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  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un descubrimiento ornitológico

    » Clarin

    Fecha: 01/05/2026 06:41

    El etólogo Paukus Van Shreck había alcanzado la fama con su best seller Reyes de la Jungla. En ese libro de investigación y observación, lúdica y didácticamente cuestionaba la idea de la monarquía excluyente de los leones. En distintos niveles y circunstancias cada animal demostraba cierta preeminencia sobre todos los demás, proponía Paukus. Aunque la afirmación resultaba un poco difusa, a los lectores aparentemente les había gustado su conclusión general: finalmente, debemos aceptar que la naturaleza es mucho más democrática de lo que originalmente habíamos pensado. Pasara lo que pasara realmente bajo el follaje y entre las bestias, el libro se había vendido como pan caliente. Algunos comentaristas habían llegado a llamarlo El Anti Darwin. Paukus atravesaba, dos años después, el clásico bloqueo y ansiedad de muchos autores exitosos, cuyo nuevo material es esperado por la editorial, e incluso por otras editoriales ofertantes, de distintas partes del mundo, y con ingentes anticipos... Pero no se le ocurre nuevo tema. Se había retirado a su casa recientemente comprada en el Kofuné, la planicie costera de la Morena, un discreto paraíso, entre el mar y los bananos, con el agua a una temperatura perfecta y una brisa milagrosa. La llamaban la Isla de los 18 grados. Pero Paukus se mordía las uñas, perdía la mirada en el mar callado, el apetito en busca de la nueva investigación. Debía ser otro libro de la selva. No se esperaba del etólogo una novela, ni una obra de teatro. Ya le habían comprado para documentales- ¡incluso para un dibujo animado!-, Reyes de la Jungla. Pero entre sus recursos no incluía la ficción. Su representante se lo había dejado claro: las editoriales apostaban al mismo género que lo había catapultado al éxito. ¿Por qué no algo relacionado con el cambio climático y las especies?, le propuso el editor alemán. Pero a Paukus le aburría el tópico de solo escucharlo. Aunque no lo confesó. Tras varios meses de nulidad, y en el atisbo de la desesperación, un pájaro, como se dice que surge la inspiración, vino a sacarlo de su marasmo. Era un ave multicolor, inusual en la zona, el Galeardo. Atravesó el cielo por encima de la cabeza del profesor Paukus, abriendo las alas de tal modo que le tapó el sol. El profesor conocía la especie. Muy ocasionalmente, cuando ocurría algún desastre volcánico, tsunami o terremoto, una o dos parejas de Galeardos abandonaban la bandada y probaban suerte en el Kofuné. El profesor regresó a su cabaña -por fuera parecía una choza, por dentro superaba a cualquier hotel cinco estrellas-, y llamó a su estación de contacto en el Atilio, de donde provenían aquellos pájaros. No, le respondió con calma, e incluso desinterés, el meteorólogo, no se registraban ni se anticipaban desequilibrios. El mar y la tierra convivían en calma. El volcán contenía su furia. ¿Qué hacía entonces ahí el Galeardo?, se preguntó Paukus. Manténgase atentos, le advirtió Paukus. Jacinto, el funcionario, no pareció prestarle mayor atención. Lo había favorecido con multitud de datos y el profesor no lo había recompensado más que con un ejemplar firmado. A la siguiente jornada, Paukus descubrió que el Galeardo cavaba una especie de refugio en la arena, entre las pocas palmeras del final de la escollera y el permanente charco o pequeña laguna de agua dulce. Un día más tarde, el mismo sitio era ocupado también por una gaviota. Con extrema cautela, el profesor Paukus comenzó a fotografiarlos y filmarlos con el celular. También a tomar notas. Transcurrieron 48 horas. La gaviota y el Galeardo continuaban juntos en el mismo pozo. Era un milagro. ¡No podía haber venido de ese modo el tema a su atención! El profesor Paukus había caligrafiado suficientes apuntes como para un primer capítulo. Desplegar a lo largo de cinco páginas eventos como para impresionar al lector; y luego, desacelerar el ritmo, volver de cero, reflexivamente, incluyendo la descripción de su bloqueo inicial, para contar en doscientas páginas la historia del Galeardo enamorado, como pensaba titularlo. No compartió con editores, mucho menos con colegas, ni siquiera con su representante, la providencial revelación. Con el correr de los meses, sin perder de vista a aquel insólito casal, escribió con una prosa fluida la historia imposible, en su cuaderno Galápago, la misma marca donde había manuscrito su best seller. Para la gaviota aquel era su hábitat. Pero para el Galeardo, lo que naturalmente debía ser un refugio, en aquella ocasión era una elección. El contubernio duró seis meses. Finalmente decidió, mientras observaba a la gaviota sola en la misma hondura, enviar por fotos de celular las primeras páginas de sus prolijas anotaciones, la clara caligrafía y el estilo listo para publicar. En ese instante el Galeardo, que había desaparecido de su vista la noche anterior, arrebató de la mano del profesor el teléfono móvil, se lanzó rumbo al Atilio por encima del mar, y dejó caer el artefacto en el medio del océano. Primero Paukus no reaccionó. Observó la escena, como un atardecer o un eclipse. Cuando someramente concientizó el suceso, se dijo que bastaba con las notas. Pero luego asumió que con solo las notas, aquello no pasaba de una ocurrencia. El único registro fílmico y fotográfico se hallaba en el celular sumergido en el medio de la nada acuática. Sin esa prueba, era un orate. Ni siquiera interesaba como una novela. No tenía sentido contarlo. ¿Pedir un submarino, una búsqueda con radares? Prefirió esperar un año. Aguardar pacientemente la reaparición del Galeardo y la gaviota. Pero el pájaro, y era el mismo, no tenía dudas -lo había observado durante meses-, resurgió con su pareja Galeardo, como habitualmente, cuando un tsunami azotaba el Atilio, como ocurrió ese mismo mayo. El pájaro parecía observarlo con sorna. Probablemente, pensó Paukus, le hubiera tomado el pelo. Sobre la firma Newsletter Clarín

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