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» Tiempo Argentino
Fecha: 07/05/2026 19:07
Un cable diplomático firmado por el secretario de Estado Marco Rubio y filtrado por The Guardian el 30 de marzo de 2026, instruyó a todas las embajadas y consulados de Estados Unidos a lanzar campañas contra la propaganda extranjera, es decir, contra gran parte del mundo, desde la perspectiva del presidente Donald Trump. La directiva combinó el reclutamiento explícito de influencers, académicos y líderes comunitarios para que difundan mensajes favorables a EE.UU. con apariencia orgánica, la coordinación con la unidad de operaciones psicológicas del Pentágono (MISO, Military Information Support Operations), y el respaldo oficial a la red social X, de Elon Musk, como herramienta central de la campaña. El cable, difundido en un contexto de alta tensión internacional, establece cinco objetivos generales: contrarrestar los mensajes hostiles, ampliar el acceso a la información, exponer el comportamiento de los adversarios, elevar las voces locales que apoyan los intereses estadounidenses y promover la historia de Estados Unidos. Para alcanzarlos, las embajadas deberán identificar y contratar figuras locales con capacidad de llegar a audiencias amplias en el ecosistema digital, de modo que las narrativas financiadas por Washington se perciban como espontáneas y surgidas desde la propia comunidad. La decisión de involucrar a la unidad de operaciones psicológicas del Pentágono en tareas de diplomacia pública es uno de los aspectos más polémicos de la directiva. Históricamente, el MISO ha centrado sus actividades en influir sobre combatientes enemigos en teatros de operación, no en campañas dirigidas a la población civil de países aliados o neutrales. La integración de capacidades militares de guerra psicológica en el trabajo cotidiano de las embajadas representa una militarización de facto de la diplomacia y desdibuja la línea tradicional entre influencia política y operaciones de información. La plataforma X, propiedad de Elon Musk, recibe un respaldo explícito como mecanismo para contrarrestar la desinformación. Musk es un aliado político declarado de Trump y, al mismo tiempo, un contratista de la defensa. Su empresa xAI fue recientemente integrada bajo el paraguas de SpaceX, un importante proveedor del Pentágono, lo que plantea interrogantes sobre una superposición entre intereses comerciales, políticos y militares en la nueva estrategia de comunicación estadounidense. Más de 700 «American Spaces» centros culturales, bibliotecas y espacios de intercambio que EE.UU. financia en cerca de 150 a 165 países serán reposicionados como plataformas para difundir información sin censura y serán promovidos explícitamente como zonas de libertad de expresión. La decisión de utilizar activos financiados por el Departamento de Estado con fines de propaganda y de vincularlos formalmente con la unidad de operaciones psicológicas del Pentágono marca un punto de inflexión en la diplomacia pública estadounidense. Especialistas consultados por distintos medios advierten sobre los riesgos de que la estrategia estadounidense sea contraproducente. El historiador Tad Stoermer, ex profesor de la Universidad Johns Hopkins, sostuvo en declaraciones al South China Morning Post que el uso de «propaganda para combatir la verdad» constituye una contradicción que puede erosionar aún más la credibilidad estadounidense. Analistas citados por el mismo medio señalaron que la directiva representa un giro hacia tácticas que Washington solía condenar cuando eran empleadas por otros países. La colaboración con el Pentágono y el intento de hacer que las narrativas financiadas por el gobierno parezcan orgánicas es, para estos críticos, un reconocimiento implícito de que la influencia estadounidense en el mundo ha disminuido y que los métodos tradicionales de diplomacia pública ya no bastan para restaurarla. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Lin Jian, calificó la maniobra como «una injerencia flagrante en los asuntos internos de otros países» y advirtió que «el uso de operaciones psicológicas militares para manipular la opinión pública global demuestra la hipocresía de quienes se presentan como defensores de la libertad de expresión». En declaraciones reproducidas por la agencia Xinhua, el portavoz chino agregó que «mientras acusan a otros de desinformación, Estados Unidos despliega su propio aparato propagandístico a escala global». En América Latina, la jugada no constituye una innovación. La región tiene una larga historia de manipulaciones informativas, desde las operaciones psicológicas durante la Guerra Fría y la Operación Cóndor hasta las campañas de desestabilización en Venezuela. La novedad reside en la formalización de la estrategia a través de los canales diplomáticos regulares, en un contexto donde Washington busca recuperar terreno frente al avance de la influencia china y rusa. Según la Declaración de Postura 2026 del Comando Sur de Estados Unidos, presentada ante el Congreso en marzo pasado, China es identificada como el principal competidor estratégico en la región, y la guerra de la información es una de las herramientas centrales para contrarrestar su avance. República Dominicana tiene ejemplos recientes de esta estrategia. A principios de abril, la embajadora Leah F. Campos se dejó ver por Alofoke, un programa de entrevistas en línea que funciona como una usina de opinión pública con llegada masiva a los jóvenes, y también por una de las más populares cadenas de supermercados. Los medios dominicanos no tardaron en interpretar ese recorrido como la puesta en práctica de la directiva de Rubio: detectar las voces que ya tienen micrófono y ponerlas a funcionar para la narrativa estadounidense. Colombia, por su parte, cuenta con mayores antecedentes, ya que la presencia de equipos de apoyo a operaciones de información militar en la embajada está documentada desde 1992. Con la nueva directiva, seguramente se habrán reactivado con más fuerza. Argentina añade otra capa de complejidad a este tablero. En marzo de 2026, el consorcio de medios The Continent, openDemocracy y Filtraleaks reveló la existencia de una red rusa que habría destinado 283.000 dólares para difundir al menos 250 artículos en más de 20 medios argentinos, con el objetivo de desacreditar al gobierno de Javier Milei. Precisamente, el cable de Rubio menciona a Rusia como uno de los actores hostiles cuyas narrativas deben enfrentarse. En ese escenario, Argentina se convierte en un campo de batalla informativo donde Washington busca reclutar voceros locales para contrarrestar la influencia rusa y, también, la china. La coincidencia temporal entre la denuncia sobre la red rusa y la filtración del cable estadounidense ha generado un debate sobre la posibilidad de que ambos episodios formen parte de una misma guerra de narrativas. Es preciso señalar que openDemocracy, uno de los medios que impulsó la denuncia sobre la injerencia rusa, recibe financiamiento de organizaciones con sede en Estados Unidos, como la Fundación Ford y Open Society, así como del National Endowment for Democracy (NED), una entidad creada por el Congreso estadounidense y financiada con fondos públicos. Este dato introduce un matiz relevante: la denuncia de una operación de influencia extranjera puede ser, al mismo tiempo, parte de otra maniobra de manipulación todavía mayor. La decisión de recurrir a operaciones de guerra psicológica para una campaña de relaciones públicas desdibuja la frontera entre diplomacia y guerra de información. El uso de fondos públicos para financiar narrativas encubiertas, la militarización de la red de centros culturales y la alianza con una plataforma tecnológica vinculada a intereses comerciales y militares plantean interrogantes sobre la coherencia y la eficacia de todo el plan. La estrategia de Washington tiene un problema de origen: usa las mismas armas de lo que dice combatir. La credibilidad no se recupera con más propaganda y operaciones psicológicas.
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