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  • Zapatillas: el diablo también calza a la moda

    » Clarin

    Fecha: 05/05/2026 06:31

    Siempre admiré a las mujeres que suben elegantes a los aviones. Carteras de lujo, maquillaje, tacos altos. Por más que intento imitarlas, yo parezco una judoka. Los pelos se me ponen de punta ya en la cola del check-in cuando no encuentro el pasaporte, siento calor, frío, frío, calor, me quito, me pongo el abrigo, y así no hay elegancia que aguante. Como tengo pies semi-planos, suelo usar zapatos con tacos o plataformas porque la chatura absoluta me produce dolor. Durante bastante tiempo viajé con botas a las que, para quitármelas durante el vuelo, debía hacer una maniobra tal que llamaba la atención hasta del piloto. Hace un par de años encontré unas zapatillas con plataforma, que son mis mejores aliadas. Realmente aplaudo esta industria de estilizar las zapatillas deportivas, porque para alguien como yo, son un consuelo. Para empezar, con pantalones largos, nadie sabe que son zapatillas y no zapatos. Las que uso ahora y compré por mi barrio -nada de grandes marcas- tiene unos adornitos dorados que se asemejan al bumerang de una primera marca. Alguna vez conté que vengo de una familia de comerciantes del calzado. El negocio, que fundó mi abuelo en los 60, trabajaba con zapatos para todas las edades en dos materiales: cuero y gamuza. A veces alguna cabritilla, a veces lona para algún taco chino de verano. No más que eso, y eso durante décadas. Hasta el día de hoy puedo reconocer un zapato de cuero llevándomelo a la nariz, si es nuevo, o comprobando el tipo de arrugas de la napa, si es usado. Con esta tradición, se imaginarán, que en mi casa las zapatillas -que deformaban el pie y hacía que a las mujeres les creciera el talle- eran el diablo en persona. Sin embargo, cuando se viaja a una ciudad grande, los recorridos son inacabables. Primero, porque está el plan que uno traza: hoy veré tal cosa y tal otra, y después porque en una ciudad grande lo más normal del mundo es perderse: perderse es la norma del viajero. Aunque lleves un mapa o estés con la cabeza metida adentro de Google Maps, te vas a perder. Todo plan debe ser realizado con una o dos horas de antelación, porque todo puede pasar: equivocar el Metro o el bus, sentirse más o menos mal físicamente, que se rompa un zapato, los anteojos, comprar un sombrero porque no se había tenido en cuenta el solazo que había, por ejemplo. Ignoro sobre qué se desplazarán las personas elegantes. En el último viaje puse el podómetro y por cinco días no bajamos de hacer 15 mil pasos. El primer día se siente un poco de malestar; el cuarto se siente como si te hubieran arrancado las piernas de cuajo desde la cadera. Tal vez haya que resignar la elegancia en pos de la belleza de ese otro mundo que estamos pisando. Al fin y al cabo, hicimos ese viaje y el plan de ese día, para conocer algo que llevarnos para siempre en nuestras retinas. Por eso, damas y caballeros, que sean las zapatillas tus mejores amigas en los viajes. Sobre la firma Newsletter Clarín

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