Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • ¿Y después de Trump...Melania?

    » Clarin

    Fecha: 05/05/2026 06:31

    No tienen cargo, no tienen reglas, no rinden cuentas. Y sin embargo, ciertas first ladies estadounidenses han contado entre las figuras más influyentes de la política norteamericana. Casos como los de Eleanor Roosevelt o Hillary Clinton muestran hasta qué punto este rol puede integrarse al núcleo del poder presidencial. Sin definición formal, su alcance depende del matrimonio presidencial tanto como de quien lo ocupa: puede ser decorativo o profundamente político. No existe un modelo único de primera dama. En ese abanico se inscribe la actual FLOTUS, que durante su paso anterior por la Casa Blanca fue una figura tan enigmática como objeto de fuertes cuestionamientos. Estos se centraron en la distancia entre su agenda oficial, orientada al bienestar infantil a través del programa Be Best, y episodios como la visita a niños migrantes con la campera que llevaba la inscripción I really dont care. A eso se sumó una percepción persistente de frialdad y distancia. En ese contexto, y a pocos días de la asunción de Donald Trump a un nuevo mandato, se estrenó un film de alto presupuesto sobre Melania que puede leerse como una respuesta a esa imagen previa. El documental tuvo escaso impacto y recibió críticas negativas. Más que un documental, fue leído como una operación de construcción de imagen. El film no revisa ese pasado: lo desplaza. No hay reconstrucción. Hay proyección. Melania no puede separarse de la cultura de poder en la que se mueve. La cultura trumpista se caracteriza por el exceso, la verborragia, la humillación y la saturación de la escena pública, y produce figuras femeninas de imagen perfecta y casi artificial, cercanas al arquetipo de la Barbie. Melania queda atrapada en un registro de perfección controlada donde cada gesto parece calculado. En la película, el primer plano es el estético. El film dedica más tiempo a telas y vestuario que a cualquier dimensión política sustantiva, y la muestra como una mujer con fuerte capacidad de decisión sobre cada detalle de su imagen, un rasgo que sus propios asesores se encargan de subrayar. Pero el film va un paso más allá: la presenta interviniendo en el discurso de Trump, en la seguridad familiar, en los detalles de la asunción, más involucrada, más activa que antes. Ella opera en el plano de lo visible: la ropa, el gesto, la escenografía. Es allí, en esa superficie, donde se construye sentido político sin nombrarlo. Esa superficie se despliega en un entorno de excesos: mármoles, dorados, una sobrecarga decorativa, a la que se suman aviones privados, custodias y camionetas blindadas que conectan Washington, Nueva York y Mar-a-Lago. Son imágenes que reflejan la opulencia y los signos de distinción en los que Melania se mueve con naturalidad, transitando espacios asociados al poder. Esa dimensión estética se intercala con otra, orientada a construir cercanía. Se articulan vínculos con causas y líderes del mundo, según sus propias palabras, la continuidad de su programa Be Best, los encuentros con Brigitte Macron y con Rania de Jordania, su agenda centrada en todos los niños del mundo e incluso gestiones relacionadas con víctimas de Hamas. La cordialidad que manifiesta con Macron contrasta con las burlas públicas de Trump hacia el matrimonio francés, ampliamente registradas por la prensa internacional. Esa lógica de proximidad se extiende también a su vínculo con Trump, mostrándose más afectuosa y cercana. Ignorando la trayectoria de quienes la precedieron, como si empezara desde cero, Melania ha dejado entrever su intención de reformular el rol por completo. Se proyecta como una figura de intervención activa, una fuerza que inspire al mundo, una formulación de resonancias megalómanas que no sorprende en el universo trumpista. Su reciente intervención en el Consejo de Seguridad de la ONU, un hecho inédito para una primera dama, no es casual. Que se produzca apenas dos días después de un ataque de Estados Unidos e Israel en Irán refuerza el contraste entre la dimensión bélica y la agenda humanitaria que ella busca encarnar. Funciona como una compensación simbólica. Igualmente llamativo fue su discurso desde la Casa Blanca sobre el caso Epstein, en el que buscó desvincularse públicamente de cualquier asociación: un gesto inusual para una primera dama, con una puesta en escena deliberadamente teatral. Esa proyección se completa en el plano visual con el traje sastre elegido para ambas ocasiones, y para la escena final de la película donde aparece posando detrás de un escritorio, remite a una tradición de primeras damas politizadas, de la que Eva Perón es el caso paradigmático. No es casual que retome sus palabras: siempre usaré mi poder e influencia para luchar por los más necesitados. Una puesta en escena del poder mediada por la estética, aunque distante de Evita y más cercana a Claire Underwood. El film no es un documental sobre una primera dama. Es, acaso, el primer acto de una proyección política propia. En un escenario sin reelección posible, la superficie dejaría de ser imagen para convertirse en plataforma: un modo de que el trumpismo continúe con otro rostro. La superficie no oculta ese proyecto. Lo ensaya. Sobre la firma Newsletter Clarín

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por