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  • Las cinco tragedias del cadáver de Perón: de la idea macabra de Massera al robo de manos en la bóveda familiar de Chacarita

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 09/05/2026 02:53

    Juan Domingo Perón, el único argentino elegido tres veces por voto popular para ser Presidente de la Nación, murió el 1º de julio de 1974 en la Quinta de Olivos. Tenía 78 años y el corazón herido. Llevaba unos veinte días sin poder ir a la Casa Rosada a ejercer como máximo titular del Poder Ejecutivo: su salud, que se deterioraba rápidamente, se lo impedía. Desde ese 1º de julio hasta que su cadáver llegó a su destino definitivo, el 17 de octubre de 2006, pasaron 11.796 días. El derrotero de ese cuerpo, como había pasado antes con el de Evita, estuvo atravesado por los amores y los odios que ambos habían despertado durante sus vidas. PUBLICIDAD Un cuerpo herido, una descomposición inminente Las maniobras de resucitación que le aplicaron a Perón para salvarlo de la muerte duraron unas tres horas. Hubo masajes cardíacos, respiración boca a boca, descargas eléctricas sobre su pecho. Algunos catéteres para intentar estabilizar su presión arterial. Médicos y enfermeras desesperados. Un cura, José López Rega instando a todos a que intentaran todo, Isabelita a punto de enviudar. Apenas antes de esa escena fatídica en la que nada alcanzó para salvar al General empieza El cuerpo de Perón. La muerte, las manos, los tiros, el libro del periodista y escritor Facundo Pastor en el que se narra el destino de ese cadáver que, incluso después de muerto, siguió protagonizando la vida política argentina. PUBLICIDAD Ninguno de los esfuerzos de esas tres horas lograron frenar lo inevitable. Perón murió, según el anuncio oficial, hacia las 13.15 del 1º de julio de 1974, apenas unos meses después de su retorno definitivo al país tras casi dos décadas de proscripción. La muerte se había producido, en realidad, algunas horas antes. Fueron tres horas de lucha descarnada -y estéril- contra el final de un cuerpo cuyo corazón ya no podía aguantar una nueva batalla. Lo que siguió fue un operativo frenético para organizar primero una despedida íntima, en Olivos, y después una despedida pública del líder justicialista. Y durante esa despedida pública, que se llevó a cabo en el Congreso Nacional, se produjo el primero de los grandes problemas con el cadáver de Perón. PUBLICIDAD Después de trabajar sobre la desaparición de Rodolfo Walsh y sobre la figura de Isabel, quedé orbitando esa zona del peronismo de los años setenta, que es una etapa tan fascinante como dolorosa de la historia argentina. Es una herida que sigue abierta. En ese recorrido, la muerte de Perón apareció casi como un punto inevitable, le dice Pastor a Infobae sobre cómo eligió el tema central de su último libro. Ya había publicado Emboscada, una investigación sobre los últimos días de Walsh, e Isabel. Lo que vio. Lo que sabe. Lo que oculta. La conmoción por la muerte de Perón fue inmediata y fue masiva. Miles y miles de personas se acercaban al Palacio Legislativo para ser parte de esa despedida. El velatorio, ante tanta concurrencia, debía extenderse. La posibilidad de dejar a tantos seguidores del General sin poder despedirse no era viable: desataría la furia popular. Pero el cuerpo de Perón no estaba preparado para tantas horas de exhibición pública, y empezaba a expeler gases y olores vinculados a su primera descomposición que se hacían notar. PUBLICIDAD Entonces se tomó una decisión: con material obtenido del Hospital Italiano, uno de los médicos que pertenecía al círculo de atención sanitaria de Perón inyectó el cadáver con formol. Primero drenó la sangre, que provocaba el deterioro más inmediato del cuerpo, y le inyectó el líquido que permitiría extender la despedida pública en mejores condiciones. El médico que se encargó de esa maniobra era de origen japonés y se apellidaba Tamashiro. La práctica trascendió a la prensa en medio de un sensacionalismo cargado de intriga: se decía que se había realizado una especie de rito tradicional oriental vinculado a la conservación de los cadáveres, cuando lo que en realidad había ocurrido era un proceso químico con ese mismo objetivo. El formol fue la primera intervención inesperada en el cuerpo del General. PUBLICIDAD Una cripta en vez de un altar El plan era montar un monumental Altar de la Patria