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  • En la costa del Paraná, la cosecha se parte en dos: rindes de quebranto y productores al límite

    » TN

    Fecha: 29/04/2026 06:08

    Mientras buena parte de la Argentina agrícola se encamina a consolidar una cosecha nacional importante, en la franja que bordea el Paraná, entre Baradero, San Nicolás y sectores de la costa bonaerense, la realidad es otra. Allí, según describió el ingeniero agrónomo Leandro Vatti, la campaña termina de la peor manera para numerosos productores que volvieron a quedar fuera de los números viables. Leé también: Entre récords y señales de alerta: la agroindustria redefine su mapa productivo El contraste es brutal. A pocos kilómetros, en otras zonas del norte bonaerense o del sur santafesino, aparecen rindes de soja de 4000 kilos y campañas mucho más favorables. Pero en la costa, donde la sequía pegó con fuerza durante enero y febrero y las lluvias fueron desparejas, el panorama cambia drásticamente. Una campaña desigual Hay lotes aceptables, pero hay muchas hectáreas de rindes muy bajos que no cubren los costos de alquiler, resumió Vatti. La frase no sólo refleja una campaña floja: marca una problemática estructural para una región donde producir se volvió cada vez más riesgoso. El especialista describió que sobre la franja paralela al Paraná, en unos 20 o 25 kilómetros tierra adentro, se concentra una extensa superficie golpeada por resultados productivos pobres. Escuchan de soja de 6000 kilos o maíces de 120 quintales, y lamentablemente nosotros nos volvemos a quedar con las manos vacías, afirmó. Leé también:Afirman que el costo fiscal de la eliminación de las retenciones al agro se recuperaría en apenas 4 años En esa zona, explicó, se repiten rindes de soja de apenas 7, 10 o 12 quintales. Números que, más allá de cualquier eficiencia agronómica, resultan económicamente devastadores. Costos que no cierran Para Vatti, el problema ya no pasa sólo por una mala campaña puntual, sino por una estructura económica que dejó de ofrecer margen de maniobra para el productor que arrienda. El productor que alquila, que es el 80% en la zona nuestra, está en situación de quebranto, sostuvo con contundencia. Leé también: SanCor: el quiebre anterior a la quiebra La ecuación, según explicó, es simple y alarmante. Un planteo en campo alquilado necesita alrededor de 32 o 33 quintales de soja para cubrir costos básicos. Pero en muchos lotes de la costa esos rindes ni siquiera se aproximan. En trigo, la situación es aún más exigente, con costos de indiferencia que rondan o superan los 50 quintales. Eso deja a numerosos productores atrapados en una lógica de supervivencia: pagar alquiler o pagar insumos, pero difícilmente ambas cosas. Y en muchos casos, ninguna alternativa resuelve el problema de fondo: sostener la actividad y financiar el próximo ciclo. Leé también:Beatriz, la cebada cervecera que promete más rinde y mejor adaptación al frío Vatti describió un escenario donde la cooperativa o las agronomías muchas veces refinancian insumos, pero no pueden cubrir necesidades de vida cotidiana ni reemplazar la falta de crédito estructural. Con lo que cosecha, el productor tiene que guardar plata para pasar el año. Si paga alquiler, no paga insumos. Si paga insumos, no paga alquiler, sintetizó. La consecuencia es un endeudamiento silencioso que se arrastra de campaña en campaña, agravado por eventos climáticos recurrentes. Cuando te golpea de cada siete años, cuatro, la rentabilidad se complica muchísimo, señaló. Sin red de contención Uno de los cuestionamientos más fuertes del ingeniero apuntó a la falta de herramientas eficaces frente a emergencias agropecuarias. Para Vatti, los mecanismos actuales no ofrecen respuestas reales. Las declaraciones de emergencia, sostuvo, se traducen en trámites burocráticos que apenas postergan compromisos fiscales, pero no generan alivio financiero genuino para quien pierde producción. Leé también: Productores del sudeste bonaerense se asesoraron para reclamar en la Justicia por el mal estado de los caminos En ese contexto, reclamó líneas de crédito de mediano plazo, especialmente desde bancos públicos, para evitar que productores viables desaparezcan por una sucesión de campañas adversas. No se trata, planteó, de créditos a seis meses, sino de herramientas que permitan reorganizarse a dos o más años. El trasfondo de su análisis también pone el foco en una mirada distorsionada sobre el agro. Vatti insistió en que muchas decisiones políticas y financieras se piensan desde la lógica del propietario de campo, cuando en realidad gran parte de la producción regional se sostiene sobre campos alquilados. Leé también: La mesa de enlace ve positiva la propuesta oficial para fiscalizar semillas y abre una nueva etapa Allí aparece una diferencia central: el dueño puede atravesar un mal año con otro respaldo patrimonial; el arrendatario depende casi exclusivamente de rindes suficientes para sostenerse. Cuando esos rindes fallan, el golpe es directo. Por eso, advirtió, el deterioro de la rentabilidad no sólo afecta al productor individual. También repercute sobre contratistas, comercios, consumo local e inversión en pueblos y ciudades vinculados al movimiento agropecuario. En definitiva, la postal que deja la campaña en la costa del Paraná vuelve a mostrar dos realidades dentro de una misma Argentina agrícola. Una, la de las zonas que celebran altos rindes. Otra, la de regiones donde la variabilidad climática, los costos crecientes y la falta de respaldo financiero convierten cada campaña en una apuesta extrema. Leé también: Si alguien usa una semilla que produce más, tiene que pagarla: Sturzenegger impulsa el control privado Vatti lo resumió sin rodeos: El productor de esta zona trabaja igual que cualquiera, gasta igual que cualquiera, pero cuando no está debajo de la nube, queda afuera. En una región acostumbrada a convivir con esa incertidumbre, el problema ya no parece ser sólo climático. El verdadero desafío pasa por cuánto tiempo más podrá resistir un sistema donde producir, para muchos, dejó de ser negocio y empezó a ser apenas una forma de aguantar.

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