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  • Fue desertor, capellán, profesor y cirujano en la guerra de Corea: la increible vida del camaleón impostor

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    Fecha: 03/05/2026 07:03

    La crisis de 1929 Ferdinand Waldo Demara Jr. nació en Lawrence, Massachusetts, en diciembre de 1921. Lawrence era una ciudad textil, obrera y de inmigración, hecha de fábricas, parroquias, barrios de distintos niveles sociales y una vida pública muy ordenada. En ese mundo, el apellido, la casa donde uno vivía, el trabajo del padre y la pertenencia religiosa importaban mucho. Él se llamaba igual que su padre, que trabajaba como operador de proyección cinematográfica en el viejo barrio de teatros de Lawrence. Un hombre ambicioso y con afán de ascenso. La madre, Mary McNelly, era de formación católica rígida y tradicional. La gran ruptura de esos primeros años llegó con la Gran Depresión financiera de 1929, la miseria y la desocupación. El padre de Demara perdió casi todo y la familia tuvo que mudarse a una zona más pobre de la ciudad. Para un chico que había conocido una etapa mejor, la caída económica se vivió como falta de dinero, pérdida de rango, de posición, de imagen ante los demás. El pequeño Ferdinand, además, abandonó la escuela a los 14 años. El quería ocupar lugares prestigiosos, pero no estaba dispuesto a seguir el trayecto largo. Tenía una relación conflictiva con el tiempo de aprendizaje, con la subordinación y con la espera. La vida en el convento A los 16 años, se escapó de su casa para entrar en una comunidad de monjes cistercienses o trapenses en Rhode Island, mintiendo sobre su edad para que lo aceptaran. Los trapenses o cistercienses no eran curas de parroquia ni profesores religiosos comunes. Eran monjes de vida cerrada, con disciplina severa, silencio, oración, trabajo y obediencia. Para un muchacho, irse a un monasterio de ese tipo no era una aventura ligera ni una ocurrencia pintoresca. Era un movimiento drástico. Significaba dejar la casa, dejar la vida común y tratar de entrar en una institución donde la personalidad individual debía quedar sometida a una regla estricta. Demara oscilaba entre la fuga del mundo ordinario y la búsqueda de instituciones muy jerárquicas y muy cargadas de prestigio moral. Ese paso por el monasterio también permite ver otra cosa. Incluso antes de hacerse famoso por sus grandes suplantaciones, Demara ya mostraba una facilidad para cruzar fronteras de identidad. Un adolescente común puede fantasear con ser otra persona. Demara, en cambio, actuaba. Se iba. Mentía sobre datos esenciales. Trataba de ingresar en mundos que no le correspondían por edad ni por trayectoria. Todavía no estaba operando como falso médico ni como falso policía, pero ya estaba ensayando una conducta que sería típica de su vida adulta: detectar una institución con prestigio, presentarse de la manera adecuada y ocupar un lugar para el que no había recorrido el camino regular. Durante un tiempo, Demara se adaptó al entorno de esa orden religiosa; tenía la capacidad para sostener conductas ordenadas, pero la experiencia no se prolongó. Comenzó a moverse entre instituciones religiosas y educativas con distintos grados de formalidad, intentando reinsertarse en ámbitos donde el título, el hábito o la pertenencia institucional otorgaban reconocimiento inmediato. El elemento religioso fue central en esta etapa. El hábito funcionó como una señal visible de pertenencia que redujo el cuestionamiento externo. Pero la permanencia de Demara en estos espacios fue siempre limitada. Cada intento terminaba en abandono o en desplazamiento hacia otro ámbito. No hay registros de expulsiones formales en todos los casos, pero sí una secuencia de entradas y salidas que muestran su falta de voluntad para sostener una trayectoria continua dentro de una misma institución. La vida en la Marina Hacia comienzos de la década de 1940, esa forma de moverse entre instituciones empieza a combinarse con otro elemento: la inserción en estructuras estatales o militares. El paso fundamental fue hacia la marina estadounidense en 1942. La época era la Segunda Guerra Mundial, cuando el país movilizó grandes cantidades de personal y las instituciones militares funcionaban con procesos de incorporación acelerados y escasa verificación de antecedentes. Demara entró en ese sistema utilizando su identidad real. En ese momento, todavía no necesitaba suplantar a otra persona para entrar en una estructura jerárquica. Durante su tiempo en la marina, cumplió funciones básicas propias de un recluta sin formación técnica específica. Ese rol subordinado fue uno de los factores que precipitaron su decisión de desertar. Desde entonces empezó a operar con identidades asumidas. Hacia el final de la guerra, su situación era la de un desertor con experiencia militar, sin formación académica, con antecedentes que limitaban el uso de su nombre propio y con un conocimiento práctico de cómo funcionan las jerarquías institucionales. Entre 1945 y comienzos de la década de 1950, Demara perfeccionó el siguiente