sobre la Avenida Figueroa Alcorta. Allí descansaría el cuerpo de Perón y también el de Eva Perón, que había sido recuperado después de que la autoproclamada Revolución Libertadora lo robara, lo ultrajara y lo escondiera fraguando su identidad. Pero los planes cambiaron. Después de una última despedida íntima en la residencia presidencial, el féretro de Perón se instaló en la capilla dedicada a Nuestra Señora de Luján en la Quinta de Olivos. Isabel decidió que tanto ese féretro y el de Eva descansarían, finalmente juntos, en una cripta de Olivos. PUBLICIDAD Sobre esos dos cadáveres, sostiene Pastor: Tengo la sensación de que esos cuerpos dejaron de ser solamente cuerpos para convertirse en espacios de proyección colectiva. Ahí la sociedad argentina depositó de todo: amor, odio, fanatismo, resentimiento, expectativas. Eso ya había pasado con Eva, y de algún modo se repite con Perón. Isabel quería poder estar lo más cerca posible de Perón y la cripta resolvía ese problema. Mientras ejercía la Presidencia en un escenario cada vez más acuciante, la viuda del General podía permanecer cerca del cuerpo del que no lograba terminar de despedirse. PUBLICIDAD Los Granaderos e integrantes del Ejército que montaban guardia ante la cripta nombraban, por lo bajo y asustados, que escuchaban ruidos provenientes de allí. Más de una vez, López Rega llevó a cabo algunos de sus ejercicios esotéricos en la cripta en la que descansaban, cerca, Perón y Eva. Pero con el tiempo la cripta empezó a limpiarse con menos frecuencia y las flores se marchitaban antes de que alguien pusiera algunas nuevas. PUBLICIDAD Massera, los cuerpos y el Río de la Plata El abandono total de la cripta llegó tras la irrupción de la última dictadura, que derrocó a Isabel el 24 de marzo de 1976, casi dos años después de la muerte de Perón. Pero aunque nadie se ocupaba de mantener el espacio, los féretros de los líderes justicialistas no pasaban desapercibidos para quienes habían tomado el poder por la fuerza. Alicia Raquel Hartridge Lacoste, la esposa del dictador Jorge Rafael Videla, había devenido, de manera inconstitucional, en Primera Dama. Le advirtió a su esposo que ni ella ni sus siete hijos vivirían en el mismo predio en el que descansaban los restos de Eva y de Perón. No sólo se trataba de una cuestión ideológica: temía atentados o irrupciones en la Quinta para tratar de dar con los féretros. El asunto escaló y el presidente de facto lo llevó, preocupado, a una reunión de gabinete. Emilio Eduardo Massera, que integraba junto a Videla y Agosti la primera Junta Militar de esa dictadura, planteó una idea que dejó a todos los presentes sin habla: cubrirían los féretros con cemento, los convertirían en un pesado bloque de ese material y los arrojarían al Río de la Plata. Videla dijo que no a ese salvaje método que, por otro lado y con algunas modificaciones en el método, la dictadura emplearía con algunos de sus miles de desaparecidos en los fatídicos vuelos de la muerte. Se decidió, en cambio, trasladar los cuerpos a cada una de sus bóvedas familiares. En operativos secretos, Eva fue llevada a la bóveda de los Duarte en Recoleta, y Perón a la que compartiría con su madre y su abuelo en el Cementerio de la Chacarita. Isabel había pedido que su féretro se instalara en el panteón militar, pero le negaron esa posibilidad y finalmente fue llevado, en estricta reserva, a donde estaban los familiares del tres veces Presidente. El secreto detrás del robo de las manos El féretro de Perón pasó más de una década sin sobresaltos en la bóveda familiar. Durante un buen tiempo, la dictadura les negó a sus seres queridos la posibilidad de acceder al féretro. Isabel permanecía detenida por la dictadura en El Messidor, en Villa La Angostura. Al momento del traslado secreto, el cajón de Perón había sido cubierto con una especie de blindex de ocho centímetros de espesor y, literalmente, estaba custodiado bajo doce llaves. Pero en 1987 nada de eso importó. Cuando el marido de una de sus sobrinas nietas fue a supervisar el estado de la bóveda, encontró señales de que el féretro había sido intrusado, aunque no había grandes daños en la propiedad familiar. La sensación era que el ataque había sido dirigido concretamente contra ese cuerpo ya mítico para la historia argentina. Con las herramientas adecuadas, se inspeccionó el féretro y se comprobó algo que la familia no podía siquiera imaginar: las manos