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Paraná » AIM Digital
Fecha: 09/05/2026 09:32
La distancia que separa la velocidad del cerebro humano de la de las máquinas es sorprendente, pero esa diferencia encierra un valor inesperado. El cerebro humano, la selección y la compresión de datos están en el centro de nuestra relación con el mundo. Pablo Artal, en una columna publicada en La Verdad, señala que, mientras los ordenadores procesan gigabits por segundo, nuestra mente consciente apenas gestiona unos diez bits en ese mismo tiempo, según un estudio del Instituto de Tecnología de California. El dato puede parecer mínimo frente a la capacidad de las máquinas, pero Artal enfatiza que esta lentitud no es una debilidad. El cerebro no está diseñado para procesarlo todo, sino para elegir, afirma el autor. Así, la mente reduce la complejidad del entorno a tan solo unos pocos fragmentos esenciales, suficientes para tomar decisiones eficaces y rápidas. Los sentidos captan información a velocidades impresionantes. La retina, por ejemplo, envía datos al cerebro a una velocidad cercana al gigabit por segundo, pero solo una pequeña fracción de ese flujo se convierte en pensamiento consciente. Artal explica: Es como si estuviéramos conectados a una autopista de información y, sin embargo, avanzáramos siempre por un estrecho carril. Esta compresión extrema elimina el ruido y permite que la mente funcione con estabilidad, incluso en situaciones ambiguas o con datos incompletos. El pensamiento consciente es secuencial: solo podemos atender una cosa por vez. Mientras tanto, las áreas sensoriales trabajan en paralelo, gestionando múltiples señales al mismo tiempo. Este carácter secuencial impone el límite de los diez bits por segundo mencionado por Artal en La Verdad. Las máquinas exploran millones de posibilidades en paralelo, lo que les da ventaja en tareas específicas y bien definidas. Sin embargo, en entornos inciertos y cambiantes, esa abundancia puede ser un problema. El cerebro humano, en cambio, destaca al seleccionar lo relevante y descartar el exceso de información, lo que le aporta robustez y capacidad de adaptación. Esta limitación también se refleja en la dificultad para expresar ideas complejas. Según Artal, podemos tener intuiciones ricas e imágenes mentales completas, pero al intentar comunicarlas, el flujo se ralentiza. Las palabras llegan una a una, como si hubiera un embudo entre el pensamiento y el lenguaje. El desarrollo de tecnologías que buscan ampliar el ancho de banda del cerebro, como las conexiones directas con máquinas, plantea una pregunta de fondo. Artal advierte que si la verdadera limitación está en la selección y organización de la información, aumentar la velocidad no resolvería el problema. Sería como intentar mejorar una conversación hablando más deprisa sin tener nada más que decir. La lentitud del pensamiento consciente es el resultado de una evolución que priorizó la precisión y la estabilidad sobre la rapidez. La verdadera pregunta no es quién es más rápido, sino qué tipo de inteligencia resulta más útil en un mundo incierto y cambiante, concluye Artal en La Verdad. De este modo, la aparente desventaja humana se convierte en una marca de sabiduría: la capacidad de elegir con cautela qué fragmentos del mundo merecen ser pensados.
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