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Concordia » El Entre Rios
Fecha: 06/05/2026 09:08
Por Daniel Tirso Fiorotto * Aquí, una historia de estos días en relación con una antigua. Todo lo tapan, o quieren se encubra, los mismos que debieran remediarlo, leemos en el proceso contra fray Pablo Carvallo realizado en 1784. El cura se aprovechaba de su poder territorial para hacer y deshacer a su gusto, abusar de los vecinos, especialmente las vecinas, y guardarse los fondos para su provecho. El historiador Diego Bracco ofrece detalles en su obra Charrúas sobre las denuncias contra Pablo Carvallo por sus tropelías en la reducción de charrúas de Cayastá, de la que era cura espiritual y administrador temporal; y los testigos dejan en claro (ocurrió hace dos siglos y medio) que sus superiores religiosos prefieren eludir los asuntos, antes que superarlos. Los charrúas habían sido atacados por todos los flancos en Entre Ríos. Muchos murieron, algunos pasaron el río Uruguay, y cientos cayeron en la reducción de Cayastá, adonde recibieron una educación occidental forzada, bajo administraciones distintas, incluidas algunas arbitrarias como la de Carvallo. La tendencia a ocultar para zafar, o mejor: la tendencia a ocultar ciertos espacios a los ojos del Estado, atraviesa los siglos. No pocos funcionarios de los distintos poderes hacen lo mismo, claro está. Cuando no es el propio Estado el maltratador. El profesor Manuel Almeida de Gualeguaychú nos comentaba décadas atrás la respuesta de un obispo cuando supo de un túnel que daba al templo: tape, tape, tape, tape, tape. Esa tendencia llega a nuestros días, por lo que se aprecia en la obra Las torturas del convento, referida a tormentos, privación de la libertad y autoritarismo en el monasterio de carmelitas descalzas de Nogoyá, que acaba de publicar el periodista Daniel Enz. Sólo que este caso resulta en particular llamativo porque la abusadora era una monja: Luisa Esther Toledo. La lectura del libro nos recordó los versos del poeta y cantor Rafael Amor sobre el loco de la vía que no decía nada pero se sonreía, y molestaba, claro A la señora beata/ santa mojigata/ con alma de rosario/ y de pecado diario. Siempre el miedo La vida licenciosa y ventajera de Carvallo es de película. Sus negocios, su intención de fugarse con dinero, sus encierros con las doncellas. El charrúa Juan de la Cruz supo que el cura estaba con su mujer y con gran coraje le golpeó la puerta de su habitación para rescatarla. Entonces el cura fingió un gran enojo y lo amenazó con ponerle un par de grillos. De la Cruz no tuvo más remedio que huir. Esposas, cepos, grillos, eran los instrumentos usados en aquellos tiempos por Carvallo para generar el miedo que lo mantenía en el poder. La hermana Toledo es contemporánea nuestra, y se valía de cosas parecidas en estos tiempos, pero su estrategia era el acoso psicológico para que las jóvenes carmelitas bajo su dominio se autoflagelaran de las maneras más creativas: mordazas, látigos, púas, encierros, hambre, silencio, y humillaciones diversas para el trastorno. Así se sostenía ella, mediante el recurso diario de meter miedo.Los casos de Carvallo y Toledo se parecen por el atropello, y por el silencio de quienes debían controlar. En ambos, el Estado intervino para frenar los abusos y condenar. Los indios de Cayastá pasaban miseria, ni yerba tenían, y Carvallo acumulaba cabezas de ganado y escondía la yerba en su habitación. En Nogoyá, las hermanas estaban aisladas por completo, no podían conversar siquiera con sus padres, ni asistirlos en las horas difíciles, y la priora apilaba todas las comodidades y tecnologías en su habitación. Los vicios del cura Carvallo eran por el sexo y el dinero y la pereza; los de la monja Toledo no iban por ese lado sino por el maltrato creciente que ocultaba con mayor despotismo; pero a dos siglos y medio los expedientes quedan unidos por tres modelitos calcados: el uso del miedo para ejercer arbitrariedades, el silencio de los superiores, y la resistencia de algunas de sus víctimas por una vía casi única: la fuga. Carvallo hundió a Cayastá. Toledo hundió al Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen en Nogoyá. Se trata de dos juicios difíciles, en los que las víctimas corren el riesgo de represalias, y similares también: sin tener en el centro el crimen por homicidio, la costumbre del abuso queda siempre a un paso de la violencia fatal, de manera que la denuncia a tiempo puede prevenir los maltratos futuros y a la vez salvar vidas. Y en verdad que se trata de expedientes complejos, en materias que no son usuales, que dejan enseñanzas, provocan cambios necesarios, y a la vez con penas menores para los victimarios. Carvallo fue