método: sin tecnología sofisticada ni documentos falsificados con alta complejidad técnica, combinó una aguda observación, apropiación de identidades reales y aprovechamiento de las fallas del sistema. El doctor Joseph Cyr Demara utilizaba la identidad de personas reales, con trayectoria verificable, preferentemente vinculadas a la docencia, la medicina o la vida religiosa. La razón era concreta. Una identidad real ya tiene historia y antecedentes. Si alguien consultaba superficialmente, el nombre funcionaba porque pertenecía a alguien que existía. Otro elemento de su estrategia era la forma de presentarse, que combinaba seguridad y lenguaje adecuado. No se comportaba como alguien que pide permiso para ocupar un lugar, sino como alguien que ya pertenecía a él. La Guerra de Corea, iniciada en 1950, generó una demanda urgente de personal médico en las fuerzas armadas. Esa necesidad concreta redujo los tiempos de verificación administrativa y amplió el margen de incorporación de candidatos que, en condiciones normales, habrían sido sometidos a controles más estrictos. Demara vio la oportunidad. Se presentó como el doctor Joseph Cyr, un médico canadiense real. De esta manera, ingresó en un sistema que exige título profesional, conocimiento técnico y responsabilidad directa sobre la vida de los demás. El riesgo era mayor, pero también lo era la oportunidad. Un médico en contexto de guerra no era una posición central, con autoridad inmediata y acceso a decisiones críticas. Demara se presentó como Cyr, aportó la información necesaria para parecer consistente y logró ser aceptado dentro de la estructura médica de la Marina Real Canadiense. Leé también: El crimen de Ursula Herrmann, el caso que conmovió a Alemania y que 45 años después aún despierta sospechas El punto decisivo era su asignación al destructor HMCS Cayuga, una unidad naval canadiense desplegada en la zona de guerra. Allí, Demara fue médico de a bordo. Un cirujano en un buque militar no tiene supervisión constante como en un hospital civil. Debe tomar decisiones rápidas, muchas veces sin consulta previa, y ejecutar procedimientos que pueden o no salvar vidas. Para poder sostenerse ese rol, Ferdinand Demara aplicó una variante más exigente de su método. Ya no alcanzaba con dominar el vocabulario general de una profesión. Necesitaba comprender procedimientos específicos. Estudió manuales médicos antes de intervenir y se apoyó en textos disponibles para preparar cada caso. Esto no equivalió a una formación médica formal, que requiere años de estudio, práctica supervisada y acreditación. En su mente, el objetivo no era convertirse en médico sino ejecutar correctamente una serie de acciones bajo presión. Durante su tiempo en el Cayuga, Demara atendió a marinos y a heridos provenientes de operaciones en la península coreana, del propio buque y de otros. Entre las intervenciones que realizó hubo extracciones de proyectiles, quebraduras expuestas y amputaciones. Algunas fuentes institucionales y testimonios posteriores coinciden en que ejecutó múltiples cirugías con resultados satisfactorios, lo cual explica por qué no fue descubierto de inmediato. Si sus intervenciones hubieran producido resultados sistemáticamente negativos, la reacción habría sido más rápida. El hecho de que sus pacientes se recuperaran en varios casos contribuyó a sostener su credibilidad dentro de la tripulación y entre sus superiores. El descubrimiento La impostura comenzó a desmoronarse no por un error técnico en una intervención, sino por la exposición de su identidad. Era tan bueno que su fotografía apareció en varios periódicos como el buen doctor que había salvado vidas a bordo de la nave. El verdadero Joseph Cyr, o personas vinculadas a él, detectaron que su nombre estaba siendo utilizado por otro. La presencia de un impostor en un rol médico en la guerra adquirió dimensión pública. La Marina Real Canadiense confirmó que el doctor no era quien decía ser. La reacción de la marina no se orientó en primer lugar a iniciar un proceso penal complejo en territorio canadiense, sino a remover de inmediato a Demara del sistema. Fue retirado de su posición en el Cayuga. La decisión final fue expulsarlo de Canadá y llevarlo a los Estados Unidos. Las mil caras de Demara Jr. y su pasado como desertor Con el nombre de Robert French, que era el nombre de un médico real, viajó a Chicago y estudió filosofía y ética en la Universidad DePaul. Sobresalió en los estudios, y luego se fue. Reapareció en Erie, Pensilvania, enseñando psicología en una universidad, y luego se mudó a Los Ángeles, donde trabajó un tiempo como auxiliar médico en un sanatorio. Siempre con el nombre y las credenciales de French, consiguió otro trabajo como profesor de psicología en una universidad del estado de Washington. Aunque nunca había estudiado psicología en profundidad, simplemente mantenía sus estudios un capítulo por delante de sus alumnos en el libro de texto. Le gustaba Washington, disfrutaba de la docencia y cometió el error de acomodarse. Se hizo amigo del sheriff local, Frank Tamblin. El sheriff lo nombró ayudante especial, y