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  • Una mirada desde la alcantarilla. Racimos - 9 Digital - Mi 9

    Paraná » 9digital

    Fecha: 30/04/2026 08:58

    Racimos I La parra enredaba el tronco como una trenza vieja contra la columna de hierro, después cubría de sombra el patio. Las hojas verdes se abrían como si fueran alas y parpadeaban brillantes con los bordes llenos de mordiscos del cielo. Cuando las uvas maduraban, mi vecina se paraba en una escalerita de caño blanco. Sacaba del bolsillo una tijera, descolgaba como si se tratara de joyas, los racimos que guardaban luz adentro. Después limpiaba la cosecha en un fuentón, la piel de las uvas parecía terciopelo. II Mamá tenía un vestido negro que si friccionaba mucho quedaba opaco. De chica, me gustaba revisar su ropa, oler las prendas. Cuando lo encontraba colgado en su armario, peinaba la trama a contrapelo. Acariciaba sus mangas y exprimía el final. En los puños un borde dorado terminaba en pequeños brillos sobre la costura, como si de la noche pudieran nacer breves soles. Como si el cuerpo de mi madre, aún envuelto en sombras pudiera arrojar destellos de luz. III Cuando los ciruelos florecían en el patio, los pétalos se enredaban en todos los rincones. A veces con plantas, a veces con grietas del cemento, a veces quedaban dentro de las zapatillas lavadas con la boca abierta como pescados. Los pies dentro con un colchón inesperado. La pisada amortiguada con flores. IV Mi abuelo tenía un solo metro cuadro de tierra en el lavadero. Eso fue en la última casa en la que vivió con mi abuela. Una casa chiquita como una jaula. Ahí, al lado de la bacha de cemento gris, como si fuera un grito, la vid lanzaba al cielo un gajo que él tutelaba hasta la terraza. Finita buscaba el reparo del sol. Arriba entre sus herramientas, en una pieza que sólo tenía cosas suyas, despuntaba los racimos. Mezquinaba los frutos y su compañía. Martillaba con los dientes la pulpa. Salía menos agrio. Quizás un poco avergonzado, con el color de los zorros en la piel. V Todas las ciruelas brillaban rojas, mordían con su carne el carozo. Mamá despegaba con las uñas las pieles apretadas para que yo tragara solo la carne dulce, sin la acidez del cuero que las cubría. Las hijas aprenden solas a escupir las semillas. VI En el fondo del agua donde se lavaban las frutas, naufragaban palos y hormigas. Agachados como contra un pozo, pescábamos pequeños cadáveres. Luego, sobre las hojas secas armábamos una pira y encendíamos los cabos secos de las margaritas. El humo llegaba hasta las copas de los árboles y se perdía entre las nubes que estaban siempre cerca, como aureolas en nuestras cabezas. Todo tenía olor dulce. Los pulmones exhalaban el aliento de las flores.

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