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Buenos Aires » TN
Fecha: 08/05/2026 06:06
El 6 de enero de 1979, Singapur quedó conmocionado por un crimen que, décadas después, todavía sigue sin resolverse. Esa mañana, Tan Kuen Chai y su esposa Lee Mei Ying salieron de su departamento en el barrio de Geylang Bahru para trabajar, como hacían todos los días. Ambos manejaban un micro escolar y debían comenzar temprano su jornada. Antes de irse, dejaron durmiendo a sus cuatro hijos pequeños. Horas más tarde, al volver a la casa, encontraron una escena aterradora: los chicos habían sido asesinados de manera brutal. Las víctimas eran Tan Kok Peng, de 10 años; Tan Kok Hin, de 8; Tan Kok Soon, de 6; y Tan Chin Nee, de apenas 5 años, la única nena de la familia. Los tres mayores asistían a la escuela primaria Bendemeer Road, mientras que la menor iba a un jardín de infantes. Según la reconstrucción de los investigadores, los padres dejaron el departamento cerca de las 6:35 de la mañana. Poco después, Mei Ying intentó llamar por teléfono para despertar a los chicos, algo que hacía con frecuencia. Sin embargo, nadie respondió. Preocupada, la mujer le pidió a un vecino que golpeara la puerta del departamento para ver si los nenes seguían durmiendo. El hombre fue hasta el lugar, pero tampoco obtuvo respuesta. Si bien comenzaron a inquietarse, los padres siguieron trabajando hasta regresar a la casa después de las 10:00. Fue entonces cuando descubrieron una escena de horror: los cuerpos de los cuatro chicos estaban en el baño del departamento, acostado boca arriba y apilados uno encima del otro. Un ataque brutal El crimen no solo impactó por la edad de las víctimas, sino por la brutalidad con la cual fue cometido. De acuerdo con los informes policiales, todos los chicos tenían múltiples heridas provocadas por armas blancas. Cada uno había recibido al menos 20 puñaladas. El mayor de los hermanos, Kok Peng, presentaba lesiones defensivas y el brazo derecho casi amputado, por lo que los peritos sospecharon que intentó defenderse o proteger a los demás durante el violento episodio. La menor, Chin Nee, tenía varios cortes en la cara. Rápidamente, los investigadores concluyeron que no se había tratado de un robo, ya que no había señales de ingreso forzado y no faltaba ningún objeto de valor en el departamento. Además, no había signos de desorden, lo que reforzó la teoría de que el atacante había actuado con un objetivo específico. La policía también determinó que el crimen había sido planificado. Las armas utilizadas nunca fueron encontradas, aunque se cree que el asesino usó un machete y otro cuchillo o daga. Aun así, la escena dejó algunos rastros inquietantes, como el hallazgo de manchas de sangre en la bacha de la cocina. Por ello, se sospechó que el asesino se lavó antes de escapar. Otro detalle clave fue que Kok Peng tenía mechones de pelo atrapados en una de sus manos. Para la policía, eso indicaba que el chico probablemente había forcejeado con el asesino. Sin embargo, las limitaciones tecnológicas de la época impidieron avanzar demasiado con esa evidencia. Por otra parte, los peritos también remarcaron la ausencia de ruidos durante el hecho. A pesar de que los departamentos de ese barrio estaban muy cerca entre sí y las paredes eran delgadas, ningún vecino escuchó gritos ni forecejos. En esa línea, surgió un testimonio clave: un taxista informó a la policía que, cerca de las 8:00 de esa mañana, un joven de unos 20 años subió a su vehículo cerca del bloque 58. Según el conductor, el hombre tenía manchas de sangre en el lado izquierdo de su cuerpo y, al bajar, el chofer notó que llevaba un objeto punzante que golpeó contra la puerta del auto. Si bien este testigo ayudó a realizar un identikit, el sospechoso nunca fue localizado. Una carta escalofriante La investigación quedó en manos del Departamento de Investigación Criminal de Singapur. Durante semanas, los agentes interrogaron a más de cien personas entre vecinos, conocidos y personas cercanas a la familia. A pesar de eso, nunca lograron identificar a un sospechoso concreto. Con el paso de los días, la principal hipótesis comenzó a apuntar a una venganza personal. La teoría cobró todavía más fuerza dos semanas después de los asesinatos, cuando la familia recibió una carta para el Año Nuevo chino firmada por alguien que decía ser el asesino. La tarjeta mostraba imágenes de chicos felices jugando y tenía escrito un mensaje: Ahora no puedes tener más descendencia, ja-ja-ja. La frase hacía referencia a que Mei Ying se había sometido a una ligadura de trompas después del nacimiento de su hija menor. Para los investigadores, ese detalle era fundamental, ya que quien había enviado el mensaje conocía información íntima de la familia que no era pública. Además, la carta utilizaba los apodos personales de los padres, Ah Chai y Ah Eng, algo que reforzó la sospecha de que era alguien cercano a la familia Tan. A pesar de estas pistas, la policía nunca pudo rastrear su origen ni identificar a la persona que la había enviado. Entre los cientos de interrogados, la policía puso bajo la lupa a un amigo de la familia, a quien los chicos llamaban Tío de manera cariñosa. Este hombre solía visitar la casa con frecuencia para usar el teléfono y participar en apuestas de lotería con el padre. Incluso, fue sometido a una rueda de reconocimiento frente a un vecino que afirmó haber visto a un hombre caminar por el pasillo del edificio la mañana del crimen. Sin embargo, tras dos semanas de detención, fue liberado por falta de pruebas contundentes. Un misterio que sigue sin respuestas El crimen provocó una enorme conmoción en Singapur y generó temor entre los vecinos del barrio de Geylang Bahru. Durante semanas, el caso fue el tema principal de los diarios locales y se convirtió en uno de los episodios criminales más impactantes de la historia del país. Los cuatro chicos fueron enterrados un día después de los asesinatos en el cementerio de Choa Chu Kang. Junto a ellos, la familia colocó algunos de sus juguetes favoritos, mochilas escolares y libros de estudio. Leé también: Un triángulo amoroso y un crimen brutal: el caso de la ciclista asesinada por la novia de su amigo Después de la tragedia, los padres dejaron el negocio del transporte escolar y comenzaron una nueva vida trabajando en una empresa dedicada a fabricar materiales de PVC. Años más tarde, Mei Ying logró revertir la esterilización y volvió a tener un hijo.
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