depuesto, la hermana Luisa pagó con un año de cárcel. Pero serían casos aislados y hasta anecdóticos, incluso reducidos al vicio de un par de individuos inescrupulosos, si no fuera por la seguidilla de abusos por el estilo, incluso en este siglo XXI, en los que las autoridades de la iglesia han preferido (y no siempre) evitar la intervención del Estado. Los argumentos de la defensa de la hermana estribaron en una cierta soberanía de la Iglesia en sus conventos, pero no se sostuvieron ante los jueces. Sin embargo, no sorprenden. En muchos casos de corrupción los responsables se escudan en sus atribuciones de discrecionalidad, que confunden con la arbitrariedad. Al fin y al cabo, el maltrato es también una forma de corrupción, por degradación. A la hora de defender a un reo, muchas veces la Iglesia se porta de la misma manera que cualquier corporación: juntarse para tapar. Pasa con políticos y empresarios corruptos, con policías de gatillo fácil, con militares torturadores, o en casos de mala praxis; y lo mismo con dirigentes del fútbol ante el robo de los dineros del deporte, con profesionales que avalan modos de producción peligrosos; y pasa con hermanas, sacerdotes, obispos, a la hora de dar cuenta por las fechorías de un par o un subordinado. No se salvan aulas, redacciones, sindicatos, e incluso instituciones con máscara de beneficencia. Muchos abusos de toda índole quedan ocultos y en la impunidad gracias a esa actitud corporativa y al triunfo del miedo. Sin embargo, estamos hablando de los casos del cura Carvallo y de la monja Toledo porque hubo quienes respiraron hondo y dieron su batalla personal, corajuda; y hubo quienes supieron escuchar de verdad. Escuchar, tener ajustados los termorreceptores para calibrar el calor verdadero, y no dejarse engañar por prejuicios, apariencias, burocracias, o dejarse vencer por la indolencia. Todo subrayado Recordamos el caso de un sacerdote que aconsejó un día al personal de un hospital público dejar de robar como hormigas, porque en el conjunto se hacía gran daño al nosocomio, y como respuesta los sindicatos se lo reprocharon porque involucraba a muchos y le pidieron que diera nombres. Es decir, aquel que tuvo el coraje de señalar para corregir un vicio no encontraba el acompañamiento siquiera de las propias víctimas, si lo que destruía al hospital era el robo, no el mensajero.En el caso de Luisa Toledo, lo mismo: la institución religiosa, a la defensiva. En vez de allanarse a los hechos, de reconocer errores, optó por desacreditar al mensajero, acusar al que actuó con solidaridad y compromiso y logró desenmascarar, con astucia, una práctica perversa: si fuera por los obispos ¿no hubiera quedado el atropello sin remedio, puertas adentro? Empezamos marcando algunos párrafos sobresalientes del libro de Daniel Enz y quedó todo subrayado. El caso no deja de asombrarnos. Allí accedemos a una cadena de hechos denunciados por víctimas de un régimen de miedo que atravesó los siglos e hizo nido en un convento de acá nomás, de hoy, una orden de clausura que debía ser de contemplación y entrega, y pasó a ser de presión enfermiza, estresante, deshumanizada al punto de la estupidez. Donde suponemos que reina la paz y el amor, reinó en esos años el maltrato y el despotismo. Y si la principal responsable (no única) terminó entre rejas sólo un año, eso se debió a que la justicia observó su propia vida, en verdad complicada también por los abandonos y los encierros, lo cual es otro motivo de reflexión para la Iglesia y para todos nosotros. ¿Quién la formó? El libro da nombre y apellido, los protagonistas están pintados con pelos y señales. Ahí los detalles, algunos para la pesadumbre, y sus efectos devastadores (en una persona y en sus familiares de distintas ciudades entrerrianas), se comprenden mejor cuando se mira el conjunto, la sinergia de humillaciones multiplicadas por la sinergia de sorderas de las autoridades competentes dentro de la propia Iglesia, en Paraná. Curas y monjas aliados para tejer una red de arbitrariedades, silencios, y con qué desaire a las víctimas, a la comunidad toda, y a tantas monjas y tantos sacerdotes que hacen de su vida una verdadera ofrenda y se ven en la necesidad de soportar esta mochila adicional, este descrédito que echa por la borda sus sacrificios. Felizmente hay gente que se anima a hablar, a escuchar, a poner, por encima de la corporación, la verdad. Pasó con los Carvallo, con las Toledo, los Ilarraz, los Escobar Gaviria Al tape, tape, tape le sucede el destape. Y no siempre, en pleno siglo XXI. Ojalá Las torturas del convento sirva para terminar con eso, y para el arrepentimiento. *Nota publicada en UNO.
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