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Parana » AIM Digital
Fecha: 03/05/2026 13:19
Los intelectuales pertenecen al tipo humano que tiene disposición natural, aunque no exclusividad, para formular doctrina. Así fue en las sociedades tradicionales, que supieron mantener sus principios y guiarse por ellos. Hoy en día, por vivir en democracia al menos en teoría, todos estamos autorizados para formular doctrina, cualquiera sea nuestra condición, aunque no seamos capaces. Pero en la práctica formulan la doctrina el poder, los banqueros, los políticos, los agiotistas y sus voceros onerosos o gratuitos. Es un riesgo grave porque la doctrina, a partir de ese origen, se convierte en emocionalismo, argucia, pelea, moralismo, fragmentación, creencia en que la luz sale del diálogo o de la lucha según la preferencia o disposición de cada uno. Conoceréis la verdad Modernamente, los gobiernos de cualquier raigambre, ayudados por la tecnología, son capaces de introducirse metódicamente hasta en la lengua y el cerebro de los gobernados. Estados que promovían la delación como el nazi, y los posteriores que abominaron al nazismo con estrépito pero copiaron sus métodos con sigilo, disponen de un poder capaz de controlar, oír, fotografiar, filmar y archivar a todos y cada uno de sus ciudadanos sin que lo adviertan ni lo puedan evitar. Si alguien no puede decir sin riesgo a su vecino lo que piensa no tiene libertad de expresión; si no puede publicar no tiene libertad de prensa. Libertad de expresión ha existido siempre que no puso en peligro al grupo propio, al Estado, a la facción, al partido, a la nación. Hoy, cuando el Estado se entromete en casi todo y todos esperamos que algo caiga de sus manos, el poder tiene en un puño a la libertad. Los propietarios de medios hacen valer la libertad de empresa, que mantienen confundida con la de prensa e incluso con la de expresión. El lingüista norteamericano Noam Chomsky observó en uno de sus libros de crítica política que los dueños de medios, grandes o chicos, no venden noticias (consideradas mercancías según el reduccionismo liberal): venden gente. Esto se entiende: nadie sale a vender las noticias que produce. En cambio le dice a la Coca Cola o la verdulera del barrio que tiene 200 millones de espectadores o que a su revista la leen todas las clientas de la cuadra. Venden gente con poder de compra, no noticias. La verdad no es cuestión de mayorías ni de temperamentos; cada cual tiene su camino hacia ella: conocimiento, devoción, acción. Los periodistas no son los que meramente informan, son los únicos intelectuales de nuestro tiempo que tienen público masivo. Y son los encargados por delegación de formular doctrina. Esta declinación intelectual es impulsada por un poder que metafóricamente iguala, nivela, parasita y mata. Pero cuando muere el animal parasitado, con frecuencia muere también el parásito. Objetividad y mito Hace poco tomó forma la idea de que la objetividad periodística es un "mito", en el sentido de falsedad, dentro de la teoría más amplia que niega la objetividad en general junto con los valores universales, y deja subsistir solo las opiniones personales confundidas con verdades. La posmodernidad se expresa en este terreno dando carácter de mito a la objetividad. Las ideas posmodernas consideran anacrónico que el periodista como sujeto observe algo externo a él, algo que estaría ya configurado como objeto del conocimiento y que se pueda transmitir sin distorsión. En contraposición, el sujeto participaría de la realidad que observa y que su sola presencia como observador modificaría. Esta hipótesis está tomada del nivel subatómico de la física, el nivel cuántico, pero es difícil hacerla pasar como significativa siquiera a nivel molecular, para no decir nada de las realidades masivas entre las que nos movemos habitualmente y de las que nuestro cuerpo es una. Los fenómenos subatómicos son trasladados al nivel periodístico: no existe conocimiento de la noticia sin modificación de la realidad comunicada por intervención del periodista. Otra falsedad, según los posmodernos, es que el periodista no tiene punto de vista propio