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  • Izquierdizar el peronismo, peronizar la izquierda

    Parana » La Nota Digital

    Fecha: 05/05/2026 11:33

    La última encuesta de imagen positiva y negativa que circuló con velocidad digital dejó una señal política difícil de ignorar: Myriam Teresa Bregman y Axel Kicillof superan a cualquier figura del gobierno libertario neoliberal. El dato no describe únicamente preferencias electorales. Marca un desplazamiento del clima social. En medio de una narrativa oficial centrada en el mercado, las figuras mejor valoradas emergen desde tradiciones asociadas a la izquierda. Sin embargo, bajo esa coincidencia estadística late una fractura más profunda: ambos representan maneras opuestas de entender qué significa el peronismo, cómo se construye legitimidad popular y qué lugar ocupa la izquierda dentro de esa tradición política todavía en disputa. Una parte del campo político intenta empujar al movimiento nacional hacia programas igualitarios más definidos, reforzando la intervención estatal y ampliando derechos materiales en un contexto social cada vez más desigual. Otra corriente ensaya el camino inverso: asumir que sin la experiencia popular peronista la izquierda permanece confinada a minorías ilustradas incapaces de gobernar mayorías reales. No es un desacuerdo menor. Se trata de dos lenguajes políticos distintos. Uno nace en la teoría social; el otro en la práctica histórica de representación. La encuesta funciona así como espejo que interpela: el electorado no premia purezas doctrinarias ni identidades cerradas, sino capacidades concretas de traducir conflicto social en conducción política efectiva. En esa tensión reaparece Rodolfo Puiggrós. Su apuesta de ingresar al peronismo para construir un ala transformadora partía de una intuición aún dislocante: la revolución argentina no podía imaginarse por fuera del movimiento popular realmente existente. Puiggrós comprendió que el peronismo no era un obstáculo a superar ni una anomalía a corregir, sino el terreno real donde se disputaba el sentido histórico de las mayorías trabajadoras. La contradicción no debía resolverse; debía organizarse políticamente. Allí se juega una enseñanza persistente: la política argentina avanza cuando acepta sus tensiones constitutivas y retrocede cuando intenta negarlas o reemplazarlas por abstracciones ideológicas. La relación entre izquierda y peronismo nunca fue armónica porque expresa dos modos distintos de nombrar al pueblo y construir legitimidad social. La tradición marxista buscó sujetos definidos por su posición económica dentro del proceso productivo; el peronismo produjo identidad a partir del reconocimiento social, la movilidad ascendente y la pertenencia colectiva. De esa diferencia nacieron encuentros, rupturas y desconfianzas mutuas que atravesaron décadas de historia política. Sin embargo, cada crisis económica vuelve a acercarlos. Cuando el mercado fragmenta la vida común, reaparece la demanda de protección, comunidad organizada y presencia estatal capaz de ordenar expectativas sociales compartidas. La encuesta no anuncia un cambio definitivo ni consagra liderazgos inevitables. Expone algo más incómodo: la sociedad continúa buscando mediaciones capaces de reconstruir sentido común en un tiempo de desorganización política persistente. Izquierdizar el peronismo y peronizar la izquierda no son consignas opuestas; describen movimientos simultáneos dentro de una misma historia inconclusa. El problema no es elegir entre identidades ideológicas. El problema es quién logra convertir esa tensión en proyecto colectivo, capaz de liderar el conflicto sin negarlo. La política argentina vuelve a pararse frente a su dilema recurrente. La pregunta ya no es qué nombre tendrá la síntesis. La pregunta es quién se anima, ahora, a construirla y sostenerla frente a la historia. J. Noriega imagen. IA

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