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» La Nacion
Fecha: 30/04/2026 16:00
El actor, que habló con LA NACION, acaba de estrenar Berlín Berlín, una comedia de humor absurdo en el Teatro Apolo - 11 minutos de lectura' En septiembre cumple 54 años y 50 de profesión, y piensa tirar la casa por la ventana porque es algo sumamente excepcional. Pablo Rago es uno de esos raros casos de continuidad laboral con ficciones que quedaron en la memoria colectiva de todos, como Clave de sol, Amigos son los amigos, Gasoleros o la película El secreto de sus ojos. Ahora es uno de los protagonistas de Berlín Berlín, que de miércoles a domingos puede verse en el Teatro Apolo, y está entusiasmado porque, en tantos años, es la primera vez que trabaja con este código de humor. Además, filma la serie Tiempo al tiempo para Netflix y estará en la tercera temporada de En el barro. De eso conversó con LA NACION y también de esta nueva etapa de su vida luego de separarse de su pareja de diez años. También aparecieron en la larga charla su relación con su hijo Vito, el recuerdo de Carlín Calvo y la asignatura que le quedó pendiente: trabajar con Luis Brandoni. -Berlín Berlín es una obra física de humor absurdo, muy diferente a todos tus trabajos. ¿Cómo te llegó la propuesta? -Me la ofrecieron en el 2000 y en ese momento no se dio. Y volvieron a llamarme hace dos años, pero al mismo tiempo tuve la propuesta de Esperando la carroza, que era un evento épico que no me podía perder. Cuando terminamos, por fin se dio ser parte de Berlín Berlín con Maxi De La Cruz, Fernanda Metilli y Juan Pablo Geretto, y dirección de Corina Fiorillo. Se armó un grupito muy divertido para esta comedia desopilante. Es la primera vez que actúo en este código y me gusta. ¿De que se trata la obra? La trama cuenta la historia de una pareja de Alemania Oriental que quiere hacer un túnel para pasar a Alemania Occidental, unos veinte días antes de que caiga el muro de Berlín. Van a la casa de una anciana donde supuestamente pueden hacer ese trabajo, pero no saben que su hijo, que es mi personaje, es agente del servicio secreto. Entonces se les complica todo. Es una obra que sorprende constantemente y muy divertida. El otro día vinieron a verla mi mamá, de 80 y mi hijo, de 23, dos generaciones totalmente diferentes, y los dos salieron riéndose mucho. Fue emocionante, porque cuando salí del teatro, mi hijo me aplaudió parado con los brazos en alto. Me dijo que nunca me había visto actuar así. -También estás grabando una serie, ¿qué podés contar? -Estoy grabando la segunda temporada de Tiempo al tiempo. La primera la hicimos el año pasado, pero recién se va a ver en 2027 en Netflix. La historia sucede en 1995 y cuenta sobre un grupo de amigos que tiene una banda de rock. En un momento, el protagonista sale a la ruta, ve una luz, se desmaya y cuando se despierta se da cuenta de que pasaron 30 años y él está exactamente igual, pero los amigos envejecieron. Hay situaciones muy divertidas, otras emotivas, romances. Estamos grabando con Carla Peterson, Luciano Castro, Jorgelina Aruzzi, Jerónimo Bosia. Es una muy linda producción de Underground. Fueron varias semanas agotadoras entre las grabaciones y los ensayos. Hubo días que grababa de 7 a 19 y después ensayaba hasta la medianoche. Ahora se está acomodando y confío en que va a salir todo bien. Y a mitad de año ya me confirmaron que voy a estar en la tercera temporada de En el barro, con mucha más participación de mi personaje. Lo que puedo contar es que hay actores que siguen, otros que no y que vuelven algunos muertos (risas). -Sos uno de los pocos actores que nunca paran de trabajar, ¿por qué? -Hay algo que tiene que ver, supongo, con la continuidad después de tantos años. En septiembre cumplo 54 años y 50 de