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Parana » La Nota Digital
Fecha: 06/05/2026 03:37
El río no se veía. Sólo se escuchaba. Elegí quedarme donde estaba. Desde la barranca podía abarcar la plataforma completa y, al mismo tiempo, nada parecía todavía decidido. El motor vibraba bajo la madera y el cable tensado dibujaba una línea oscura sobre el agua espesa del atardecer. Había llegado antes que todos. El balsero fumaba apoyado contra el malacate. Un perro dormía bajo el foco que empezaba a encenderse. El aire mezclaba barro caliente y combustible: el olor exacto del límite entre el día y la noche. No esperaba nada. O tal vez esperaba la forma que toman ciertos acontecimientos cuando todavía no han sido nombrados. La camioneta apareció primero. Descendió el camino sin apuro. El General manejaba. La mujer viajaba a su lado mirando el agua como si midiera una distancia que no pertenece al espacio. Se detuvieron sobre la balsa. Ella habló en voz baja. El General asintió sin mirarla. El balsero ajustó la cadena. La balsa comenzó a cruzar. Siempre existe un instante lo sabía en que todo podría aún retirarse. El río permanecía quieto, los insectos giraban alrededor del foco y el motor marcaba un ritmo doméstico, casi tranquilizador. Entonces apareció el Falcon. Bajó lentamente por el camino. Se detuvo detrás de la camioneta con una precisión sin margen para el azar. Las puertas se abrieron. Cinco hombres descendieron. No miraron primero al General. Reconocieron el lugar. Las orillas. El cable. El agua. La imposibilidad de escapar. Sólo después avanzaron. No buscaban a un hombre. Buscaban el acto. El primer disparo sonó bajo, absorbido por el río. Luego otros, exactos, sin exceso. El General intentó abrir la puerta; el cuerpo retrocedió antes de lograrlo. La mujer gritó una vez. El sonido se extinguió inmediatamente, como si el río lo hubiera previsto. El balsero saltó al agua. Nadie corrió. Uno abrió la puerta del conductor y el cuerpo cayó sobre la madera húmeda. Otro vigilaba la orilla. Un tercero observaba el reloj. Nadie miraba al General. Todos sostenían una secuencia ya establecida. Mientras disparaban, nombraron acciones del General. No lo hicieron para convencerlo ni para explicarse entre ellos. Las palabras no buscaban respuesta. Funcionaban como inscripción. Órdenes pasadas. Operativos. Decisiones que ya circulaban antes de llegar allí. No era acusación. Era sentencia política. Comprendí entonces que no asistía a un crimen. El crimen necesita sorpresa. Aquello era un acto. Un disparo final cerró lo que estaba decidido antes del cruce. No hubo gritos ni celebración. Sólo la precisión necesaria para que nada quedara abierto. La mujer aún se movía dentro del vehículo. La sacaron con rapidez. Sin violencia visible más allá de lo imprescindible. Todo ocurría con la economía de un procedimiento. La balsa seguía avanzando. Ese fue el verdadero centro de la escena: el acto no detenía el movimiento. El río continuaba su trabajo indiferente, como si ofreciera el soporte material necesario para que aquello pudiera existir. Nadie había venido a cruzar. La balsa era el lugar exacto: ni una orilla ni la otra. Un punto suspendido donde la responsabilidad pierde territorio y sólo permanece el gesto. Los motores arrancaron casi al mismo tiempo. El Falcon primero. Luego la camioneta. Partieron hacia la costa opuesta llevándose la tensión consigo. Quedó el cuerpo del General sobre la madera. El motor seguía encendido. La plataforma avanzó sola hasta golpear suavemente contra el embarcadero. El cable vibró y luego quedó inmóvil. El foco amarillo iluminaba la escena con una claridad innecesaria. El perro regresó primero. Olfateó el aire y se detuvo a distancia. Dos hombres comenzaron a bajar por el camino sin comprender todavía qué había ocurrido. Yo no me moví. No observaba. Soportaba el acto. Alguien debía ocupar el lugar donde el acto pudiera permanecer sin transformarse en relato ni en juicio. El río siguió corriendo igual que antes. Entonces comprendí que el testigo no es quien ve. Es quien soporta. Me quedé hasta que oscureció. La balsa quedó amarrada, balanceándose apenas en la corriente, detenida entre dos orillas que ya no parecían diferentes. J. Noriega imagen. IA
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