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  • Claudio Fantini: "Invadir Irán por tierra sería para Trump el laberinto del minotauro"

    » Perfil

    Fecha: 04/05/2026 12:40

    La disputa por el control de Oriente Medio alcanzó una fase de máxima tensión geoestratégica, donde el bloque ofensivo-defensivo liderado por Estados Unidos e Israel busca contener definitivamente la influencia nuclear y militar del régimen iraní. A partir de esta entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el politólogo Claudio Fantini desmenuza el agotamiento de las estrategias actuales y lanza una advertencia contundente sobre los límites del uso de la fuerza: "Invadir Irán por tierra sería para Trump el laberinto del minotauro". El periodista, politólogo y escritor argentino, especializado en política internacional, Claudio Fantini, se consolidó como analista en temas globales y regionales, con presencia en medios gráficos, radiales y televisivos tanto en Argentina como en el exterior. Se desempeña como columnista en medios como La Voz del Interior y la revista Noticias, y ha participado en distintos programas de análisis político. Además, es autor de varios libros de ensayo político y suele ser consultado como analista sobre conflictos internacionales, liderazgos políticos y tendencias globales. En esta especie de magma que nos resulta el conflicto entre Estados Unidos, junto con Israel, con Irán, aparecen las posibilidades de que pueda volver a haber situaciones de ataque. También están las promesas de Trump de que ahora va a hacer que el estrecho de Ormuz se libere. Por el contrario, parecería que, si eso no ocurre, el que empieza a estar en problemas es Teherán, porque no tiene dónde guardar el petróleo que produce o podría dejar de producirlo al no poder almacenarlo, y luego esos pozos, hasta volverlos a utilizar, tienen un enorme costo de rehabilitación. ¿Cuál es este juego económico y militar, y cómo está hoy ese escenario? Es un tablero geoestratégico complejo, porque los intereses económicos, las necesidades energéticas del mundo y de los propios protagonistas de esta pulseada se entremezclan de una forma que genera una inmensa complejidad. Yo diría que por estas horas la tregua se sostiene, pero no por la razón que debiera sostenerse una tregua, que es la percepción de una luz al final del túnel. O sea, que en las dos partes haya señales claras de voluntad de sentarse en la mesa de negociación que habilitó Pakistán, en su capital, y un final para este conflicto. Esa sería la razón sólida de que una tregua se sostenga. Pero tengo toda la impresión de que esta tregua se está sosteniendo no por una razón sólida, no porque se vea voluntad real de negociación, lo que implica hacer concesiones en una mesa de negociación, sino porque hay un agotamiento por razones diferentes en las dos veredas enfrentadas. Acá saquemos a Israel. Hablemos de la República Islámica y de la administración Trump por razones diferentes. En el caso de la administración Trump, el agotamiento es político. En cambio, en el régimen iraní el desgaste es militar y económico. No es militarmente más débil, pero no puede frenar los bombardeos de tierra arrasada que el poderío naval norteamericano está en condiciones de retomar en cualquier momento. Y, económicamente, el bloqueo al estrecho de Ormuz está implicando un autoestrangulamiento también, porque en eso la jugada de Estados Unidos de oponer un bloqueo propio al bloqueo iraní fue una buena jugada en términos de que está forzando a Irán a negociar el levantamiento del bloqueo. Ahora, eso sería volver la situación a como era en las dos primeras semanas del conflicto, o sea, Estados Unidos no está visibilizando un avance real que justifique que se haya dado esta guerra. Hasta acá no está mostrando nada. Daría la impresión, a esta altura, de que lo máximo que puede lograr Donald Trump es una situación idéntica a la anterior al 2018 y posterior al 2015, que es cuando rigió el acuerdo alcanzado entre Barack Obama y el entonces presidente iraní, un moderado, Hassan Rouhani. Trump, en 2018, siguiendo los empujones que le da Netanyahu, pateó el tablero de aquel acuerdo del 2015. Desde entonces la situación no hizo más que desmejorar. El ala moderada del régimen, donde estaba el presidente Rohaní y otras figuras como el expresidente Mohammad Khatami, el ex quinto primer ministro y último primer ministro, Mir-Hossein Mousavi, toda esa ala moderada que se había fortalecido frente al ala fanática, el clero, con el acuerdo del 2015, empezó a debilitarse aceleradamente. Volvió el cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica a empoderarse, el ala dura, las figuras como Mahmud Ahmadineyad se empoderaron de nuevo, empezaron a enriquecer uranio, a acercarse como nunca antes a la posibilidad de usarlo para fabricar armas nucleares. Lo