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Buenos Aires » La Nacion
Fecha: 09/05/2026 00:36
Encontrá las guías de servicio con tips de los expertos sobre cómo actuar frente a problemas cotidianos: Adicciones, violencia, abuso, tecnología, depresión, suicidio, apuestas online, bullying, transtornos de la conducta alimentaria y más. Era dueña de una belleza única, su carrera despegó en Europa, pero desembarcó en la Argentina para grabar con el cómico; actualmente vive alejada de todo, en una residencia religiosa - 13 minutos de lectura' Alta, con cuerpo impactante, de rasgos fotográficamente perfectos y una belleza absoluta que desordenaba el aire, Nadiuska llegó al Aeroparque Internacional Jorge Newbery el 1 de abril de 1978, procedente de Río de Janeiro para filmar Mi mujer no es mi señora, versión del éxito teatral ¿Será virgen mi marido?, junto a Alberto Olmedo y bajo la dirección de Hugo Moser. En la sala de prensa la esperaban los flashes de rigor, varios periodistas, curiosos y pasajeros en tránsito que no sabían por qué semejante revuelo, si por la selección de fútbol de César Luis Menotti, Gina Lollobrigida, Frank Sinatra o algún artista argentino que volvía del exilio. La única certeza era que la longilínea actriz de origen alemán de 1,8 metros de altura, en España ya era un fenómeno popular y la cara visible del destape. Había actuado con figuras internacionales tan antagónicas como John Justin y José Sacristán; conocía la fama europea y pronto compartiría cartel con Bruce Lee y con Arnold Schwarzenegger. Pero eso sería historia futura, porque en la manga del avión que la llevaba al paredón de fotógrafos, la esperaban los productores Nicolás Carreras y Luis Osvaldo Repetto para darle la bienvenida y comienzo, tal vez, a uno de los episodios más icónicos e inverosímiles de su ciclotímica carrera. Se estima que Roswithka Bertasha Smid Honczar, más conocida como Nadiuska, nació en Schierling, ciudad de Ratisbona, en Alemania, el 19 de enero de 1952. Su origen confuso se debe a que su madre polaca y su padre ruso cambiaron su verdadera nacionalidad por Tel Aviv, por las complicaciones burocráticas que tenía el suelo germánico tras el fin del nazismo. Aquellos fueron años itinerantes en plena posguerra por la Europa del Este, hasta anclar en la Península Ibérica. Así, su infancia estuvo signada por mudanzas, idiomas varios y una constante sensación de extranjería que jamás la abandonaría y le resignificaría su semblante. Estudió danza clásica, trabajó como peluquera, modelo, tuvo un primer paso fugaz por Hollywood como todas las actrices inclasificables de los 60 y llegó a Madrid a comienzos de los años setenta. España todavía vivía bajo el régimen franquista, pero algo estaba a punto de quebrarse. Misterio afrodisíaco Nadiuska apareció en el cine casi por accidente, luego de ser vista por un cazatalentos en una discoteca de Sitges a sus jóvenes 19 años. Productores y directores veían en ella una combinación perfecta de misterio afrodisíaco, erotismo elegante y fotogenia de alto impacto. Su nombre artístico sonaba aún más exótico. El icónico film Emmanuelle revolucionaba el mundo y ella pertenecía por carácter transitivo a ese fenómeno que se intentaba emular en todos los estrenos de la época. Su éxito estaba asegurado. Debutó en 1972 con el film Soltero y padre en la vida junto a José Sacristán en una industria que comenzaba a desprenderse de la censura y pronto se convertiría en el mayor símbolo del llamado destape español, aquel boom cultural y comercial que acompañó la transición tras la muerte de Franco en España. Y mientras el país ensayaba libertades nuevas, Nadiuska las protagonizaba. Filmó sin descanso. Títulos hoy de culto popular y otros olvidados le dieron volumen a sus primeros años en la capital española. Perversión, La muerte ronda a Mónica, Lo verde empieza en los Pirineos, Último deseo y El Chulo, entre otras. En muchos casos, el argumento importaba menos que su presencia. Era la mujer imposible, sensual, distante. Accesible en pantalla e inaccesible en la vida real. La crítica la juzgaba con severidad por su carácter de foránea, pero el público la convirtió en estrella, siendo así una de las actrices más taquilleras de España. Ella respondía con orgullo, pero a su vez quería no ser sólo un cuerpo desnudo en la pantalla de celuloide y por ello decidió alejarse de la cosificación que sufría por parte del séptimo arte español. Rumbo a Buenos Aires A Buenos Aires llegó cuando su fama estaba en la cima, como parte de una estrategia que buscaba convertirla en una estrella de fama internacional al estilo de Sophia Loren o Catherine Deneuve. En las conferencias de prensa se mostraba cordial, hablaba de sus premios, del rol que ocupaba la mujer guapa en el nuevo destape y que la enorgullecía siempre que fuera artístico. En aquel complejo 1978 para la sociedad argentina, Nadiuska iba del hotel al set de filmación de Moser bajo la custodia de la revista Semanario y de los