08/05/2026 10:16
08/05/2026 10:16
08/05/2026 10:16
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
08/05/2026 10:15
Buenos Aires » Clarin
Fecha: 08/05/2026 06:46
Será de Dios, dijo Regazi. Yo no entendía el sentido de la expresión. Pero evidentemente estaba relacionada con que se había averiado el micro. Tampoco me quedó claro si una goma pinchada, ahogo del motor o la cadena del buje, como me pareció escuchar. El chofer y su copiloto tomaron asiento en un banquito, a la vera de la ruta, como si la cosa fuera para largo. Gradualmente se nos acercaron lugareños, vendiendo chipá, torta frita, pepas de membrillo y sándwiches de morcilla. La tierra era roja, nos llevaron unos metros adentro, donde también vendían prendas artesanales e instrumentos de caña. Repentinamente surgió una suerte de aldea exótica. Como la de Asterix, pero con bungalows. Por entonces, debía hacer décadas que yo no escuchaba esa palabra. Tampoco volví a escucharla hasta ahora. Las mujeres eran altas, esbeltas y rubias. Sus rasgos, eslavos. Los hombres, indiferentes y prósperos. Eran una colonia de yugoeslavos y alemanes proveniente del siglo XIX. Nos invitaron a pasar a una de esas cabañas de lujo, especialmente dispuesta para huéspedes. Nos convidaron una especie de budín de manzana glaseado -exquisito- y un mate de yerba del lugar, insuperable. Éramos tres escritores ya en la medianía descendente de nuestras carreras. Regazi, bastante mayor, había sido aclamado por la crítica y los modernos comentaristas lo adoraban. Lo consideraban un iconoclasta, provocador, un genio. Yo nunca había podido terminar uno de sus textos. Compartir el viaje en micro había sido una pesadilla. Cantaba ópera y silbaba como un barrabrava. Contaba sus intimidades como si fuera un casette de Landriscina. Yo hubiera preferido un casette de Landriscina. No nos quedó más remedio que contarnos historias mientras compartíamos el mate. El tercero me rogó que no revelara su nombre. En su primera juventud, entre Italia, Yugoeslavia y Bulgaria, había trabajado escribiendo vidas para espías. Era una especie de ensamble del partido comunista italiano -de raíz gramsciana, se encargó de aclarar-, el rústico independentismo titista -del mariscal Tito-, y ya no me acuerdo qué jerarca búlgaro, que tampoco le rendía sorda pleitesía a los rusos. Juber, como lo llamaremos por hoy, les escribía las vidas de cobertura a los agentes secretos que procuraban desbaratar el occidente liberal. Uno de los mandos intermedios búlgaro lo adoraba. Se pasaba el tiempo divirtiéndose con las ficciones de Juber, desencantado de poder derrotar alguna vez a las democracias industriales ¿Con qué los vamos a erosionar, con una lluvia de remolachas, con tampones de cartón? Estamos condenados al fracaso. Al menos podemos escribir una vida interesante. Juber había tomado al James Bond yugoeslavo, un adonis cuarentón, que curiosamente hablaba perfectamente el español, para introducirlo como un progresista en el naciente elenco de la transición española, cuando Kissinger propiciaba una salida civilizada del agonizante -literal y simbólicamente- franquismo. Kubaz, el galán yugoeslavo, no necesitaba mayores coberturas para conquistar damas -aristócratas ácratas, condesas libertinas, comunistas armadas-, pero sí para instalarse en el establishment político ibérico. Juber le había fabricado una infancia de exilio en Albania, adonde lo habían llevado sus padres en la desbandada republicana de 1939. El padre, un fusilero de la fallida defensa de Madrid (no pasarán bueno). La madre, de familia franquista. Ese dato de Romeo y Julieta de la Guerra Civil no fue lo único que me admiró de la trama de Juber. El detalle de Albania. En fin, a poco de ser electo para la misión -básicamente generar un candidato que, en una coalición secretamente hegemonizada por el Partido Comunista Español, entusiasta paje de Moscú, desplazara a Adolfo Suárez-, a Kubaz, en la vida real, un jerarca del Partido yugoeslavo le rompió un diente delantero en una trifulca sentimental. Según Juber, Kubaz debía partir rumbo a Barcelona, su primer destino, sin el diente de marras. Kubaz se negaba, hasta que le implantaran un reemplazo permanente. Pero Juber, secundado por su benefactor búlgaro, insistía en que el héroe precisaba de una debilidad para su verosimilitud. El ídolo sin un diente, el playboy con prótesis, resultaría más efectivo como agente secreto que un maniquí con la dentadura impoluta. La gente real tiene problemas, sentenció prosaicamente Juber. El búlgaro, a cargo de la operación, firmó la orden. Hasta qué punto -interrumpí cebando un mate al narrador- no había algo de resentimiento, de envidia, en mandar sin un diente al frente a ese conquistador serial Bueno -reconoció Juber luego de apreciar el mate- el otro jerarca le había roto el diente de un trompazo. Yo solo me limité a usar la circunstancia. Pero no fue exactamente una negación de mi sospecha. Regazi no preguntaba, tampoco sé si escuchaba. Su resentimiento era contra quien concitara atención. Santiago Carrillo, el líder de los comunistas españoles, no estaba al tanto de la operación. De hecho, a los conspiradores de la entente italiana, yugoeslava y búlgara no les convenía que legalizaran al Partido Comunista español. Preferían la clandestinidad y el surgimiento desde las sombras. A grandes rasgos, eran una mezcla de esotéricos y dementes. Competían con Moscú, como el chiflado de Mao, también en vías de fallecimiento por entonces, por el timón del movimiento marxista leninista. Heterodoxos de etiqueta, stalinistas en la práctica. Apenas instalado en su tercer piso de la avenida Diagonal al 500 -en la Barcelona de los rezagos del boom literario latinoamericano, recibiendo exiliados en lugar de verlos marchar- Kubaz, en romántica espera de una deliciosa sevillana, esposa de un alto mando del socialismo español, al tratar de retirar la prótesis dental de la caja de cristal, se le saltó por los aires y la perdió en la alfombra. La buscaba de rodillas cuando Manuela, la sevillana, tocó el timbre. Abrió, sin un diente, a la amante. Finalmente, confesó su falta. Ella lo besó igual. Algo del amor había en aquella piedad. (Este relato concluirá la próxima semana). Sobre la firma Newsletter Clarín
Ver noticia original