máximo a lo que hoy puede aspirar la administración de Donald Trump, por lo menos por estas horas y en la medida en que no decida ir más allá en la guerra de lo que podrían derivarse escenarios muy distintos, es volver a la situación previa, al momento en el que él pateó el tablero de un acuerdo que funcionaba en 2018. ¿Puede ser entonces usted decía el debilitamiento político por parte de Estados Unidos y el debilitamiento físico por parte de Irán? ¿Puede ser que una eventual derrota de Donald Trump en las elecciones de este año y, al mismo tiempo, que la salud de Alí Jamenei dé señales de que no está en condiciones de conducir el país genere la posibilidad de que haya dos nuevos líderes en ambos países y que la solución tenga que esperar a ese relevo? Sí, creo que hay una diferencia. No creo que el ayatolá Alí Jamenei, supuestamente hoy el líder supremo, sea verdaderamente quien detenta el poder. Creo que Irán posiblemente esté viviendo una situación totalmente distinta a la que conoció desde el triunfo de la revolución encabezada por Ruhollah Jomeini hasta la consolidación del liderazgo de Alí Jamenei. Todo ese tiempo estaba claro quién detentaba el poder en la República Islámica. Hoy creo que hay por lo menos dos cabezas: una débil, ante el mundo más presentable, pero en lo interno más débil, que es la trilogía entre el presidente del gobierno, Masud Pezeshkian, y los titulares del poder judicial y del parlamento, el Majlis. Y, por otro lado, lo que considero el bastión fundamental en materia de concentración de poder, que es el cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica, ese brazo militar poderosísimo, el mayor músculo militar que tiene el Estado iraní y que depende directamente de las autoridades religiosas. Por estas horas creo que, por primera vez, es al revés: no es que el cuerpo de los guardianes de la revolución dependa de la máxima autoridad, sino que queda subordinada al cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica. ¿Podría ser, tratando de imaginar hipótesis plausibles, que finalmente el cambio del régimen como en Venezuela fue la salida de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez, en un sentido simbólico y metafórico, implique que la guardia pierda el poder que tenía, que los religiosos también lo pierdan y que terminen ganándolo los sectores más moderados, configurando así una hipótesis de triunfo para Donald Trump, para Estados Unidos y para Benjamin Netanyahu con proyección a futuro? Totalmente. Si se diera esa situación, que fue una de las grandes promesas de Donald Trump y de Benjamin Netanyahu para justificar esta guerra, si se concretara ese escenario que parecía tan cercano el primer día del conflicto, cuando el primer bombardeo decapitó el régimen matando al ayatolá Alí Jamenei. Si hoy ocurriera eso, si en la pulseada el poder civil, que es la trilogía que nombré recién con el presidente Masud Pezeshkian a la cabeza, pasara a encabezar verdaderamente la estructura y quedase sometido a ese mando el cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica, entonces sí podría ser considerado, o sea, sin que haya un cambio total de régimen. Porque la otra posibilidad es que se termine con la teocracia, se llame a un gobierno secular con elecciones o que vuelva la monarquía con el hijo del sha Pahlavi, que actualmente está tratando de subirse a ese escenario y visibilizarse como alternativa de recambio. Pero si se diera el recambio de mínima, que sería este que le digo, es decir, que el poder civil, la trilogía de los tres poderes, pasase a estar verdaderamente por encima del poder militar que concentra la Guardia de la Revolución Islámica, ese giro sería revolucionario, aunque el Estado siga llamándose República Islámica y mantenga el formato de una teocracia, y sí podría ser presentado como una victoria para la iniciativa militar que impulsaron Netanyahu y Donald Trump y que todavía no muestra nada que se parezca a un triunfo real. La cuestión es que no sé si por estas horas es posible imaginar un cambio de esa magnitud en el régimen. El ala militar, la más fanática y la que concentra mayor poder, apuesta a que, si Donald Trump quiere derribar al régimen o alcanzar algo que se asemeje a una victoria, tiene que incursionar por tierra. Y en un país de dimensiones tan grandes, con un ejército tan poderoso, porque habrá perdido buques, infraestructura y un montón de recursos, pero el millón de soldados sigue intacto, ya que no hubo enfrentamientos de tropas. Acá la guerra es intercambio de misiles. Entonces, la jugada del ala dura es que Trump entienda que la única alternativa para llevarse algo parecido a un trofeo es avanzar por tierra. Incursionar puede implicar entrar y perderse en el laberinto del Minotauro. De ahí nadie sabe salir. MV

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