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  • Comer en la bici y pedalear con lluvia por $35 mil: el día de un analista de datos que trabaja como delivery

    » TN

    Fecha: 03/05/2026 07:03

    Son las 7 de la mañana de un lunes de abril. Despierto con una lluvia tupida y constante que me da cierta satisfacción: hoy no hay que ir a pedalear. Es bastante más temprano de lo pactado pero para confirmar mi suposición le escribo un WhatsApp a Agustín lo llamaremos así para preservar su identidad. Responde al instante: -Si, con lluvia salgo igual. Mejor, de hecho, porque pagan más. La conjetura obvia, casi instintiva, de que si hay una excepcionalidad la paga será mayor -al menos hoy- choca con el principio de realidad. No habrá ni grandes propinas ni bonos extras. Rappi le va a pagar al final de la jornada algo así como 35 mil pesos por siete horas de trabajo en bicicleta y bajo lluvia. En realidad, le va a transferir el acumulado de lo trabajado una semana después. A fin de mes va a cobrar alrededor de 700 mil pesos. Casi 2 millones de pesos menos de lo que ganaría hoy si no lo hubieran despedido de la Superintendencia de Riesgo de Trabajo de la Nación. Acá, en este trabajo medieval al servicio de la última tecnología, en esta tracción a sangre a merced del algoritmo, siempre es alrededor, cercano, aproximado. La paga, las horas, el destino, la seguridad. El trabajo -todo- es incertidumbre. Es probable que varias de las normas laborales que -según la Justicia- Rappi incumple en la provincia de Buenos Aires hayan pasado por la computadora de Agustín en alguno de sus días como analista de datos de la SRT. Del otro lado de la pantalla la cosa cambia; el portón se abre hacia otra dimension. El cliente, sobresaturado de certezas, se distrae scroleando otras pantallas mientras controla los movimientos del rider, elige lo que va a almorzar, qué shampoo va a usar. Mientras decide cuál será la compra de la semana. De todo se va a encargar Agustín. Cada tanto, para calmar los arranques de ansiedad, el cliente chequea la app del delivery. Hora de llegada. Etapa en la que está el envío. Su rappi está en camino. Nombre y número de teléfono del repartidor. -Lo que más odio es cuando te mandan a hacer las compras en los supermercados. Tenés que ir por las góndolas, muchas veces el producto que pidieron no está, se pierde un montón de tiempo y cobrás siempre lo mismo. En 2018, cuando se instaló en Argentina, Rappi pagaba 1,42 dólares por viaje mínimo a cada repartidor. Les daba un curso de capacitación y les proveía de campera, gorra, y la posibilidad de alquilar la caja. Y un lugar -una oficina- a donde descargar quejas y reclamos. Hoy las cosas son bien distintas y el mínimo no supera los 0,8 centavos de dólares. Agustín tiene 48 años. Todas las mañanas se sube a la bicicleta y sale desde su monoambiente de San Cristobal hacia Barrio Norte porque, después de estudiar la relación entre el algoritmo y las distancias, entendió que es la zona que mejor le queda para trabajar. Por lo general, divide su franja horaria en dos. Comienza a las 9 de la mañana, se come dos banas (hasta entrada la tarde no va a tener tiempo para comer) y empalma con la hora que su hija sale del colegio. A las 16 exactas tiene que estar en la puerta. Y antes tiene que pasar por su casa, comer algún sanguche veloz, y transformar su bicicleta de trabajo en bicicleta de padre. Dejar esa mochila gigante foscorescente y colocar la silla donde se sentará su hija. Esa caja, que hace 8 años se alquilaba por 300 pesos, hoy se tiene que comprar por 60 mil. Cuando cae el sol vuelve a trabajar en el prime time de los repartidores; de 20 a 23. A menos que sea un día como hoy, que su ex mujer se encarga de su hija, y pueda pedalear sin pausa ni cortes hasta la noche. Si es un buen día, con lluvia, buenas propinas -mucha suerte- y logra pedalear entre 8 y 12 horas podría ganar cerca de 50 mil pesos. Por el momento sus 6 o 7 horas partidas le dan bastante menos. Y hoy no será el mejor de los días. Estamos en la zona más exclusiva del barrio de Retiro. Faltan algunos minutos para el mediodía. En una esquina los mozos de un café de especialidad caminan eléctricos entre las mesas. En la otra esquina, la plazoleta donde funcionaba la Embajada de Israel hasta su atentado en 1992 sólo tiene ocupado algunos bancos; son un puñado de valientes que confían en el azul repentino del cielo. Se equivocan. En esta otra esquina, en un edificio rodeado de galerías de arte, Agustín sube unas escaleras con bordes dorados hasta llegar al portero eléctrico para entregar su pedido. Toca timbre, atiende una persona. Dice que no pidió eso. Pidió a una verdulería. El chico que tiene ese pedido también se confunde. Nadie entiende a qué piso tiene qué ir. El tráfico de la calle llega hasta la puerta del edificio. Agustín no le va a ver nunca la cara al cliente. El portero recibe su paquete y el de la verdulería. Algo parecido le sucedió hace poco durante un reparto nocturo en Puerto Madero. Dejó el pedido de una parrilla, un corte de asado y uno de vacío, y antes de volver a colocarse la mochila escuchó una infidencia espontánea del portero: Este piso es de Fausto Vera, el jugador de River. Agustín tuvo que buscar en internet para develar la importancia del secreto. También empezó a comprender uno de los principios de este nuevo capitalismo con tracción a sangre: los ricos no se ven; se muestran. El cliente de Retiro había comprado un shampoo y un perfume en una farmacia de Congreso: a 3.1 km de distancia. Siempre son, en rigor de verdad, dos viajes. Uno hasta llegar al local y otro hasta el cliente. Hoy es miércoles; la zona está vallada por el reclamo semanal de los jubilados. El caos gobierna la ciudad. Esquivamos autos con la normalidad con la que, hasta hace muy poco, Agustín esquivaba compañeros para ir al baño; para bajar a fumarse un cigarro, para ir a buscar su tupper a la cocina. Tardamos unos 40 minutos en hacer todo el recorrido. Por esa entrega, Rappi le pagó a Agustín 1200 pesos. Se convirtieron en 3000 pesos por la propina. Me muestra el historial de los pagos. Ninguno pasa de los 8 mil pesos, entre propina y el viaje. Agustín se toma este trabajo con serenidad, a pesar de la diferencia económica, el riesgo físico y la informalidad que implica ser un rider de Rappi. Lo guían dos propósitos muy claros. -Sé que esto es temporal. Solo tengo que evitar matarme y seguir estudiando hasta que me salga otra cosa. La empresa demora al menos una semana en pagar a los repartidores y a los locales. Esto no es un caos organizacional sino una estrategia financiera. En el medio, Rappi se queda con el dinero de un lado y de otro. Dinero que, en el mercado financiero, puede marcar una diferencia mayor al negocio del reparto de comida. Dice Agustín. Es cierto que esto es, de alguna manera, estar en las últimas; pero de las últimas me parece algo que puedo hacer con facilidad y sin la sensación de encierro. Entiendo que te retengan el valor del viaje porque es su negocio. Pero por qué nos retienen una semana la propina; eso sí es un robo. El punto de encuentro con Agustín es el estacionamiento que comparten un supermercado y una casa de comida rápida sobre la avenida San Juan. Tiene espacio para dejar las bicicletas y guaresece de la lluvia bajo un techo de plástico; clave para una mañana como esta. Cuando habla, a veces tiene que levantar un poco la voz para que no lo tapen los gritos y las carcajadas del grupo de venezolanos que van y vienen con cajas de todos los colores. Algunos en bicicleta, otros en moto, uno en monopatín. Lo más extremo que vi fue uno en silla de ruedas con la mochila de Pedidos