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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 03/05/2026 04:03
El jueves pasado, mientras el jefe de Gabinete batallaba por su supervivencia en la Cámara de Diputados, el presidente Javier Milei intentaba defender, en otra tribuna, su propio derecho a insultar, el mismo que había ejercido, un rato antes, cuando le gritó chorros a los periodistas que querían preguntarle por el desempeño de Manuel Adorni. Es interesante reproducir lo que dijo porque se trata como tantas veces ocurre con el discurso político- de un intento arduo y, a la vez, infantil por explicar lo inexplicable. Milei dijo: PUBLICIDAD -A veces me encuentro con: No, Milei me dijo tal cosa. Y la pregunta: ¿Vos qué le dijiste? Como concepto. Digo, por lo sensibles que se ponen algunos. Aparte, si yo les digo cualquier cosa a ustedes, no afectó ni su vida, ni su libertad, ni su propiedad. Y ustedes me pueden decir exactamente lo mismo. También yo les puedo contestar. Es parte de la vida. Y no se afecta ninguno de los derechos naturales. No voy a aceptar la psicopateada ni de los kukas ni de los mentirosos de los periodistas. -Este último grupo, despreciable en un 95%, hablan de mis respuestas y no dicen el montón de mentiras, calumnias, injurias y todo tipo de barbaridades que dijeron de mí, de mi familia, de mis hijitos de cuatro patas. Me han acusado de incestuoso, zoofílico, pedófilo, de todas cosas. Por lo tanto, creo que tengo derecho a defenderme. ¿O el principio de no agresión ustedes qué creen que es? Ustedes pueden contestar. No es que los periodistas pueden pegar y decir cualquier mentira y ustedes se la tienen que aguantar. Y eso no afecta la libertad de expresión. PUBLICIDAD -Y si creen que hay una cuestión de asimetría, ¿en qué cosa les ejercí violencia? En ninguna. Digo, por los llorones estos que están todo el día llorando. Y si es asimetría, entonces quiere decir que ellos ejercían asimetría directa cuando yo no tenía cargo. A primera vista podría parecer una argumentación lógica: un presidente, como cualquiera, tiene derecho a devolver golpe por golpe, agresión por agresión. Pero, ¿es eso lo que ocurre realmente? Estas últimas semanas han sido pródigas en ejemplos para entender la verdadera lógica presidencial. PUBLICIDAD Laura Di Marco, por ejemplo, consideró que Santiago Caputo estaba a punto de quedar afuera del Gobierno. No insultó a nadie. Milei le respondió con varios tuits donde le decía, una y otra vez, roñosa. Carlos Pagni informó que el salario real registrado había caído desde diciembre de 2023, algo matemáticamente indiscutible. Milei: Delincuente, basura, operador serial, malparido, operador de cuarta, basura asquerosa. Luciana Geuna difundió una ingenua filmación de pasillos de la Casa Rosada. Milei posteó su imagen esposada, vestida con uniforme de presidiaria y amenazó con detenerla. Liliana Franco informó que el Gobierno analizaba la posibilidad de desplazar a Adorni del cargo. Milei: Pluma mugrosa. Ari Lijalad fue el que descubrió la manera en que Santiago Caputo intervino un reportaje memorable, horas después del estallido del caso Libra. No insultó. No se metió con los hijitos de cuatro patas. Durante la Semana Santa, el actor libertario Juan Acosta tuiteó: Lijalad, te comiste una p de dos metros. Milei comentó: Solo la puntita. Y así hasta el infinito. Al comienzo de la presidencia, Lali Espósito consideró que era doloroso y preocupante que ganara Milei. En ese mismo instante arrancó una campaña para instalar que era chorra, que era Lali Depósito, con el presidente como protagonista excluyente de la operación. PUBLICIDAD Milei despliega habitualmente una actividad muy agresiva en las redes y es blanco de insultos horribles, como todos los que habitan en ese ámbito. Pero los emisores de esas barbaridades no han sido las personas insultadas por él. El jefe de Estado, entonces, arma una ensalada. Enumera los insultos que recibe en las redes, se los atribuye a periodistas que no le han dicho esas cosas y así justifica sus reacciones contra ellos, que se multiplican gracias a la intervención de un visible aparato paraestatal. Con un poco de atención, es sencillo detectar la maniobra. Pero hay aristas más interesantes en este debate. Es indiscutible que un presidente, como cualquier persona, tiene derecho a defenderse de las agresiones. Pero reaccionar con insultos cuando uno es insultado no es una reacción lineal e inevitable. Por ejemplo, Di Marco, Pagni, Lijalad, Geuna, Franco y tantos otros fueron insultados por Milei pero no respondieron con insultos. PUBLICIDAD Hay un ejemplo aún más virtuoso de conducta civilizada: el del diputado socialista Esteban Paulón. Milei se queja porque en las redes le han dicho pedófilo, zoofílico, incestuoso. Se trata de un recurso espantoso y despreciable, muy de moda en estos tiempos violentos, donde todo vale. Pero esas reglas de juego son promovidas desde el Estado. Paulón podría contar la cantidad de veces que el aparato de difusión oficial el portal La Derecha Diario, el canal de streaming Carajo- utilizaron su condición de homosexual para calificarlo como pedófilo. Ese fue realizado por personas con nombre y apellido a las que Milei ha valorado una y otra vez: su gente. Por ejemplo, sucedió cuando Paulón, en febrero, presentó un pedido de informes sobre