a medida que el hombre de arriba del cajón largaba los vellones que iba recibiendo en la boca de las bolsas. Oí que entre risas los esquiladores preguntaban ¿Y los puebleros adonde fueron? Parece que los han embolsado, contestó otro entre carcajadas. Cada tanto sentíamos que uno gritaba ¡Vellón y lata! Cuando los vellones ocupaban la mitad o más de las bolsas y asomamos la cabeza, nos miramos con mi hermano sonrientes y contentos, a pesar del cansancio demoledor. Sacaron la cabeza los charabones. También fue festejado. Nosotros nos dedicamos a la tarea encargada, sin hacer caso a las bromas. Había peones de todo pelaje entre los esquiladores, pero ninguno tan joven como nosotros, y nuestro aspecto de puebleros no había caído bien. Un vientito impregnaba de olor a carne asada nos hizo comprender que ya estábamos cerca del mediodía. Mientras tanto ya habíamos cambiado varias bolsas de lana repletas y duras por las vacías. Dos peones musculosos les cosían la boca y las apilaban para luego llevarlas al galpón. Nosotros teníamos los pies y las piernas llenas de grasa de la lana gorda y además, me dolían los tobillos. Tocaron una campanada y la gente dejó de esquilar. Entonces nos dirigimos para donde habíamos dejado los aperos. Guardamos las alpargatas así arremangados, caminamos hacia los asadores. Mi hermano cortó una tira de carne de vacío. Yo me le prendí a un matambre que le chorreaba la grasa de gordo. Nos apartamos del grupo hacia la sombra de los eucaliptus. Comimos carne con galleta hasta tener que aflojar el cinto. Después me acerqué a un fogón y pregunté si podíamos ocupar el agua de una pava que estaba en las brasas. Agarren lo que gusten dijo un hombre joven que tenía en la cara una cicatriz en forma de arco. Toda la tarde pisamos lana. Por la noche caímos rendidos en la cama con la familia. Nosotros queríamos quedar con los peones, pero el tío Cipriano no nos dejó. No gurises. Se sacaron el gusto de trabajar igual que los peones y por lo que me contaron, lo hicieron muy bien. Así que van a cobrar también igual que ellos. Al día siguiente nos pusimos de nuevo al lado de las bolsas vacías. Comenzó el ruido de las tijeras de esquilar y ya al rato comenzaron a traer los vellones uno tras otros y nosotros a pisar. Después vimos que a cada oveja esquilada le entregaban al esquilador una lata en forma de moneda. Yo pensaba ¿nos dará algo el tío Cipriano, que en realidad no era tío nuestro, sino de mamá. Pero como ella le llamaba tío, nosotros también. Pasaron varios días de ruda tarea. Ya el paisanaje se había acostumbrado a vernos trabajar sin meternos con nadie y sin ningún privilegio y optaron por respetarnos. Tal vez pensaron que aprovecharíamos el ser huéspedes allí, pero vieron que no. En la estancia había cientos de vacas y lindas manadas, aunque poca majada. Por eso terminamos rápido con la esquila. Los esquiladores abandonaron la estancia y solo quedaron el dueño, la peonada fija, los hijos y nosotros Ensillaron caballos para nosotros y nuestra primera salida fue hasta el boliche del pago. Solo estaba a una legua de la estancia. Llegamos de un galope y dejamos los caballos en la sombra de unos algarrobos. Era una casa de material con techo de paja. Al frente tenía un largo enrejado, con un mostrador para el lado de adentro. Nadie entraba al negocio, porque lo que compraban se lo alcanzaban al cliente por entre las rejas. Nosotros compramos cigarros marca Bandera ¿Vamos a tomar un vino? Le dije a mi hermano. Pedimos los dos vasos de vino que sacó de una damajuana, pedimos salame y queso picado y allí nos quedamos mirando las cosas. El negocio era grande y tenía de todo. Desde géneros de toda clase y color, velas, faroles, mechas para faroles, tubos para lámparas y mechas no faltaban. También tenían cartuchos de todo calibre, monturas, cojinillos, estribos, cabezales y cabestros. Pero nada de esas cosas nos hacían falta. Lo que sí compramos fue una faja para cada uno. Vimos que a ningún peón le faltaba una. El sol iba haciendo sombra sobre el monte alto Empezaron a llegar hombres barbudos, vestidos de guardamontes y botas. Todos los que llegaban saludaban de esta forma Guaaaas tarde Luego se echaban sobre las rejas, compraban cigarros y bebían caña. Nos miraban como forasteros, aunque entre ellos no se hablaban. Todo transcurría allí en silencio y solo los que atendían cambiaban palabras Antes de entrarse el sol salimos al trote en dirección a la estancia. ¿Viste cómo nos miraban como a bicho raro? Me dijo mi hermano, mientras íbamos rumbeando el camino de vuelta. Son hijos del monte y por lo tanto ariscos Pero seguramente que ahora se estarían preguntando quienes seriamos Al día siguiente, el canto de los pájaros nos anunció un amanecer entre rojo y lila. Va a hacer calor pensé Nos arrimamos a un rancho largo que hacía de cocina. En el medio estaba un fogón rodeado por una yanta de carro. Nos sentamos y nos alcanzaron dos jarros de leche de medio litro y cuatro galletas. Sin sentir nos bebimos la leche y nos comimos las galletas. Ya éramos uno de ellos. Lindos tiempos aquellos...
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