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Fecha: 07/05/2026 05:45
Late, late, late ¡NOLA! Volvió a suceder. Hace una semana salieron a la venta las figuritas del Mundial de Fútbol e ingresamos en un loop que se repite cada cuatro años. Furor, polémica, desabastecimiento, quejas, más furor. Un álbum gigante con casi mil figuritas que obsesiona a muchos. Pero las figuritas y la Selección tienen una larga historia que excede a Panini y a las últimas copas del mundo. Hubo un cambio que tiene mucho que ver con la repercusión colosal; se consolidó decididamente a partir del Mundial 2018 y que con el correr del tiempo siguió aumentando. Las figuritas de los mundiales ya no son asunto exclusivo de niños. Antes solo lo hacían los chicos de primaria. Y el escenario principal de trueque eran los recreos colegiales. Ya los de séptimo grado mostraban algún pudor con esa práctica que era vista como infantil. Ni hablar los de la secundaria. Esos pruritos fueron vencidos; o, al menos, olvidados. Ahora se juntan figuritas a cualquier edad. Y tampoco hay distinción de género: hombres y mujeres por igual andan en busca de completar el plantel de Cabo Verde, Congo o Haití. Leé también: Salió a la venta el álbum de figuritas del Mundial 2026: los distintos formatos y sus precios Y se cambian en bares, por aplicaciones o en las abigarradas mañanas de los fines de semana en el Parque Rivadavia. Excepto para aquellos que lo tienen por hobby permanente, hay que recordarles a los que ejercen este hábito cada cuatro años que las figuritas no se coleccionan: se juntan. Las figuritas dejaron de tener uno de los usos más frecuentes en décadas pasadas: ya no se juega con ellas. Había casi una decena de juegos que volvían fragorosos los recreos en las escuelas. Era también una de las principales formas de cambio de posesión de las figuritas. Desde hace muchos mundiales, desde Estados Unidos 94, las figuritas son autoadhesivas. Antes para pegarlas en el álbum hubo que utilizar, cronológicamente, engrudo, plasticola y Voligoma. Las figuritas no tenían el formato uniforme actual, siempre rectangular aunque de diferentes dimensiones. Había redondas, rectangulares, cuadradas, dibujadas, fotos, chapitas, de papel. La información era escasa. Apenas nombre, apellido y país. Las actuales traen, además de esos datos, el puesto que ocupan en la cancha, el equipo en el que se desempeñan, la altura, el peso y la fecha de nacimiento. Es cierto que algunas costumbres, algunos modos, se modificaron. Pero las sensaciones se mantienen incólumes. La ilusión, el nerviosismo, la emoción, la alegría. Pocos ejemplos más contundentes de la ansiedad durante la infancia que el momento en que se abría un sobre y se iban orejeando las figuritas. El sobre no se abría siempre de la misma manera; si la suerte nos era esquiva y nos castigaba con varias repetidas, se lo rasgaba, por cábala, de diferentes formas. Esa costumbre de los primeros años también nos preparaba para la vida adulta. Sabíamos que no todo fluiría, que habría dificultades: las difíciles estaban ahí para recordárnoslo. Jorge Carrascosa, Sepp Maier o el defensor de Zaire Mwanza Mukombo tienen algo en común. Fueron la figurita difícil de algún álbum futbolero de los setenta. Mukombo nunca debe haber sabido de la celebridad que consiguió en la Argentina y lo codiciado que fue por una generación de chicos. Las colecciones actuales olvidaron el concepto de difícil para que todos puedan llenar el álbum. Y no retacean a los cracks, a los grandes nombres, porque la ilusión de todos es tener en sus manos y álbumes a los cracks más reconocidos. Ahora no hay difíciles, pero no todas las figuritas valen lo mismo en el mercado del cambio. Los escudos metalizados, las formaciones de los equipos, los planteles campeones del mundo y los grandes nombres valen más que las de los jugadores comunes. Un Messi puede ser cambiado por una parva de ignotos árabes, jordanos y checos. Algunos se convierten en maestros del trueque y hasta de la extorsión aprovechándose de la ansiedad y la necesidad ajenas: Te cambio ésta por treinta de las tuyas. La primera Selección Argentina en