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» Clarin
Fecha: 29/04/2026 06:33
Durante mucho tiempo la autoestima fue considerada un asunto estrictamente individual. Sin embargo, en las últimas décadas se ha vuelto evidente que la autoestima ya no puede pensarse solo como un fenómeno intrapsíquico. Vivimos en sociedades que la producen, la modelan y, con frecuencia, la erosionan. La autoestima se ha convertido en un término que la invoca en manuales de autoayuda y en conversaciones cotidianas. Sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad se esconde un fenómeno complejo atravesado por la historia, la cultura y las condiciones sociales en las que vivimos. La autoestima es un entramado de experiencias, vínculos y proyectos que se construyen en diálogo con el mundo. Las redes sociales han introducido un sistema de validación inmediata y cuantificable likes, seguidores, comentarios que instala una ilusión de reconocimiento permanente. Pero ese reconocimiento es inestable, volátil y muchas veces superficial. La autoestima queda así sometida a una evaluación continua que no depende del sujeto sino de un entorno cambiante, impersonal y, en muchos casos, anónimo. Se configura una paradoja: nunca hubo tanta exposición del yo y, al mismo tiempo, nunca fue tan frágil su sostén. La autoestima actúa como un termostato emocional, regulando el impacto de las emociones negativas y evitando que se expandan a todos los ámbitos de la vida. Su fragilidad está estrechamente relacionada con trastornos como la depresión, la ansiedad, las adicciones y los trastornos alimentarios. Se ve afectada cuando la sociedad margina al sujeto y desmantela los soportes que dan sentido al reconocimiento colectivo. No es solo un sentimiento, sino un entramado de pensamientos, actitudes y autoevaluaciones que reflejan la relación del individuo con sus ideales y proyectos. Cuando una persona siente que no está a la altura de sus propias aspiraciones, su autoestima colapsa parcial o totalmente. Criar a un hijo, se ha dicho, es darle raíces para crecer y alas para volar. Desde los primeros años, la seguridad o la inestabilidad que experimente un bebé marcarán su confianza en el entorno. Más adelante, el niño podrá sentirse aceptado y respetado, o rechazado y desvalorizado. Un desarrollo equilibrado surge de la armonía entre protección y libertad, pero no todos los hogares ofrecen esa oportunidad. La precariedad, la violencia, la negligencia o la tristeza dejan huellas que se traducen en una visión derrotista de la vida. En nuestro país, la crisis de la autoestima está teñida por la historia reciente. Hemos atravesado duelos colectivos y traumas devastadores. La dictadura, cuyo reciente aniversario de medio siglo nos interpela, dejó marcas que tambalearon vínculos, identidades y proyectos. Ese pasado no está clausurado: se reactualiza en cada subjetividad que se siente sin futuro, sin fuerzas, sin valor. La autoestima nos habla de duelos no elaborados, de proyectos truncos, de vínculos debilitados. El costo subjetivo de la desigualdad, de la precarización y de la violencia institucional se mide en desesperanza. Algunas personas buscan preservar su autoestima recurriendo a la negación de la realidad, la evasión o la agresividad. Otras sacrifican su bienestar en función de expectativas propias o ajenas, exigiéndose hasta el límite. Pero la verdadera fortaleza no radica en esquivar las dificultades, sino en aprender a afrontarlas. Reconstruir una autoestima dañada no es una quimera: como las ciudades europeas tras la guerra, puede repararse y fortalecerse. Una autoestima sólida permite expresar pensamientos y deseos sin temor, enfrentar dificultades sin depender excesivamente de la mirada ajena, soportar fracasos y desilusiones, poner límites a los abusos y sostener la dignidad incluso en la pérdida. El nuevo libro Autoestima e identidad (Letra Viva) invita a mirar más allá de las recetas rápidas. Lejos de los manuales convencionales, explora las fuerzas invisibles que moldean nuestra percepción de nosotros mismos: las presiones culturales, los mandatos sociales, las experiencias tempranas y las trampas de la comparación constante alimentada por un mundo hiperconectado. Propone una perspectiva crítica frente a la tiranía de la positividad tóxica y la obsesión por la perfección, reconociendo la importancia de aceptar la imperfección como parte intrínseca de la experiencia humana. Más que un concepto abstracto, la autoestima es una experiencia viva, moldeada por la historia de cada individuo y por el entorno social en el que se desenvuelve. No se trata solo de mejorar la percepción de uno mismo, sino de construir relaciones estimulantes, desarrollar resiliencia ante la adversidad y encontrar un equilibrio entre la autoconfianza y la aceptación de las propias limitaciones. Mirar de frente el espejo social de la autoestima es el primer paso para transformarlo. Y esa transformación exige tanto responsabilidad individual como compromiso colectivo: políticas de salud mental, memoria histórica y vínculos comunitarios. Tal vez sea tiempo de dejar de preguntarnos solamente cómo mejorar la autoestima individual y comenzar a interrogarnos, también, sobre las condiciones sociales que la hacen posible. En definitiva, la autoestima es un rostro social. Nos habla de cómo nos miramos a nosotros mismos, pero también de cómo nos mira la sociedad. Reconocerlo es indispensable para que la confianza personal deje de ser un privilegio de pocos y se convierta en un derecho de todos. Sobre la firma Newsletter Clarín
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