los vuelos de Manuel Adorni. Todo está registrado. PUBLICIDAD Afortunadamente, el diputado es una persona adulta. No respondió insulto con insulto, espanto con espanto. Debe ser difícil aguantársela. Pero seguramente entiende los efectos que tendría en el clima social escalar en la utilización de estos métodos tan viles. Hay chicos mirando. Los grandes deberían comportarse. El Presidente, está claro, no comparte ese criterio. Esta semana el Foro de Periodistas Argentinos (Fopea) difundió su informe anual, donde incluye un análisis detallado de los insultos presidenciales. Los números son astronómicos. Desde que asumió, Milei tuiteó 110.000 veces. Eso arroja un promedio de 400 tuits por día, de los cuales 60 han sido insultos contra alguien. O sea, Milei es un presidente que insulta ¡sesenta veces cada veinticuatro horas!. ¿Alguien conoce en la vida a algún presidente que insulte tanto? ¿O a alguna persona cercana? No se trata de respuestas a agresiones sino de una característica excepcional, de un don natural, de un récord histórico, de una actividad esmerada, a la que le dedica más tiempo que ningún otro ser humano. PUBLICIDAD Milei, por otra parte, sostiene que nada de esto afecta la libertad o la propiedad de las personas. Es una opinión, algo que alguien dice. La organización Reporteros sin fronteras difunde anualmente un ranking de países, según la libertad de prensa que existe en cada uno de ellos. Cuando asumió Milei, la Argentina estaba en el puesto 40 (dentro de los países coloreados en amarillo, situación satisfactoria). Ahora, está en el puesto 98 (naranja oscuro, situación difícil, el ejercicio del periodismo se enfrenta a presiones severas). Muy comunista no debe ser Reporteros sin Fronteras, ya que entre los países donde menos se respeta la libertad de prensa figuran Venezuela (159), Cuba (160), Nicaragua (168), Irán (177), China (178), Corea del Norte (179). Argentina, el país de la libertad, figura un puesto arriba de Mozambique y un puesto por debajo de Togo. En el mismo informe donde analiza los insultos del Presidente, Fopea incluye otro dato inquietante. Durante los doce años de gestión kirchnerista, el trabajo periodístico se desarrolló bajo una fuerte presión estatal. Un enorme sector de la sociedad civil consideró, con sólidos motivos, que la libertad de prensa estaba en riesgo. En todo ese período, el Gobierno demandó penalmente apenas tres veces a periodistas. En cambio, en los dos años de la gestión libertaria, las demandas fueron veinte. Si Milei gobernara doce años, y el ritmo de denuncias fuera el mismo, la comparación quedaría así: 120 denuncias de Javier, 3 de Néstor y Cristina. PUBLICIDAD Hay, claro, otros parámetros para comparar aquellos tiempos con estos. Pero el dato puntual es toda una señal. Nunca, en democracia, un periodista fue lastimado como Jorge Grillo durante una represión policial. Nunca, ni siquiera en dictadura, se cerró la sala de periodistas. Nunca los colegas cubrieron marchas con máscaras para protegerse de gases lacrimógenos directamente disparados contra ellos. Además, cuando un presidente amenaza con detener a una periodista, puede haber un juez obediente que avance, otros periodistas que piensen dos veces antes de difundir una información comprometedora, familiares que le pidan a colegas que no se arriesguen. Lo mismo ocurriría si cualquier presidente cometiera la indignidad de presionar a dueños de medios de comunicación para que despidieran a colegas. ¿No se afecta en ese caso la propiedad y la libertad de las personas? Esta dinámica se produce en un momento delicado para el Presidente, pero por razones muy distintas. Todos los estudios que se conocen reflejan que su relación con la sociedad atraviesa su peor momento (alrededor de un 35 por ciento lo respalda, más del 60 por ciento lo reprueba). Pero eso no se debe a su conducta frente a la libertad de los otros, sino a temas mucho más sensibles en la vida cotidiana: salarios bajísimos, empleos de baja calidad y, encima, inciertos, inflación aún alta y repetidos escándalos de corrupción. Ya hay dos encuestadoras importantes -una nacional, Opina Argentina, y otra de alcance mundial, Atlas Intel- cuyos estudios advierten que los tres dirigentes con mejor imagen del país son Miriam Bregman, Axel Kicillof y Cristina Kirchner. Ese registro no es homogéneo ni indiscutible, pero son cosas que hace pocos meses no pasaban. Las coberturas de los medios internacionales empiezan a reflejar este proceso. En los últimos días, The Wall Street Journal, el Financial Times y la agencia Bloomberg informaron detalladamente sobre el cansancio social frente a las reformas extremas del gobierno libertario. Cuando estas cosas ocurren, los presidentes se enfrentan al desafío de considerar si las herramientas políticas y económicas que les funcionaron anteriormente no se han vuelto inútiles, obsoletas o contraproducentes. Andar de acá para allá insultando a Dios y María Santísima tal vez no sea el mejor método para revertir la situación. Tampoco aportan mucho, más allá del color y la risa que generan, las reflexiones presidenciales sobre el huevo y la mermelada. Tal vez, quién dice, el remedio consista en repetir, una y mil veces, como un poseído: No odiamos lo suficiente a los periodistas. PUBLICIDAD PUBLICIDAD
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