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  • El Polaco Goyeneche y Platense campeón: la teoría que nació en un bar de Saavedra

    » Tiempo Argentino

    Fecha: 05/05/2026 13:21

    A veces, una foto o una vieja grabación no es el recuerdo de algo que pasó, sino la prueba de algo que sigue sucediendo. (Geoff Dyer) En una mesa sobre la vereda, dos tipos -uno grandote, de pelo blanco, y otro más flaquito, morocho- conversan sobre Platense y el partido del domingo anterior. El grandote se pone serio y dice: ¿Sabés a quién le debemos el campeonato?. El flaquito se encoge de hombros. A él, señala una imagen del Polaco sobre una de las paredes. El bar se encuentra en Manuela Pedraza y Vidal. Bar La Escuela, dice con letras fileteadas. Es un típico café de barrio de los que ya no quedan, hoy declarado notable por el Gobierno de la Ciudad y uno de los puntos obligados para los hinchas de Platense, dado que la cancha -antes de ser expropiada- se encontraba justo enfrente. El dueño es Quique, buen tipo, aunque algo cascarrabias. El comentario de los hinchas me lleva a pensar en el tango y su vínculo con Buenos Aires. Hubo una época en que en Buenos Aires se respiraba tango, dijo Piazzolla alguna vez. Se cantaba, se bailaba y, básicamente, se hablaba tango; en este sentido, no resulta extraño que nuestra primera producción cinematográfica sonora (1933) lleve ese nombre. El tango forma parte del mito fundacional de una ciudad que crecía al ritmo de sus migraciones desde finales del siglo XIX y principios del XX. Así como existe una mitología griega con sus dioses imperfectos y desmesurados, dioses que componen un Olimpo contradictorio donde tienen lugar tanto los actos más grandilocuentes como las mayores bajezas, podemos pensar en una mitología de Buenos Aires alrededor del tango -quizás una de las más hermosas-. Cualquiera sabe que Gardel es mucho más que un cantor: cumple la función de un dios olímpico sobre el que se depositan sueños, valores, deseos y frustraciones; no se encuentra en ningún lado y, a la vez, en todos. Basta con visitar su panteón en el cementerio de la Chacarita para observar las ofrendas, agradecimientos y reclamos escritos sobre la piedra. A Gardel no solo se lo venera: también se le ruega, se le pide y -llegado el caso- puede castigárselo. A este le siguen otros (San Pugliese, Pichuco, Canaro), quizá con menor jerarquía, pero vitales en esta constelación mitológica que hizo de Buenos Aires lo que es. Basta con acercarse al Bar La Escuela y observar sus paredes, repletas de imágenes del Polaco o algunas de sus pertenencias, en una especie de altar o instalación permanente, para comprender su importancia en la vida cotidiana de su dueño, Quique, así como en la de sus habitués y en la de los hinchas de Platense. En su hermoso libro sobre jazz -But Beautiful-, Geoff Dyer justifica cierta improvisación aludiendo a que los músicos de jazz se citan a menudo en los solos. Las historias cumplen la función de standards: una base sobre la cual decir y mostrar lo que antes no se había visto sobre una misma canción. Con el tango sucede algo semejante: la veracidad de los hechos suele desdibujarse y reconstruirse en sus variaciones, imágenes atravesadas por condicionales históricos, fieles a la mitología urbana que se traza en derredor de sus protagonistas. Posiblemente muchos conozcan la relación adúltera entre Homero Manzi y Nelly Omar y su último encuentro en la habitación del Anchorena, donde la mandó a llamar cuando yacía moribundo. Si los versos de Malena le fueron realmente dedicados -como a ella le gustaba decir- es una incógnita que, irremediablemente, tomó vida propia y ya no están sus protagonistas para desmentirlo. Resulta tan hermoso asociar Malena a Nelly Omar y a sus últimos momentos junto a Homero como a alguna cantante desconocida perdida en un cabaret de San Pablo o Porto Alegre. Para corroborar los hechos están los académicos, sus tratados e investigaciones, así como los sitios de interés. Sin embargo, lo interesante de esa historia, que aún circula en los intersticios de ese texto urbano que hace a la memoria colectiva, es que condensa otras miles sobre las que se depositan valores ligados al amor y el deseo, a su imposibilidad y a las barreras, tanto simbólicas como materiales, que hacen a la cotidianidad de quienes se identifican con ella. El amor se alimenta del deseo y, cuando se concreta, resulta, quizá, menos atractivo: los amantes perfectos en el recuerdo se tornan extraños e irreconocibles al volverse a ver. Como sugiere