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  • La amenaza invisible a la libertad de prensa - Parlamentario

    CABA » Parlamentario

    Fecha: 03/05/2026 16:40

    En las democracias contemporáneas la censura ya no siempre se ejerce de manera explícita. A veces adopta formas más sutiles, pero igual de dañinas. La autocensura es una de ellas: una corrosión silenciosa que debilita al periodismo y empobrece la democracia sin que casi lo advirtamos. La libertad de prensa es un derecho de nuestra sociedad. Su función central, garantizar que los ciudadanos accedan a información veraz, diversa y oportuna para tomar mejores decisiones. Sin prensa libre, no hay control del poder y así, la democracia se vacía de contenido. Pero, ¿cuándo empieza a deteriorarse sin que lo notemos? Si pensamos en amenazas a la libertad de prensa, imaginamos escenas evidentes: censura directa, clausura de medios, persecución judicial explícita. Pero en las democracias de hoy, los riesgos suelen ser más sutiles como ser, la autocensura. La autocensura no necesita decretos. No deja huellas visibles. Opera cuando el periodista, el editor o el medio empiezan a preguntarse qué conviene publicar. El costo de decir algo se vuelve más alto que el costo del silencio. Es devastador porque no elimina la libertad de prensa de manera frontal: la erosiona desde adentro. Penetra con la descalificación sistemática. Cuando se instala que el periodismo crítico es enemigo, operador o mentiroso, se busca desacreditar la fuente antes que discutir el contenido. Esto afecta a los periodistas y confunde a la sociedad porque debilita la confianza en la información. Segundo, mediante la presión indirecta. Puede ser económica o simbólica, no importa. No hace falta una orden explícita, alcanza con generar un clima donde ciertas preguntas dejan de hacerse porque genera riesgos. Tercero, por saturación y ruido. Cuando todo se convierte en polémica, cuando se banaliza la discusión pública o se desborda el espacio informativo, se dificulta distinguir lo importante de lo accesorio. En ese contexto, el periodismo pierde capacidad de jerarquizar, y la ciudadanía pierde herramientas para comprender. Y finalmente, por miedo. No siempre miedo físico, sino miedo a las consecuencias: perder acceso, perder el trabajo, perder la reputación o quedar expuesto a campañas de hostigamiento y linchamiento mediático. El resultado de todo esto es un periodismo que, aún siendo formalmente libre, empieza a limitarse a sí mismo. Y una sociedad que cree estar informada, pero en realidad recibe una versión incompleta de la realidad. Por eso, defender la libertad de prensa hoy implica algo más que rechazar la censura directa. Implica generar condiciones para que el periodismo ejerza su rol con responsabilidad: sostener estándares profesionales, verificar la información, distinguir opinión de hechos y resistir la tentación de convertirse en otro actor político a la hora de informar. Desde mi lugar tengo clara la tarea: no utilizar la crítica a la prensa como herramienta de conveniencia. Voy a seguir defendiendo la libertad de expresión, incluso si me incomoda. Voy a seguir exigiendo reglas claras, transparentes y equitativas en la relación entre el Estado y los medios. Por eso, hace 10 años que presento un proyecto de regulación de la pauta oficial y ningún gobierno quiere poner el debate en la mesa. Pero también es necesario un llamado a la sociedad. Debemos exigir calidad, contrastar fuentes, no caer en la lógica de la descalificación automática. Es parte del mismo compromiso democrático. En definitiva, la autocensura es peligrosa porque no se impone, se aprende. Y cuando se naturaliza, deja de percibirse como problema.

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