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  • El discreto dolor de Hiroshima

    » Clarin

    Fecha: 30/04/2026 09:24

    Apenas bajo del tren, leo un cartel en inglés escrito con letras festivas: Bienvenido a la excitante Hiroshima. Me llama la atención el adjetivo. Excitante no es la palabra que uno, a priori, utilizaría para expresar la cualidad principal de la primera ciudad en la historia que fue arrasada por una bomba atómica. La estación ferroviaria es enorme, limpia, moderna y está conectada a un centro comercial que tiene cafeterías de cadena, pastelerías danesas, restaurantes locales, boutiques y el omnipresente autoservicio 7-Eleven, la tienda de conveniencia que nació hace 99 años en Texas y hoy es propiedad de una corporación japonesa. El centro de Hiroshima tiene la típica planimetría de las grandes ciudades del país, con anchísimas avenidas pobladas de edificios altos y zonas de calles más estrechas que las porteñas, sin veredas y con construcciones bajas. Un monolito recuerda el punto exacto donde estalló, a 600 metros de altura, la bomba que mató a unas 80 mil personas en el acto, a otras 145 mil en los cuatro meses siguientes y cuyos efectos letales continuaron durante décadas por la proliferación de enfermedades asociadas a la radiación. El monumento es muy sencillo, casi insignificante. Mide un metro y medio y parece acorralado por un edificio bastante feo donde funciona una clínica. Antes del estallido, que se produjo el 6 de agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana, allí también funcionaba un hospital. Tras la guerra, los dueños lo reconstruyeron. A unos pasos, bordeando el río Motoyasu, se despliega en plenitud el Parque Memorial de la Paz, una gran superficie arbolada especialmente hermosa porque estamos en temporada de floración de los cerezos. Las únicas ruinas corresponden a un centro de exposiciones construido por el checo Jan Letzel en 1915. Se lo conoce como la Cúpula de la Bomba Atómica. Hay, además, un cenotafio, el Monumento a la Paz de los Niños (coloreado por las grullas de papel que la gente deja allí todo el tiempo) y un Museo que relata la historia de la explosión y sus consecuencias. Todo es discreto, casi minimalista. No hay un alarde del horror vivido. Un hombre mayor (que tiene 80 años pero podría dar 60, tranquilamente) habla en voz baja con otra persona. Nuestro guía, Juan Ángel, un peruano que lleva tres décadas viviendo en la ciudad, nos avisa que se trata de Kosei Mito, sobreviviente de la bomba. Su madre estaba embarazada de él cuando se produjo el estallido nuclear. Hoy, Mito es un voluntario que da testimonio de la tragedia. Hace pocos años, las autoridades del Museo decidieron retirar las fotos más crudas porque perturbaban demasiado a los visitantes, al punto que algunos abandonaban el recorrido. Las reemplazaron por pinturas alegóricas. Hiroshima ha decidido recordar el episodio que le dio infausta fama sin grandilocuencias, quizás porque no es necesario, o porque entienden que no hay que gritar sobre el espanto vivido sino transformarlo en aprendizaje para las generaciones futuras. Sobre la firma Newsletter Clarín

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