Fred pronunció discursos apoyando la candidatura del sheriff a la reelección. Pero en los Estados Unidos había quedado pendiente desde la década de 1940 su deserción de la Marina. Ferdinand Demara fue detenido por su amigo, el sheriff Tamblin. La deserción ofrecía una base jurídica directa. El proceso en su contra por desertor avanzó hasta la condena de 18 meses de prisión. Un incorregible La cárcel interrumpió su actividad, pero no desarticuló el conjunto de sus habilidades de suplantación. Por eso, apenas salió libre, ya en 1955, retomó su método: no viviría como Ferdinand Demara. Se desplazó, como siempre, por ámbitos educativos y religiosos. Demara dictó clases de psicología, latín y filosofía. Para sostener su papel de profesor, aplicó el mismo principio que había utilizado en otros contextos: dominar el contenido suficiente para no ser cuestionado en el corto plazo. A lo largo de estos años, hasta 1960, la duración de cada una de sus imposturas tendió a ser mayor que en etapas anteriores, pero siguió siendo limitada. El patrón se repetía: ingreso convincente, desempeño inicial aceptable, acumulación de credibilidad y, finalmente, ruptura cuando la verificación se volvía más profunda o cuando su pasado comenzaba a ser conocido en el entorno. Tal vez advirtió que no podía seguir suplantando identidades todo el tiempo; tal vez influyó su cada vez más publicitado rol como falso médico militar en la guerra de Corea; lo cierto es que Demara decidió convertir su vida en un relato público. Participó en la reconstrucción de su trayectoria, aportando información que luego fue organizada por el periodista y escritor Robert Crichton. El resultado fue el libro The Great Impostor, publicado en 1959. Este texto es una biografía estructurada que presenta su vida como una secuencia coherente de episodios, con nombres, lugares y situaciones identificables. La publicación tuvo dos efectos simultáneos. Por un lado, fijó los hechos en un formato accesible para el público general. Por otro, dificultó hasta eliminar la posibilidad de que Demara volviera a suplantar identidades. La vida de Demara Jr. al cine La repercusión del libro generó el interés de la industria cinematográfica. En 1961, se estrenó una película sobre su vida: The Great Impostor, protagonizada por Tony Curtis. La película tuvo consecuencias directas sobre su vida. Su rostro, su nombre y su historia circularon por todos lados y cualquier intento de presentarse en una institución bajo otra identidad ya fue imposible. Desde el punto de vista económico, la publicación del libro y la adaptación cinematográfica le generan ingresos, aunque no de manera ilimitada ni permanente. Durante los años siguientes, Demara se vinculó nuevamente con el ámbito religioso, pero en una forma distinta a la de su adolescencia. No se trató ya de un intento de ingresar en una orden monástica estricta ni de ocupar un lugar mediante engaño, sino de una inserción más directa en funciones pastorales. Se convirtió en capellán en un hospital de California, desempeñando tareas de acompañamiento espiritual a pacientes, asistencia en momentos de enfermedad y participación en la vida institucional del establecimiento. Su pasado como impostor no desapareció en esta etapa, pero dejó de ser el motor de su actividad cotidiana. En el plano personal, esta etapa muestra una vida más contenida, sin la movilidad constante que había caracterizado su trayectoria. No hay registros de grandes episodios públicos, ni de nuevas identidades que generen escándalo, ni de intervenciones en ámbitos de alta responsabilidad técnica. Su presencia se concentró en el hospital donde trabajaba y en el entorno inmediato que lo rodeaba. Este tipo de estabilidad no implicó necesariamente una transformación profunda de su personalidad, pero sí un cambio en las condiciones en las que vivía y actuaba. Demara Jr., un caso extraño Al preguntarle por qué había llevado una vida de esa forma, viviendo muchas vidas en una, él contestó: Picardía, sólo picardía. Nunca trató de hacerse rico con sus suplantaciones. Le importaba más el prestigio y la respetabilidad que obtenía que el dinero que pudiera sacar. Un dato curioso es que los distintos jefes y compañeros que tuvo a lo largo de su vida lo consideraban un buen trabajador y una buena persona, y se sorprendieron mucho cuando descubrían que en realidad no era quién decía ser. Leé también: Secuestros, asesinatos, crisis internacional y suicidios en las cárceles: así fue el Otoño alemán de 1977 Tener que vivir sus últimos 20 años con su nombre verdadero y su reputación a cuestas fue el mayor castigo para un camaleón que, según sus palabras, sólo buscaba el respeto de sus semejantes. Murió el 7 de junio de 1982, en Anaheim, California, a los 60 años. La causa de su muerte está vinculada a problemas cardíacos. No hay constancia de que haya contraído matrimonio alguna vez ni de que hubiera tenido hijos. Su figura quedó asociada de manera permanente a sus imposturas. Un amigo dijo: «Fue el hombre más triste e infeliz que he conocido».

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