Ya, dice mientras piensa y ordena los hechos que lo precipitaron en este estacionamiento. Leé también: Crean una Inteligencia Artificial que usa publicaciones de Twitter para estimar la tasa de desempleo A los 30 años entró a trabajar a la Superintendencia de Riesgo del Trabajo. Poco antes de que terminara la licenciatura en Comunicación Social, sus jefes se dieron cuenta de su habilidad para organizar y procesar datos. Se transformó en un empleado fundamental y comenzó a dar seminarios y charlas en todo el país; tareas que combinaba con su actividad sindical como delegado de ATE. Todo se tensionó con las autoridades cuando decidió judicializar el reclamo por un bono que el gobierno nacional le retiró a los trabajadores del organismo. Era 2014 y ese hecho -diez años después- convertiría su oficina en un campo minado. Se acercaban los últimos días de octubre de 2024. Agustín pensaba en sus planes más inmediatos: los festejos de su cumpleaños número 47. Tenía un problema de espacio. Su monoambiente en San Cristobal -a donde se había mudado para estar cerca del trabajo- le quedaba chico para invitar gente. La cuestión laboral lo tenía, de alguna manera, tranquilo. Ya había pasado la primera oleada de despidos masivos impulsados por el gobierno de Javier Milei. Y había sobrevivido. También había sobrevivido a la de Mauricio Macri. El viernes previo al cumpleaños, minutos antes de irse de la oficina, alcanzó a leer el último mensaje que había entrado en su correo institucional. Era un mensaje de la propia Superintendencia. Decía. ¡La superintendencia de riesgo de trabajo te desea un muy feliz cumpleaños, Agustín! Al llegar a su casa se encontró -tirado en el piso- un papel con un aviso del Correo Argentino. Tenía que pasar por las oficinas antes de las 18 para retirar el telegrama. -En ese momento me preocupé un poco pero no me hice tanto la cabeza. El lunes fui directamente al laburo, tranquilo, sin pensar nada extraño. Me duró poco. Esa mañana, como todas, prendió la computadora, escribió su correo institucional -ese mismo donde todavía descansaba el mensaje de feliz cumpleaños-, puso su clave. No tuvo acceso. Probó otra vez. Nada. Otra vez, la tercera, nada. -Pensé que había puesto mal la contraseña y se me había bloqueado el usuario. Así que fui a informática. Es algo que suele pasar. No. El problema no era la contraseña. El problema, para las autoridades del nuevo gobierno, era él. El argumento que le dieron fue ese juicio que había quedado pendiente desde hacía años. Su pasado como representante sindical tampoco lo ayudaba Agustín no tuvo margen. No lo sabía pero esa misma mañana, antes de entrar a la oficina, ya era un desempleado. -Al principio no me pegó tanto. Agarré mis cosas, saludé a mis compañeros y bajé. Pero cuando puse el dedo para salir, no funcionó. Tuve que irme por el lado de las visitas; después de quince años. Ahí se me cayó toda la tristeza encima. Su modo de contratación era algo bastante parecido a estar en planta permanente. Era un empleo en blanco. Hizo las cuentas de la indemnización que le correspondía. No estaba mal, podría aguantar un tiempo largo. Otra vez, las cosas no salieron como esperaba. La inflación en pesos y en dólares lo pulverizó. Si en seis meses no consigo nada, me subo a la bicicleta, fue lo primero que pensó. Seis meses después, tuvo que cumplir con el plan. El poco tiempo que no está sobre la bicicleta ni con su hija, lo dedica a formalizar la experiencia en procesamiento de datos. Toma cursos online, seminarios; escucha charlas, lee sobre programación. Y, por las dudas, también se anotó en el profesorado de Comunicación. A los 48 años, Agustín se encuentra en una rueda que cada vez gira más rápido y que tiene poco de virtuosa. Para conseguir un trabajo mejor tiene que formarse; para formarse necesita tiempo y plata; para eso