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Paraná » 9digital
Fecha: 06/05/2026 09:13
Perú a dos cuadras del cementerio Soñé con una esquina, yo me paraba sobre los escalones de la entrada y en la puerta estaba papá. Era la casa de su juventud, la que compartía con su madre y hermano en calle Perú a dos cuadras del cementerio municipal. Supongo que alguna vez vivió ahí también mi abuelo. Sé poco sobre mi padre antes de haberse convertido en el marido de mi madre. De mi abuela recupero imágenes, no quiero tener cosas suyas en mi casa, pero veo su figura a través de fotos, de historias que rearmo a través del teléfono, de cosas que mi hija mayor guarda en una caja de cartón entre su ropa. Ayer leí un poema de Tamara Kamenszain sobre las alianzas, después le pregunté a mamá por las suyas. Me contó que cuando ella las fue a comprar a la joyería, su suegra también quiso, que después se las terminó de pagar a ambas porque mi abuela no tenía plata. Qué taradas, dije. Mamá justificó a las madres con algo que conjeturaba sobre los celos y una competencia infantil en que podían caer, no era tan malo según ella. No le creí. Cuando era chica me decían que me parecía a mi abuela paterna y no como un elogio. Lo hacían cuando miraba enojada, cuando las cejas se me unían como un bigote, cuando mi sentencia de reprobación me surcaba la cara. Se ve que era mala la vieja, se ve que yo me enojo fulero también. La casa que soñé estaba en una esquina bien pegada a la calle. Los escalones gastados y el hombre que no recuerdo haber visto bien, era mi padre. Yo no subía los peldaños. Me aturdían los autos y mantenía fija la distancia histórica que me frenaba para mirar y componer un pensamiento antes que la emoción me arrollara, siempre hubiese querido tener ganas de correr a abrazar a mi padre sin pensar pero parecía que se metían los cordones de la zapatilla en una correa que los tragaba. El paso quedaba trunco. En mi sueño papá hablaba con gente que pasaba. De chica me reventaba ver a mi padre siempre callado dentro de mi casa, con cara de disgusto y después salir de la escuela y encontrarlo a las carcajadas en el tapial de Arnoldo. Sin embargo, mientras estaba sentada en la hamaca con los pies despegados del suelo mi padre empujaba mi espalda con suavidad y yo sentía que su fuerza me contenía. Que cuando veía el recorte de las copas de los árboles y el vuelo de los pájaros que volvían con el atardecer a sus nidos, mi padre me indicaba en silencio qué cosas ver. A quiénes imitar. Cómo descubrir la belleza. En sus últimos días de vida, no nos contuvimos ninguno de los dos. Papá estaba postrado, con las plantas de los pies duras, las venas azules, casi como una noche. La piel de las manos machucada apretaba las mías. Tenemos, siempre tuvimos, las mismas manos. Una fotógrafa amiga lo notó, renegaba de esas similitudes que hoy me consuelan. Lo mismo que el pelo largo de mi abuela, el enojo como una brasa que apenas sopla un viento crece y puede arrasar con bosques enteros. Recuerdo cada día hace un mes a Papá acostado. A su izquierda nos paramos muchos días con mi hermana, lo miramos con los ojos llenos de lágrimas, nos reímos, temblamos sin dejar de estar atentas a nosotras, nos abrazamos más, nos pusimos a buscar anécdotas que nos hicieran cómplices como si nos contáramos historias bajo una sábana con la luz tenue de una linterna. Enfocamos cosas que nos hicieran bien. Quizás también hamacamos a ese hombre que no podía moverse por sí mismo, quizás tomaos tijeras anchas y podamos ramas viejas, quizás creímos en la paz de las palomas blancas, quizás alimentamos un sueño blando que necesitábamos todos.
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