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  • Violencia contras las infancias: el uso político del horror

    » Tiempo Argentino

    Fecha: 05/05/2026 12:47

    Los nombres de Lucio y de Ángel quedaron grabados en la memoria colectiva con una intensidad que interpela y conmueve profundamente. Y está bien que así sea. Cada hecho de violencia contra un niño o una niña debe sacudirnos, indignarnos y movilizarnos como sociedad. Justamente por eso, por la legitimidad de esa conmoción, es necesario hacerse una pregunta incómoda: por qué estos casos y no otros igualmente atroces se convierten en emblemas. Antes que nada, es necesario decirlo con absoluta claridad: estos crímenes deben ser condenados enérgicamente. No hay ninguna explicación, contexto ni marco teórico que pueda atenuar la gravedad de lo ocurrido. La violencia contra la infancia, en cualquiera de sus formas, es absolutamente inadmisible y exige una respuesta social, institucional y judicial contundente. Pero sabemos que Lucio y Ángel no son los únicos niños asesinados en Argentina. No son casos aislados. Sin embargo, ocuparon un lugar central, sostenido y amplificado en la agenda pública. Una primera respuesta, insuficiente pero necesaria, remite a la ruptura de expectativas: la violencia fue ejercida por mujeres. Eso desarma un imaginario profundamente arraigado que asocia a las mujeres con el cuidado, la protección, la imposibilidad de dañar. Pero detenerse ahí es no ver lo esencial. Tomar lo excepcional para estigmatizar La excepcionalidad no solo impacta: también se explota. Estos crímenes no solo conmueven. También son utilizados. Son capturados en una disputa política y cultural donde determinados sectores encuentran en estos hechos una oportunidad para reinstalar sentidos reaccionarios bajo la apariencia de indignación legítima. A partir de estos casos se despliega una operación conocida: convertir la excepción en argumento. Se intenta instalar que las mujeres también son violentas como forma de relativizar una evidencia abrumadora: la violencia extrema, sistemática y estructural sigue siendo ejercida mayoritariamente por varones. Y esa diferencia no es anecdótica: mientras la violencia ejercida por mujeres es un hecho individual, la ejercida por varones es una realidad social producida por parámetros culturales, donde la importante diferencia cuantitativa es solo un indicador más. Con este argumento se sugiere que las denuncias de violencia de género estarían sobredimensionadas y se desliza la idea de que las políticas públicas construidas para abordar estas desigualdades serían innecesarias o ideológicas. En ese mismo movimiento aparece, de manera insistente, la imputación a la llamada ideología de género o a la perspectiva de género como causa indirecta de estos crímenes. Se afirma explícita o implícitamente que jueces, juezas y operadores judiciales habrían tomado decisiones erróneas por estar influidos por estas perspectivas, y que eso habría derivado en que los niños quedaran bajo el cuidado de quienes luego los asesinaron. Esta afirmación parte de una confusión o de una tergiversación sobre qué implica realmente la perspectiva de género: no se trata de priorizar ni de otorgar mayor credibilidad a las mujeres por el solo hecho de serlo, sino de analizar las circunstancias, las relaciones de poder y los contextos en los que se producen los hechos. Lejos de evidenciar un exceso de perspectiva de género, lo que estos casos ponen en evidencia es, en todo caso, su ausencia o su aplicación deficiente, junto con fallas estructurales en la protección de la infancia. La apelación a la ideología de género funciona así como una excusa para encubrir responsabilidades institucionales y desviar la atención de la desidia judicial. La operación es grave no solo por su simplificación de procesos complejos, sino porque utiliza el dolor de las víctimas para desacreditar herramientas que buscan justamente prevenir la violencia y mejorar las decisiones institucionales. En el caso de Lucio, además, se suma otra capa de violencia simbólica: la utilización del hecho para estigmatizar a las lesbianas, insinuando una asociación entre diversidad sexual y peligrosidad, en un intento persistente de deslegitimar derechos reconocidos. Lo mediático como red Ahora bien, esta operación no se despliega de una única manera. Hay quienes la impulsan de forma deliberada, con una intencionalidad política clara orientada a cuestionar la perspectiva de género y al feminismo. Pero también hay un efecto de reproducción menos consciente, igualmente problemático. Cuando ciertos medios instalan estos casos como centrales, otros comunicadores y espacios los replican, los amplifican y los consolidan como emblemas sin necesariamente proponérselo. La lógica de la agenda mediática opera así como una cadena: lo que se visibiliza primero se legitima después, y lo que se legitima se vuelve referencia. En ese proceso, no solo se construyen casos emblemáticos: también se invisibilizan otros. Y con esto no se plantea que se hable menos de Lucio o de Ángel, sino que se hable más del resto de los casos, que también merecen visibilidad, atención y respuesta social. Porque los datos son contundentes. Según UNICEF y otros organismos internacionales, la violencia contra niños y niñas incluidas sus formas más graves ocurre mayoritariamente en el ámbito intrafamiliar y presenta una clara sobrerrepresentación masculina entre los agresores: en términos generales, alrededor del 80% son varones. Este patrón se verifica tanto en las violencias físicas como en las sexuales, donde los agresores suelen ser, además, personas del entorno cercano de la víctima. En Argentina, distintos relevamientos de organismos públicos confirman esta tendencia: la violencia contra la infancia no es aleatoria, sino que responde a estructuras donde el género es una variable central. Y sin embargo, no es casual que los casos que se vuelven emblemáticos sean precisamente aquellos que constituyen la excepción. Que en una realidad donde la violencia es ejercida mayoritariamente por varones, los nombres que ocupan el centro de la escena pública sean los de niños asesinados por mujeres, no habla de una anomalía estadística, sino de una selección cargada de sentido. Señalar el uso político del drama Los casos en los que los agresores son varones no se convierten en emblema. No ocupan el mismo lugar en la conversación pública ni son utilizados para interpelar estructuralmente la masculinidad o los privilegios que la sostienen. No se transforman en argumento. Como advierte Rita Segato, la violencia no solo produce daño: también produce mensaje. Y como plantea Judith Butler, no todas las vidas son igualmente reconocidas como dignas de duelo. Podría agregarse: no todas las violencias son igualmente útiles. Señalar esto no implica, de ningún modo, minimizar la gravedad de los crímenes cometidos por mujeres ni relativizar la responsabilidad que corresponde. Cada uno de estos hechos exige justicia, memoria y condena. Pero sí implica negarse a aceptar que el horror sea utilizado selectivamente. De hecho, no es difícil anticipar otra operación ya conocida: que estas mismas reflexiones sean tergiversadas para sostener que el feminismo no condena estos hechos o que busca justificar a las agresoras. Nada más lejos de la realidad. Señalar el uso político del horror no implica relativizarlo, sino impedir que sea manipulado para erosionar derechos y desviar la atención de las verdaderas responsabilidades estructurales. La condena es absoluta; lo que está en discusión es qué se hace con ese horror en el espacio público. Porque si toda violencia contra la infancia debe conmovernos y debe hacerlo entonces la pregunta no es por qué nos indignamos frente a estos casos, sino por qué no lo hacemos con la misma intensidad frente a todos. Cuando la indignación se organiza en función de su utilidad política, deja de ser solo una reacción ética y se convierte en una herramienta. Y cuando esa herramienta se usa para desacreditar políticas públicas, estigmatizar identidades o relativizar desigualdades estructurales, el problema no es solo cómo reaccionamos frente al horror. Es qué hacemos con él. Si lo usamos para transformar las condiciones que lo producen o para reforzar exactamente el mismo orden que lo hace posible.

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