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Crespo » Paralelo 32
Fecha: 30/04/2026 12:10
La industria turística global atraviesa un momento de expansión sostenida. Según datos de ONU Turismo, en 2025 el sector superó los 2,2 billones de dólares en ingresos, consolidándose como uno de los motores económicos más dinámicos a nivel mundial. Sin embargo, detrás de ese crecimiento emerge una transformación más profunda: la manera en que las personas entienden el viaje. Durante años, el turismo estuvo marcado por una lógica de acumulación: más destinos, más actividades, itinerarios intensos y experiencias condensadas en poco tiempo. El objetivo era aprovechar al máximo cada traslado. Hoy, ese modelo comienza a mostrar signos de desgaste frente a un viajero que ya no busca ver más, sino comprender mejor lo que vive. En ese contexto, el concepto de slow travel viajar más despacio, con mayor conexión con el entorno dejó de ser una tendencia aspiracional para convertirse en una práctica concreta. Actividades como la observación de aves, la recolección de alimentos o simplemente contemplar un paisaje ganan protagonismo. No por novedad, sino porque responden a una necesidad creciente de reconexión. Un cambio respaldado por datos El viraje no es solo cultural, también está respaldado por el comportamiento del consumidor. Proyecciones de Statista indican que para 2026 el 80% de los viajeros estará interesado en experiencias vinculadas al bienestar, mientras que el 68% priorizará alojamientos en entornos naturales. A la vez, informes de Euromonitor International muestran que una proporción creciente de turistas está dispuesta a pagar más por experiencias con impacto: un 24% por voluntariado, un 15% por ecoturismo y un 12% por propuestas de inmersión cultural auténtica. La paradoja es clara: el turismo sigue creciendo, pero disminuye el interés por la saturación. Ya no se trata de viajar más rápido ni de acumular destinos, sino de encontrar sentido en cada experiencia. El desafío para la industria Este cambio redefine también el rol de las marcas y, especialmente, del sector hotelero. Durante décadas, la competencia se centró en atributos visibles como la ubicación, el diseño o los servicios. Hoy, esos elementos resultan insuficientes frente a un viajero que valora cómo se siente durante su estadía. La experiencia deja de ser una suma de prestaciones para convertirse en algo más intangible: el ritmo, la conexión con el entorno, la posibilidad de pausa. Espacios que invitan a detenerse, propuestas que no saturan la agenda y actividades que dialogan con el paisaje son ahora parte de una estrategia más profunda. En este escenario, el desafío ya no es atraer turistas, sino interpretarlos. Hoy las marcas que realmente conectan son las que entienden que el viajero no está buscando más experiencias, sino mejores, sostiene Carolina Trasviña, directora de servicios al cliente en el sector Travel & Hospitality de la agencia another. Hacia un turismo de escucha El cambio implica una transformación conceptual: pasar de un turismo centrado en la oferta a uno basado en la escucha. No en lo que el viajero declara, sino en lo que demuestra con su comportamiento: qué elige, qué evita, cuánto tiempo permanece en un lugar y por qué experiencias está dispuesto a pagar más. Así, el viaje deja de ser únicamente consumo para convertirse en una forma de conexión: con el entorno, con las comunidades locales y, en muchos casos, con uno mismo. En un mercado donde todo puede ser mostrado y promocionado, la diferencia empieza a radicar en la capacidad de entender esos nuevos códigos. Porque, en esta etapa, el valor del turismo ya no está en ofrecer más, sino en saber cuándo y cómo hacer menos.
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