del General habían sido cortadas y robadas. El cadáver del líder justicialista no lograba descansar en paz. La profanación se filtró casi inmediatamente a la prensa y las especulaciones empezaron enseguida. Hubo, antes y después del ataque a la bóveda de la familia Perón, cuatro muertes inexplicables: la de Carmencita, una visitante asidua del lugar de descanso del General, la de un sepulturero de la Chacarita que trabajaba en ese sector, y, tiempo después, la del juez Far Suau y su pareja. El magistrado estaba, en ese momento, a cargo de la investigación judicial de lo ocurrido en la bóveda. Hubo, a lo largo de la investigación, pistas falsas, infiltraciones para desviar la investigación, y preguntas cada vez más resonantes, ya que el acceso había sido sin forzar cerraduras y, se suponía, sólo la Escribanía General de la Nación tenía las llaves necesarias para abrir el féretro. Se especuló con que las manos habían sido robadas para usar las huellas dactilares para acceder a cuentas secretas en Suiza, para robar un anillo con una clave alfanumérica y en el contexto de los rituales esotéricos que encabezaba López Rega. Nada de eso era cierto. Según la investigación de Pastor en su libro, finalmente la investigación, una vez reabierta, empezó a despejar el camino hacia Licio Gelli, líder de la logia masónica Propaganda Dúe con epicentro en Italia. P2, como también se llamaba a la organización secreta, había estado detrás de las camisas negras que apoyaban a Benito Mussolini y había ayudado a financiar el regreso de Perón tras la proscripción. En el avión en el que viajaba el General de vuelta al país estaba Gelli. Con Perón de nuevo en el poder, el italiano insistía para convertirse en el representante comercial de la Argentina ante la potencias europeas. Pero el ya Presidente dijo que no, incluso ante la insistencia de Gelli. Antes de pagar un favor con los intereses nacionales, me corto las manos, habría dicho Perón catorce años antes de que le robaran las manos. La interna sindical, a metros del féretro En 2006, nada menos que el 17 de octubre, se organizó el traslado del féretro de Perón a la histórica Quinta de San Vicente, en esa localidad en la que el líder justicialista y Eva habían descansado, y por la que también había pasado Isabel. El tres veces Presidente había hecho saber que quería descansar allí porque ese gran espacio verde le recordaba el paisaje de la pampa bonaerense, donde había crecido. En medio de un enorme operativo de las fuerzas de seguridad y también de la militancia, el féretro salió del Cementerio de la Chacarita rumbo a la quinta histórica del peronismo. Los ánimos empezaron a caldearse en las inmediaciones del predio mientras se esperaba la llegada del cuerpo. Como tantas otras veces, se enfrentaban dos facciones del peronismo, esta vez, ambas pertenecientes al sindicalismo. Por un lado, los camioneros agrupados en el sindicato encabezado por Hugo Moyano. Por otro, los obreros de la construcción nucleados por la UOCRA. Disputaron metros cuadrados, cercanía al lugar en el que se exhibiría el féretro durante el acto central y el control de accesos al predio. Hubo trompadas, botellazos y corridas. Pero el desmán se desató del todo cuando Emilio Madonna Quiroz, chofer y colaborador cercano de Pablo Moyano, abrió fuego. Otra vez, el cuerpo de Perón quedaba en medio de las disputas y, sobre todo, de la violencia. La familia de Eva, por otro lado, había reclamado que su cuerpo permaneciera en Recoleta, donde aún está. El viaje final de Perón al lugar en el que descansa desde hace casi veinte años fue fatídico, como había sido, tantas otras veces, el destino de ese cadáver que seguía ocupando el centro de la historia argentina. Una de las cosas que más me sorprendió de la investigación fue descubrir hasta qué punto el destino de los cuerpos de Eva y de Perón quedó atravesado por decisiones políticas casi absurdas y, al mismo tiempo, siniestras, reflexiona Facundo Pastor, y cierra: Todo eso me hizo entender que, en la Argentina, incluso después de muertos, ciertos líderes siguieron siendo escenario de disputas de poder, violencia y mensajes políticos. Facundo Pastor presentará su libro El cuerpo de Perón este sábado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Será en la sala Rodolfo Walsh, a las 20.30, en diálogo con Diego Iglesias. PUBLICIDAD PUBLICIDAD

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