diarios La Opinión y Clarín. Su imagen era tan habitual para la prensa rosa como lo es hoy Wanda Nara o China Suárez. La filmación de Mi mujer no es mi señora, en primera instancia, sería entre Buenos Aires y Bariloche, pero por pedido expreso de la estrella internacional, se cambió la locación del sur por Punta del Este, capricho usufructuado para reducir los costos de alojamiento, debido a que tanto Olmedo como Moser, tenían sus mansiones en la ciudad esteña. Al llegar a Uruguay, Nadiuska dijo: Me sorprende que lejos de Europa exista un lugar tan maravilloso y agradable para vivir. Sin quererlo, ese fue uno de sus primeros cimbronazos con el medio. Es que su belleza no mostraba la real soberbia de su personalidad. Pese a que los medios argentinos recreaban una estadía de amabilidad y compañerismo, la realidad indicaría lo contrario. Se hablaba de una marcada distancia entre el grupo español, compuesto por Nadisuka, su padre en ficción, el actor Pepe Calvo y Joe Rígoli, que por esa época estaba radicado en Madrid, y el grupo argentino conformado por Moser, Olmedo, Olga Subarry y la vedette Adriana Parets. Lo cierto era que Nadiuska se irritaba cuando debía repetir escenas, se encerraba en su habitación, maltrataba a los presentes y amenazaba con regresar a Brasil, donde la esperaba la filmación de un segundo largometraje. La secuencia era siempre la misma, y luego de gritos e insultos con su mánager, reaparecía, se disculpaba y sonreía para la foto de turno. Era, ya entonces, una mujer partida entre el personaje y la persona. Una mujer muy fría LA NACION habló con un actor que compartió cartel con ella en el film y resumió: Era una mujer muy fría, muy extraña. Muy poco sociable. Lo que tenía de hermosa lo tenía de irascible y poco agradable. Esas tres semanas de filmación fueron muy difíciles para todos. La referencia puede ser injusta o parcial, pero revela algo del clima que la rodeaba; Nadiuska fascinaba a la distancia y desconcertaba en la cercanía. Y quien imagine un apasionado romance entre la escultural actriz y el Negro Olmedo se equivoca. Cuando las cámaras se apagaban, ni se hablaban. Olmedo con su mote de persona triste por fuera del show business y Nadiuska con sus intermitencias existenciales no generaron química, zanjaron una distancia irreparable y es por ello que la fórmula no se repitió. Algo muy raro en la industria cinematográfica nacional y serial de los años 70. Para su segunda incursión en el cine argentino en 1980, a Nadiuska la habían probado con Jorge Porcel, pero el resultado no fue bueno. Ella había tenido malas referencias del humorista de parte de Alberto de Mendoza y Alberto Closas de cuando trabajaron juntos en España y le habría suplicado a su mánager que desista de la idea. Por ello, el segundo largometraje sería La noche viene movida, pero junto a Javier Portales, el tercer emblema de esa camada de humor popular. El contraste era irresistible para la pantalla grande, la estrella del erotismo europeo convertida en figura invitada de un cine picaresco, rápido, desprolijo y exitoso. A ella no parecía molestarle tanto como se suponía. Necesitaba trabajar, seguir en movimiento y sostener, como fuera, una carrera internacional que empezaba a mostrar inconsistencias. Su estelaridad y cartel no eran proporcionales a los productos que realizaba. Su némesis itálica, Sophia Loren, ya era toda una estrella global; Brigitte Bardot ya se había retirado con todos los honores y ella aún no terminaba de despegar. Cine clase B Por su parte, el destape español del cual se vanagloriaba fue un negocio tan intenso como breve. Y pese a que en la Argentina ya era considerada una celebridad, en Europa el ciclo comenzaba a cerrarse. Nuevas actrices ocuparon portadas, el público cambió el parámetro de belleza por uno más autóctono y el cine español buscó otros lenguajes, encontrados en actrices de la talla de Carmen Maura, Victoria Abril y Ángela Molina. Nadiuska debería reconvertirse y por ello entendió que su ciclo en la Argentina con películas livianas se había terminado y su próximo paso sería regresar a Hollywood para participar en producciones internacionales que ella creía que estaban a su altura. Así llegó a Bruce Lee en el film Challenge of the Tiger en 1980, y a Conan, el bárbaro, donde compartió elenco nada menos que con Arnold Schwarzenegger, la gran apuesta del cine norteamericano. Pero los Estados Unidos tampoco serían el lugar donde poder hacer pie. Y tras muchos castings, la negativa a filmar con Michael Douglas y gestiones por un cine dramático que no prosperaron, Nadiuska regresó a España, donde ya con la marca de agua de la desnudez en su filmografía, debió conformarse con un cine clase B, que por aquellos años era protagonizado por humoristas del estilo de Chiquito de la Calzada. Su estrella comenzaba a apagarse y su brillo se acomodaría en un segundo nivel de popularidad, más como anécdota y chabacanería que como celebridad y sofisticación. Romances y una gran