tener sus figuritas fue la que compitió (pobremente) en Chile 62. Los 22 jugadores del plantel aparecieron en el álbum Ídolos del Deporte, que se centraba en el fútbol local. En dos de sus páginas estuvieron las imágenes de todos los mundialistas porque la colección salió después de que se disputara el Mundial (este autor tiene predilección por la del arquero Rogelio Domínguez, crack de Racing y el Real Madrid, ídolo juvenil de su papá). Aunque siempre se hable de Panini, en esta rica historia no se puede soslayar a la casa Crack, la fábrica de figuritas argentinas hasta entrados los años 80. Uno de sus propietarios fue Ernesto El Petiso Gutiérrez, defensor de Racing durante el tricampeonato 49-51 y de la Selección Argentina, considerado el mejor en su puesto hasta la llegada Silvio Marzolini. Quienes lo conocieron sostienen que Gutiérrez era muy hábil en el campo de los negocios y que su fábrica de figuritas fue muy redituable. Gutiérrez diversificaba sus negocios: también fue el dueño de uno de los primeros hoteles alojamientos lujosos ubicados en la Panamericana. Su público, entonces, iba desde los niños que trataban de llenar el álbum a los adultos que buscaban tener sexo con tranquilidad, discreción y en un ambiente confortable. En 1966 el álbum Campeón tuvo las imágenes de varios de los convocados por el Toto Lorenzo para el Mundial de Inglaterra en redonditas y la formación del equipo en la contratapa. En 1968 el álbum Sport traía en tapa y contratapa un espectacular dibujo de Jorge de los Ríos con un gol (imaginado) de Argentina a Brasil con varios jugadores perfectamente reconocibles. En la previa a las eliminatorias de México 70 hubo un álbum con una sección para algunos jugadores de todo el mundo y unos pocos argentinos ya que la Selección no clasificó. Recién en 1974 aparece Munich 74, el primer álbum sistemático, dedicado al Mundial de Alemania. Los jugadores argentinos que están son los preseleccionados, así están aquellos que viajaron a Alemania como aquellos que quedaron fuera por decisiones del cuerpo técnico o por lesión como el recientemente fallecido Roque Avallay mi primer ídolo infantil: llevo esa figurita en mi billetera. Otra novedad: Vladislao Cap, el entrenador del equipo (en realidad, uno de los varios), tuvo su figurita; convirtiéndose en un pionero en su rubro. El 78 con la localía y luego el título del mundo marcó una explosión de álbumes. El más importante fue el de Crack. Con 76 figuritas de los argentinos. La versión dibujada y la de las fotos. Están casi todos los que integraron la lista previa de 40 que dio Menotti y entre ellos, claro, Diego Maradona, aunque no haya terminado jugando el Mundial. En la previa, más de un año antes, había salido Campeones, con la difícil de Carrascosa, por ese entonces capitán de la Selección de Menotti. Leé también: Un streamer compró 14 mil figuritas del Mundial y fue el primer argentino al que le salió la de Lionel Messi García Ferré, creador de El Gauchito la mascota oficial, sacó su álbum con El Gauchito con la camiseta de las diferentes selecciones y en distintas poses futboleras. Luego de la conquista del título salió otra colección más con figuritas de los jugadores y otras con fotos de escenas de los partidos de la Selección . Mientras tanto, Panini ya sacaba sus álbumes desde 1970 pero todavía no llegaban al país esas colecciones. En 1982 hubo un álbum que auspició (o editó) Canal 13. Traía un popurrí de jugadores de diversas selecciones del mundo y una curiosidad: un solo argentino, Mario Kempes. El Matador estaba pateando un córner con una camiseta blanca de mangas largas en un amistoso previo al Mundial 78. Lo más probable es que por una cuestión de derechos los otros jugadores locales no aparecieran y sólo lo hiciera Kempes por algún contrato firmado en España. O, tal vez, lo que ocurrió fue que alguien decidió que el álbum tenía que tener al menos un argentino y eligieron al Matador. Lo del 86 fue bizarro. Se suele reproducir la figurita Panini de Diego pero esa no circuló en Argentina. Sin derechos ni licencia oficial hubo alguien que decidió cubrir el bache con ingenio. Seguramente por