necesita trabajar más tiempo. ¿Cómo hace una persona para escapar -en la Argentina de hoy- a esa fuerza centrífuga que los clava en lo más bajo de la pirámide social? De un minuto a otro, pasó de tener un trabajo registrado, con aportes jubilatorios y cargas sociales, a ser un desempleado sin capacidad económica de pagar el monotributo. -El trabajo estable me ordenaba. Me daba -sobre todo- previsibilidad; podía pensar a futuro. El hecho de que este tipo de trabajo como repartidor no me genere ningún tipo de aporte también me preocupa bastante, en el corto y en el largo plazo. Rappi se convirtió en la última red antes de caer al piso. Una especie de plataforma para el blanqueo del trabajo no registrado. No piden monotributo ni otro documento más que un par de fotos del DNI que, una vez subidas a la app, deja todo listo para empezar a repartir. Según los números de la compañía, en el último año se registraron más de 90 mil nuevos repartidores y se calcula que hay unos 150 mil en actividad o semi actividad. Cada repartidor recibe un número de ID, que no implica la cantidad lineal de usuarios en actividad pero que ayuda a dimensionar la magnitud del crecimiento. Cuando yo mismo me bajé la app de Rappi en 2018 para contar la aparición del fenómeno en la Revista Anfibia, mi ID era 9133. El número de ID de Agustín, que comenzó en 2025, supera los 651 mil. Los 600/700 mil pesos que hace por mes no le podrían alcanzar nunca para pagar el alquiler de 450 mil pesos y las expensas, que equivale más o menos la misma cifra. Y, además, vivir. Desde que lo despidieron, su familia lo ayuda. Su papá, un abogado jubilado, le paga el alquiler. Ahora, a medida que nos filtramos una y otra vez entre el tránsito, el miedo a quedar aplastado se vuelve tengible. Las paredes de los colectivos se nos vienen encima como montañas que se derrumban. Me doy cuenta del riesgo al venir sin casco. Tomo conciencia y veo que Agustín es de los pocos repartidores que lo usa. Como todos los elementos de seguridad y de trabajo, lo compró él mismo. Agustín se convirtió en un acróbata sin darse cuenta. Con una mano sostiene el teléfono y escrolea para ver la dirección, decidir si toma o no el pedido, y pensar en el mejor camino. El GPS sabe de tránsito pero desconoce la sensación de ser aplastado por una montaña de colectivos. La Superintendencia de Riesgos del Trabajo es el organismo del Estado Nacional encargado de regular, supervisar y controlar el sistema de prevención de accidentes laborales y enfermedades profesionales. Agustín trabajó 15 años en este organismo. Rappi es una empresa de origen colombiano, ideada en Silicon Valley. En la Argentina acaba de sufrir un revés judicial en la Suprema Corte de Justicia bonaerense por la cual tendrá que pagar una multa de más de 16 millones de pesos. El tribunal confirmó las inspecciones y las multas que la Provincia de Buenos Aires le había impuesto por inumplimentio en la prevención de accidentes laborales. Agustín trabaja para (en) esta empresa desde abril de 2025. El fallo dice que una de las razones fue no haber presentado las constancias de entrega de elementos de protección personal exigidos por la Res. N° 299/11 de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo a los mentados trabajadores. Leé también: Crecimiento y trabajo de calidad, el desafío estructural del mercado laboral Seguimos en Recoleta. Agustín me avisa que tiene que ir hacia un restaurante un poco más alejado; pasando el Patio Bullrich. Como una marea silenciosa, casi amable, el algoritmo nos va llevando lejos del punto inicial. Hace cuatro horas que estamos pedaleando. Tengo sed, hambre. Me dan ganas de decirle, hagamos un descanso, tomemos un café. La lluvia ya cae fuerte; no para ni va a parar hasta la noche. Agustín tampoco.

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