traición Su vida sentimental fue tan disonante y desproporcionada como su carrera artística. Se la vinculó con empresarios, millonarios, políticos y aventureros de ocasión. Los romances parecían prometerle una vida de portada en revista ¡Hola!, pero terminaban nutriendo simples páginas de chimentos y hasta policiales. Ella hablaba de traiciones, intereses y soledad. La prensa profundizaba siempre en esos aspectos, ubicándola entre las desafortunadas del corazón. A Nadiuska le jugaron una mala pasada. Creyó que nada de lo que hiciera podría romper ese idilio que tenía con la pantalla grande. En una conferencia de prensa cometió el error de confesar que se había casado solo para obtener la nacionalidad española (porque en los años franquistas solo podían firmar contratos los artistas españoles), pero fue su mánager, Damián Rabal, despechado por el abandono económico y sentimental de su máxima estrella, quien filtró a comienzos de los 80 detalles escandalosos de lo sucedido: ese matrimonio oculto materializado en 1973 fue con un indigente al que le pagaron tres mil pesetas (hoy unos 400 dólares) y un anillo de oro, y lo hicieron firmar un escrito para que no formara parte de la vida de la actriz. Las primeras planas de los medios españoles más importantes no le perdonaron el hecho de haberse aprovechado de un hombre en esa situación y allí comenzó su brusco descenso artístico. De hecho, en su periplo por la Argentina, había declarado nunca lo besé, título que atravesó el océano y agigantaría su figura para mal. Lo que siguió fue la típica caída de las estrellas. Con las revistas que alguna vez la enaltecieron a la categoría de diosa, sacando a relucir toda la basura que se encontraba debajo de la alfombra. La versión más reveladora fue que su decadencia había sido propiciada por su exmanager, quien no aceptó que dejara de ser su amante y le filtró a los medios todo lo que nadie podía saber de la estrella: sus romances con millonarios de ocasión, sus malos humores a la hora de trabajar y sus infidelidades. Ello influyó en conseguir menos papeles, más silencio, cuentas desordenadas y aislamiento. Su último intento por recuperar el espacio de estrella fue en 1997 con un desnudo en la revista Interviú a los 45 años. Y pese a que lucía bella y seductora como siempre, el público ya le había dado la espalda. Su último film, Las dudas de Judas y María Magdalena (1998), fue un rotundo fracaso de taquilla y con él, la certeza de que su aura se había desvanecido para siempre. La diva olvidada Hacia fines de los 90 aparecía esporádicamente en revistas y programas españoles, casi siempre convertida en noticia melancólica: La diva olvidada, La mujer que había tenido todo o La diosa engañada. En esas entrevistas concluía en que tuvo mala suerte en lo sentimental, económico y que su mayor problema fue siempre vincularse a personas que la traicionaron. Inversiones tan dispares como infundadas la llevaron a la ruina económica. Primero probó con un restaurante, luego con una distribuidora de cine, diseño de joyas y hasta con una exportadora de carne desde la Argentina hacia Europa, pero todo sin éxito y generando deudas que nunca terminaría de pagar. En 1999, su salud mental ya se había deteriorado de manera visible. Sería la etapa de internaciones, tratamientos prolongados y temporadas en instituciones neuropsiquiátricas. La actriz que había iluminado con su propio nombre marquesinas de cine y teatros terminó dependiendo de ayudas públicas y de la solidaridad ajena. A sus 47 años ya vivía en una pensión, olvidada, sin familia y sin el apoyo de sus colegas. Pese a que su luz se había apagado definitivamente, España nunca dejó de mirarla con mezcla de culpa y fascinación. En los últimos años emergieron artículos que intentaron descifrar el misterio Nadiuska para entender cómo una de las mujeres más famosas de los setenta se diluyó sin dejar rastros. Documentales televisivos y especiales periodísticos revisaron su trayectoria, mostrando fotos deslumbrantes junto a testimonios de abandono. Lo que siguió fue el epílogo de su vida. Un final anunciado. Fue diagnosticada con esquizofrenia e internada en el Hospital Psiquiátrico Alonso Vega, hasta su alta en 2002, año que la hundiría aún más en la depresión, viviendo en la calle, comiendo de lo que le daban los vecinos y dueños de restaurantes que la reconocían y durmiendo en la puerta del cine Lope de Vega, el mismo que 25 años atrás iluminaba la vereda con los afiches de sus películas. Desde 2003, Nadiuska vive en una residencia religiosa de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, en Ciempozuelos, Madrid. Hoy, a los 74 años, solo la visitan las monjas. Con la mirada perdida y creyendo estar en su otrora mansión de la calle Serrano del exclusivo barrio de Salamanca de la capital española, pasa los días sin hablar con la prensa. No extraña su época de gloria y solo espera volver a los brazos de sus padres.
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