Paul Ricoeur, uno no se conoce a sí mismo de manera directa, sino a través de un rodeo por los signos de nuestra cultura. Nuestra identidad es, en el fondo, una interpretación. Es en ese juego de espejos -la mímesis del texto literario- donde una historia ajena se nos vuelve propia y terminamos viviendo, casi sin darnos cuenta, esas vidas que el tango narra por nosotros. Un ejemplo de cómo el arquetipo vence al individuo se da en la figura de Enrique Santos Discépolo. El autor de tangos como Cambalache y Yira Yira se convirtió en el ícono del pesimismo porteño, el Discepolín que capturó la decadencia moral de su tiempo. Sin embargo, quienes lo conocieron lo describían como alguien vital, divertido y apasionado, muy alejado de la melancolía trágica que le adosó su obra. El mito del Discepolín pesimista era mucho más necesario para la mitología de Buenos Aires que la persona real. La Argentina del 30, la década infame, no necesitaba a Enrique, sino al profeta desilusionado de Cambalache, y por eso lo creó y lo inmortalizó, depositando en su figura el desengaño colectivo de una época. Algo que lo llevó a confrontar consigo mismo durante el peronismo, cuando tuvo que crear el personaje Mordisquito como contracara de su propia versión de los hechos narrados por el tango, al iniciarse una nueva etapa en la nación, en la que este género ya no podía narrar las desavenencias de sectores sociales que atravesaban una vida más plena. ¿Qué hubiese sido de los amantes del tango y de la música ciudadana argentina si, a sus ocho años, Nonino, en lugar de regalarle ese aparato estrambótico que Astor se negaba a tocar -por asociarlo a esa música insoportable que escuchaba su padre cada noche en Nueva Jersey-, le hubiese regalado los patines que tanto deseaba? ¿Qué hubiera sucedido de no conocer a Nadia Boulanger, con sus deseos de continuar en la tradición clásica que le había inspirado Ginastera? Estas preguntas no tienen más que un sentido poético; sin embargo, podemos imaginar la tristeza de una Buenos Aires sin la música de Piazzolla -incluso una tristeza vaciada de esa melancolía que le otorga su bandoneón-. Otras son, quizás, historias menos conocidas, inspiradas en algún hecho verídico o anécdota contada por sus protagonistas. Nadie puede dudar que, con semejante dueño, uno de los bandoneones de Pichuco haya tomado vida, y sería imperdonable dejar de incluir en una biografía sobre Julio Sosa su propio relato acerca de su primera noche en Buenos Aires, cuando cantó sus primeros tangos acompañado por cafishos, borrachos y prostitutas en un cabaret sobre Paseo Colón. La música popular no tiene versiones verdaderas o definitivas: se encuentra en constante construcción, aun cuando se trate solo de personas que escuchan una versión y le dan vida al depositar en ella sus propios recuerdos o al utilizarla para explicar alguna situación presente. El poder del tango, más allá de la melodía y la letra, reside en su capacidad de funcionar como una estructura narrativa mitológica en permanente reelaboración. Sus protagonistas -Gardel, Discepolín o el Polaco- cumplen el rol de arquetipos inmortales, enlazando el pasado de la ciudad con su presente emocional. El tango es, en esencia, la memoria afectiva de Buenos Aires: un texto urbano que se cita, se improvisa y se actualiza con cada versión, con cada historia. Y es precisamente en la lealtad de sus devotos, que lo lloran en un panteón o le ruegan un milagro futbolero, donde se comprueba su trascendencia: la certeza de que la verdad histórica es solo un borrador fugaz frente al mito duradero que el tango, como un standard eterno, se encarga de reescribir día a día. El etnomusicólogo Paul Gilroy decía que la música es una pieza clave en el debate sobre quiénes somos, porque sus frases y melodías dibujan un mapa del mundo donde las identidades no quedan encerradas en una sola nación. El tango, en su origen diaspórico y en su evolución como standard urbano, forma parte de esa historia marginal de Buenos Aires. En este sentido, el relato de aquel hincha, a la hora de buscar explicaciones, no resultaba sorprendente: ¿a quién puede extrañar que el Polaco haya sacado a Platense campeón? No hay que olvidar que el poder de los dioses se constituye en base a la fe que les otorgan sus propios fieles. -Este texto formará parte de un libro próximo a editarse que se llama Piazzolla y los patines. Ensayos sobre música e identidad latinoamericana. * Titular seminario Música e identidad latinoamericana

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