para abordar la información o que no puede prescindir de él cuando informa. En síntesis, la objetividad es imposible según las "modernas teorías del conocimiento" de base científica extrapolada, que están más cerca de la moda que de la ciencia. Justamente la ciencia física más acreditada trata en medio de los fenómenos cambiantes de buscar un invariante, ponerse en un punto de vista absoluto, que Einstein encontró en la velocidad de la luz, un valor que permanece sin cambio cualquiera sea la deformación que pueda introducir el punto de vista particular. La posibilidad de un observador, por ejemplo un periodista, de influir decisivamente en el objeto o proceso natural o social que observa puede ser muy grande, pero dependerá de su manera de observar, de su significado en el medio observado o de su propósito de interferir. Si entramos sin hacer casi ruido en la habitación donde duerme un bebé no lo despertaremos, pero otro será el caso si entramos a los gritos pateando las puertas. La aproximación de alguien afectará al durmiente, pero está en cada uno proceder de manera de afectar o no al niño. Cuando el periodista compra un kilogramo de harina no entiende que su mano tendida hacia el paquete pueda afectar el peso, aunque sea así en el nivel de lo pequeñísimo, donde no podemos hacer experiencia directa. Se puede suponer con razón que aunque la afectación exista es tan pequeña que recibirá su kilogramo medido con "objetividad". Tomar como válido que no hay objetividad posible implica un deseo no confesado de dejar de lado toda objetividad, lo que nos llevaría a aceptar medio kilo por un kilo sin sentirnos estafados o sin medios de descubrir la estafa. Este punto de vista no convencerá a las amas de casa ni a los molineros por mucho que éstos se sientan interesados en el tema. Eliminar, encubrir o deformar intencionalmente las cosas no es periodístico ni objetivo, pero no cabe confundir la mentira deliberada y desembozada con la imposibilidad teórica de llegar a la objetividad, a los hechos en sí mismos, fuera de nosotros, preexistentes a la observación por la que los conocemos. Quien sabe que algo es falso y procura engañar con ello sabe también que hay algo que no es falso o bien carece de todo criterio para distinguir lo verdadero de lo falso o de jerarquizar la opinión. Otro aspecto de la cuestión es el observador como robot sin preferencias ni ideología. Este robot tampoco alcanzaría la objetividad. Pero si se trata de personas, la calidad se aprecia ante todo por la capacidad de cada uno de dejar de lado sus propios intereses y aceptar los datos verificables como se presentan, sin quitarles ni agregarles nada intencionalmente. Puede argumentarse si esto es o no posible, pero si hay quienes no consiguen nada por este camino y no son de confianza, hay otros que obtienen resultados notables. A estos se los ha llamado "observadores entrenados", que en épocas en que era más difícil que ahora ser testigo presencial eran muy valorados por los gobiernos porque eran capaces justamente de proporcionar datos "objetivos" en que creer y en que fundar medidas de gobierno. La justificación del proselitismo Un periodista, rechace o no la objetividad, está obligado a ser un "observador objetivo" en este sentido o de lo contrario tratar de que no se note la intención proselitista. No debe ocultar semejante intención porque sencillamente no debe existir. Aunque los periodistas tengan la misma ideología que sus seguidores y éstos los prefieran por eso, deberían obtener de la prensa algo más que lo que fueron a buscar a ella. Seguramente durante el nazismo, por ejemplo, había periodistas. Todos eran nazis, forzados o no. Ninguno podía apartarse del modo de ver dictado por el poder y nadie hubiera debido creer sinceramente en ellos, y sin embargo muchos creían. Eso se debe a que por encima de la relatividad y de la subjetividad, de la fuerza bruta o de la dispersión sin fin, hay otra instancia que la gente que recibe las noticias conoce de una u otra manera, oscura o claramente, y es lo que no hace tan fácil engañarlos. De la Redacción de AIM.
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