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  • No obligué al árbitro: creyó que le robaban el partido, bajó del palco y entró a la cancha para dejar en claro quién era él

    » La Nacion

    Fecha: 05/05/2026 18:37

    No obligué al árbitro: creyó que le robaban el partido, bajó del palco y entró a la cancha para dejar en claro quién era él En el Mundial de España 1982, Kuwait dejó una sola huella: no fue una victoria, sino el momento en que su jeque cruzó el césped del estadio, se plantó frente al árbitro y torció el curso de un partido - 5 minutos de lectura' Nadie esperaba un partido memorable. Era el 21 de junio de 1982 y el Estadio José Zorrilla de Valladolid recibía a Francia y Kuwait: los europeos necesitaban la victoria tras caer ante Inglaterra; los árabes, debutantes absolutos en un Mundial y dirigidos por el brasileño Carlos Alberto Parreira, que años después llevaría a Brasil al tetracampeonato en Estados Unidos 1994, llegaban con el ánimo templado por un empate valioso contra Checoslovaquia (hoy República Checa y Eslovaquia). En las tribunas, entre treinta mil espectadores, un hombre con turbante rojo y blanco seguía el juego desde el palco oficial. No era un funcionario más. Era el jeque Fahad Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, príncipe kuwaití, hermano del emir del país, presidente de la federación de fútbol nacional y, en pocas horas, protagonista del episodio más extravagante en la historia de los mundiales. El partido que parecía resuelto El desarrollo tuvo, hasta entonces, el carácter previsible. El francés Bernard Genghini abrió el marcador al minuto 31. Michel Platini duplicó la ventaja antes del descanso. Ya en el segundo tiempo, Didier Six convirtió el tercero. Kuwait sucumbía ante uno de los equipos más brillantes del torneo. El técnico francés, Michel Hidalgo, hasta retiró a Platini del campo, convencido de que el trámite estaba resuelto. Al minuto 75, Abdullah Al Buloushi descontó para los árabes y les devolvió, por un instante, algo de oxígeno. Nadie lo vio como otra cosa que un gol de consolación. El partido parecía encaminado hacia su conclusión natural. Pero en el minuto 80, con el resultado 3 a 1, ocurrió algo que torció el rumbo de todo. El silbato que llegó de las tribunas Alain Giresse recibió un pase en el área y empujó la pelota al fondo de la red. El árbitro soviético Miroslav Stupar señaló el centro del campo: gol. Los jugadores kuwaitíes, sin embargo, no protestaron la jugada sino la causa por la que se habían detenido: desde algún sector de las tribunas había llegado un silbato y ellos lo confundieron con el del referí. Stupar los ignoró. El tanto era válido. Hasta ese momento, todo entraba dentro de lo esperable: un reclamo, una negativa, la vida continúa. Pero, desde el palco, el jeque Fahad se puso de pie. Con gestos inequívocos, les ordenó a sus jugadores que abandonaran el terreno de juego. Los futbolistas lo miraron, dudaron y comenzaron a caminar hacia los vestuarios. El estadio entero enmudeció. Los policías que custodiaban el perímetro tampoco supieron qué hacer. Y entonces, ante la mirada atónita de treinta mil personas y las cámaras de medio mundo, el jeque bajó al campo. Con el turbante puesto y la compostura de quien está acostumbrado a que nadie le diga que no, Fahad Al-Sabah cruzó el césped del Zorrilla y se plantó frente a Stupar. Lo que le dijo al árbitro quedó entre ellos, aunque algunas crónicas de la época mencionan que el jeque mostró su daga en algún momento del intercambio. El árbitro soviético, rodeado por futbolistas, policías y un príncipe árabe con visible irritación, tomó la decisión más inverosímil de su carrera: anuló el gol. El mismo gol que había convalidado tres minutos antes. Una victoria de nada El director técnico francés estalló. Giresse, autor del tanto, declaró después con resignación: Nosotros no escuchamos ningún silbato. El partido se reanudó y Francia no tardó en demostrar que la maniobra había sido inútil: Maxime Bossis convirtió el 4 a 1 definitivo al minuto 89. Kuwait igualmente cayó eliminado en primera ronda. Las sanciones llegaron de inmediato. La FIFA penalizó a la federación kuwaití con 25 mil francos suizos, una cifra ridícula para un país con reservas petroleras. El jeque, lejos de la contrición, convocó a la prensa y pronunció una de las frases más irreverentes que se recuerdan en un Mundial: La mafia es pequeña al lado de la FIFA. No me importan las sanciones. Yo no obligué al árbitro a anular el gol. Stupar, en cambio, pagó un precio muy distinto. Fue suspendido de por vida como árbitro internacional. Al regresar a Moscú, su propia federación le retiró la escarapela por orden expresa de la FIFA. Kuwait nunca volvió a clasificar a un Mundial. Su única marca en la historia del torneo es este episodio sin antecedentes ni réplica: el único dirigente que consiguió anular un gol con su sola presencia en el campo. Fahad Al-Sabah continuó al frente de la federación y escaló posiciones en organismos internacionales, entre ellos el Comité Olímpico Internacional. Su historia, sin embargo, tuvo un cierre que va mucho más allá del fútbol. La muerte del príncipe El 2 de agosto de 1990, Irak invadió Kuwait. Tropas iraquíes tomaron el palacio de Dasman, residencia del emir. Fahad Al-Ahmed Al-Jaber Al-Sabah murió ese día en combate, al intentar defender el palacio. El hombre que había intimidado a un árbitro soviético en un estadio español, que había desafiado a la FIFA desde un micrófono, cayó con las armas en la mano frente a un ejército. En Kuwait lo recuerdan como mártir. En la historia del fútbol, como el jeque que detuvo un Mundial con un gesto.

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