trabajo, porque empecé a los 4. Y voy a festejar, por supuesto. Estaría bueno juntar a todas las generaciones con las que trabajé. A todos los que quedan. Esta semana partió Adolfo Aristarain, con quien me hubiera encantado volver a trabajar. Es algo que me quedó pendiente. Cuando era chico filmé con él Últimos días de la víctima y hace unos años me llamó para hacer Roma, pero no se dio. También se fue Luis Puenzo, con quien hice La historia oficial. -¿Y con Luis Brandoni trabajaste? -Me quedé con las ganas de trabajar con Brandoni. El otro día, charlando con Pablo Echarri, me decía que Brandoni era un maestro. Me hubiera encantado conocerlo y charlar con él y compartir el laburo. Sí me lo he cruzado, pero no trabajando. -Decías que trabajaste tantos años en muchísimas ficciones. ¿Cuáles están en tu lista de preferidas? -Muchas y por distintas razones. Por ejemplo, la película Campamento con mamá que hice con Natalia Oreiro renovó mi público (risas), porque me conocieron otras generaciones. Me sorprendió porque estaba de vacaciones en San Clemente, donde voy siempre, y los chicos se acercaban en la playa para pedirme fotos. Desde muy chiquito fui medio esponja y aprendí de cada trabajo. Tengo la capacidad de mirar el entorno completo. Si estoy en un set de filmación miro qué lente tiene la cámara, cómo está trabajando el director de fotografía, qué está haciendo el continuista, o estoy pendiente de ver si le hago sombra al compañero. Es algo que me apasiona, aunque no ejerzo. -¿Hacer algo detrás de cámara es un proyecto? -La verdad que no, aunque muchos me lo sugieren. Tendría que aparecer un material que me interese mucho y me den ganas de hacerlo. Hace muchos años dirigí Extraña pareja en teatro, con Carlín Calvo. También actué y fue una experiencia fantástica, porque me concentré mucho; no lo hice solo, sino con Luis Cicero, que es un amigo y un gran director, pero fue una experiencia que me marcó y me hizo notar que puedo hacerlo. Todavía estoy muy ocupado trabajando delante de cámara (risas). -¿Sigue la lista de trabajos preferidos, entonces? -Sigue. Y cada cosa me dejó anécdotas. Por ejemplo, recuerdo que desde los 80 ya decían que la tele se moría. Y durante un año y medio, Clave de sol empezó a las 6 de la tarde, porque hasta esa hora no había tele por la crisis energética de ese verano. Fue en 1987, si no me equivoco. ¿Y qué hacíamos? Jugábamos en la calle. En mi caso en la esquina de Caracas y Juan B. Justo, jugando a la pelota contra el portón de enfrente. -Tuviste una infancia distinta a la de muchos chicos, ¿te pesó alguna vez? -En una época me decían que me había perdido muchas cosas por estar trabajando. Y sí, quizá sea cierto, pero también tuve un montón de otras que ningún otro tuvo: a los 20 años ya tenía 15 de experiencia. No renegué nunca. Para ser sincero, renegué dos minutos hasta que me di cuenta de que me encanta lo que hago. En Clave de sol nos subíamos a un micro con Leo Sbaraglia y los chicos, y cuando nos bajábamos había 500 personas esperándonos para saludarnos, para darnos un beso y pedir un autógrafo. Era increíble. Hay tantas anécdotas. Me acuerdo cuando hicimos Los Manfredi, donde trabajé con Andrés Vicente, a quien me reencontré en Berlín Berlín después de muchos años. Tengo una foto con él de cuando yo tenía 10 años. -Trabajaste mucho tiempo con Carlín ¿qué recuerdos tenés de él? -Carlín tenía más experiencia en manejar el medio que en lo actoral. Le importaba estar canchero, estar facha, levantarse el cuello de la camisa. Tenía un magnetismo muy especial con el público. Amigos son los amigos era un éxito y yo podía hacer una vida normal, ir al supermercado. Él, en cambio, generaba todo un clima a su alrededor. -Era un divo... -Exactamente. Era como si tuviera un reflector