temor a alguna acción judicial o por vergüenza por lo precario de la realización el álbum SúperRaspagol sólo tenía siluetas de los jugadores, figus redondas y banderas. En la página central un equipo impersonal, con figuras que por número y fisonomía se podía asociar a algunos jugadores argentinos y debajo el espacio en blanco para que cada chico completara a mano el nombre de los que finalmente fueron los titulares de Bilardo. De tan básico el álbum podría haberse llamado Súper Rasca Gol. Con Italia 90 desembarcó Panini en el país. Entre la híper inflación y otros hábitos de consumo, el álbum pasó sin pena ni gloria. En el 94 un bache. En Argentina la empresa que sacó las figuritas fue Upper Deck. Una particularidad: en el resto del mundo en Panini, Maradona tuvo su figurita. Pero en el local, en su último Mundial, Diego (y todos los chicos que juntaban) se quedó sin figurita. A partir de Francia 98 el monopolio y la uniformidad de Panini. Año a año, cada vez más información sobre cada jugador vienen en los stickers. Y también fue creciendo la pasión y el rango etario de los que juntan las figuritas. Se expandió el público de manera notable. Eso provocó en 2022 una crisis. Hubo escasez, desabastecimiento, quejas de los usuarios, desesperación, mercado negro y hasta una reunión e intervención de funcionarios nacionales para tratar de solucionar el tema que se había convertido en una cuestión nacional. Dentro del mundo de las figuritas en especial de las de fútbol hay dos grandes nombres propios que reúnen la historia y la tradición. El primero es el de Jorge de los Ríos. Un excepcional dibujante que descolló en la revista Anteojito durante décadas. Creador de varios personajes, fue el que ilustró la portada de varios álbumes de los que hoy tienen entre 50 y 70 años. Dibujó alrededor de 2.700 figuritas a lo largo de su trayectoria. Las de la casa Crack casi todas llevan su genial y entrañable trazo; la difícil de Carrascosa en el 76 fue hecha por él. Jorge de los Ríos es una leyenda dentro de los dibujantes argentinos. Otra persona ineludible es Rafael Bitrán, el mayor coleccionista de la Argentina y acaso de Sudamérica. Historiador y librero (El Debate, su librería de usados, se encuentra en Pueyrredón y Perón en la Ciudad de Buenos Aires), colecciona figuritas en especial de fútbol de álbumes que aparecieron hasta 1985. Tiene desde colecciones de fines del Siglo XIX hasta las que aparecían en las marquillas de cigarrillos. Bucea en un hobbie, en una costumbre infantil y reconstruye y atesora viejos tiempos. Un arqueólogo de redonditas, chapitas y demás. Bitrán escribió varios libros sobre el tema que además funcionan como un precioso y exhaustivo catálogo. Uno, Estampas de Campeón, dedicado a las figuritas sólo de Boca, su club, junto a Diego Musci; el otro, una pieza imprescindible, escrito con Francisco Chaippini, llamado Figuritas y Fútbol. Más de un siglo de historia y pasión. Otros fanáticos célebres con vastas y múltiples colecciones son los periodistas Gonzalo Bonadeo, Guillermo Andino y Juan Pablo Marrón. Los ídolos futbolísticos de la infancia, antes de la era de la televisación total, eran como salían en las figuritas o en El Gráfico. Así se fijaban en nuestro recuerdo. Nuestros cracks, los de la niñez, eran de cartón, chapita o papel satinado. Aparecían en una foto robada antes de un partido uno de los juegos era adivinar de qué cancha se trataba y ponerse contento cuando se descubría la propia, en acción o dibujados por Jorge de los Ríos. Los mirábamos y aprendíamos de memoria ese gesto que ya nunca olvidaríamos. No importaba que muchas de esas fotos fueran borrosas o padecieran de un foco ominoso. Si hoy nos ponen a cierta distancia las imágenes, seguramente, acertaremos un gran porcentaje de esos jugadores. Cambió mucho el mundo desde ese momento, sin embargo cada vez que se abre un paquete, la emoción es la misma. Y miles de chicos de hoy podrán reconocer dentro de varias años a un volante uzbeco, un extremo iraquí o al arquero neozelandés gracias al entrañable hábito de los figuritas mundialistas.
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