todo el tiempo encima de él. Uno de estos que te apuntan solo a vos. Un día fuimos al cine a ver una película y no pudimos, pero no porque la gente lo molestara sino porque él no quería. Y charlaba con uno, aceptaba pochoclos de otro, saludaba más allá. Vivía para el público. Entonces, siempre digo que aprendí más de lo que no, que de lo que sí. Cuando volvimos a trabajar juntos, en Extraña pareja, yo ya con 35 años, recuerdo que le decía: Aprovechemos y hagámosle creer a la gente que vos sos Walter Matthau y sos el mejor actor de comedia del mundo. Ya había tenido el primer ACV y no era el mismo. Y fue genial porque, si bien al principio no quería soltar el personaje del canchero, se jugó. Me acuerdo que me decía siempre que mantuvo su carrera durante diez años sin hacer nada, y solamente presentando una novia cada seis meses y teniendo un fotógrafo que se le colgara de la pared para sacarle una foto afanada, pero todo arreglado, por supuesto (risas). -Hablemos de amor, ¿seguís en pareja con Tamara? -No. Nos separamos hace dos meses, después de 10 años. Fue una linda historia de amor y seguimos en contacto. Los dos estamos adaptándonos a la nueva vida. Bueno, en realidad los cuatro porque vivíamos con nuestros hijos, ella con el suyo de 13 años y a quien extraño mucho también, y yo con Vito. Y compartimos un hijo de cuatro patas con el que estamos yendo y viniendo cada semana. -Es muy reciente, ¿cómo estás? -Adaptándome. Fue algo que necesitábamos los dos. Me he separado otras veces, pero es raro a esta edad. Mis amigos solteros me dicen: Bueno, prendé el teléfono y dale que va. Y no tengo ganas. Es muy reciente, fueron diez años, la adoro y me sigue gustando mucho. No me imagino en ninguna otra relación. Por lo menos por ahora. El trabajo tiene toda mi atención, grabo muchas horas, hago teatro y llego cansado a casa. Además, está la organización de la casa, que quedó en manos de Vito y mía. -Vito vive con vos... -Si, desde hace seis años. Para él también es muy fuerte la separación. La segunda noche que estuvimos solos le pregunté qué cenábamos y me dijo: Qué difícil va a ser esto (risas). Porque de eso se encargaba Tamara. Así que nos estamos adaptando a este nuevo ritmo de la vida. Como dice él, somos nosotros y nos adaptaremos como hicimos siempre. -¿Cómo es la relación con tu hijo, que ya es un hombre? -Desde que nació hasta los 13 años tuve una fascinación por compartir con él, por estar, enseñarle a ver películas, el humor, el deporte. No soy un gran jugador de fútbol, pero cada tanto me dice: Qué suerte que me enseñaste a patear con las dos piernas. Y de esas cosas uno se va olvidando. Después de esa edad le perdí un poco el rastro. Vito iba a la escuela de 8 a 16 y yo trabajaba mucho, y compartíamos la tenencia con la mamá (la actriz María Carámbula). Así que esa etapa de la adolescencia la perdí un poco, hasta que vino a vivir conmigo hace seis años. Ahora estamos aprendiendo a comunicarnos sin tapujos. No soy su amigo, pero me siento un compinche, un cómplice. Y sigo siendo su padre, claro. Él no se sobrepasa y yo tampoco, y cuando yo lo hago, me pone los límites. Debés tenés muchos lindos recuerdos... Hay una anécdota muy fantástica de nuestra relación: Vito tenía 11 años y nos estábamos riendo mucho de algo, y en un momento me dijo: Si no fueras mi papá serías mi mejor amigo. Y es algo que sigo recordando. En un momento tuve que poner un límite porque me estaba sobrepasando y sé que no es por ahí. Estamos en una etapa nueva. Él trabaja en el área de marketing de una financiera, ahorra plata para sus vacaciones del año que viene, cosa que hasta ahora recaía en mí. Apareció un chabón distinto y me estoy adaptando. Tenemos muy linda relación.
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