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» TN
Fecha: 28/04/2026 12:27
Jack Merrill tenía 19 años cuando creyó que empezaba, por fin, una nueva vida. Se había ido a Chicago, lejos de su familia, con la idea de encontrar autonomía y dejar atrás una infancia atravesada, según él mismo contó años después, por la furia y la distancia emocional dentro de su casa. Pero una noche de otoño de 1978, mientras caminaba tranquilo de regreso a su departamento después de salir de la universidad, se cruzó con el hombre que lo marcaría para siempre: John Wayne Gacy. En ese momento, Gacy todavía no era el monstruo célebre que entraría a la historia criminal de Estados Unidos como el Payaso asesino. Hacia afuera era un vecino respetable y conocido por presentarse como Pogo, el Payaso en hospitales y eventos comunitarios. Detrás de esa fachada, sin embargo, ya había comenzado una serie de secuestros, abusos y asesinatos de jóvenes. Según el relato de Merrill, Gacy frenó el auto junto a él y le ofreció llevarlo. Al principio hubo algo extraño, una intuición de peligro, aunque la conversación también pareció cordial. Gacy le habló de la inseguridad del barrio y le recomendó tener cuidado. Poco después, el tono cambió por completo. Le preguntó si alguna vez había usado poppers y, casi sin darle margen de reacción, le puso un trapo empapado en la cara. Merrill perdió el conocimiento. Cuando despertó, estaba esposado en el asiento trasero del auto. De allí fue trasladado a la casa de Gacy. Lo que siguió fue una secuencia de terror que, décadas más tarde, todavía contaría con asombro por un detalle central: no entiende por qué salió vivo de allí. En ese domicilio, el comportamiento de Gacy oscilaba entre una calma inquietante y la violencia más brutal. En un momento lo liberó, le ofreció cerveza y marihuana; luego volvió a esposarlo, lo arrastró por un pasillo y le colocó un artefacto casero alrededor del cuello que lo asfixiaba si intentaba resistirse. También lo amenazó con un arma y abusó sexualmente de él. Merrill dijo que en ese momento solo pensó en sobrevivir. No se resistió. Años después entendió que eso tenía que ver con una infancia en la que había aprendido a soportar el hostigamiento desde la pasividad. Esa misma estrategia fue la que le salvó la vida frente a Gacy. El secreto que guardó por meses y la revelación que cambió todo Al final de esa noche, de forma tan abrupta como incomprensible, Gacy cambió otra vez de actitud. Lo subió al auto, lo llevó de regreso a la ciudad y lo dejó cerca de su departamento. Antes de despedirse, incluso le dio un papel con su número de teléfono y le dijo una frase perturbadora: Quizás nos volvamos a ver algún día. Merrill nunca pensó en conservar ese contacto. Tiró el papel al inodoro y se dio una larga ducha al llegar a su casa, en un intento desesperado por limpiarse física y emocionalmente. Tampoco fue a la policía. Hizo un pacto consigo mismo con el objetivo de superar lo ocurrido sin permitir que aquella noche definiera su vida. Durante meses guardó el secreto. Solo algunos amigos cercanos conocieron la historia tiempo después. La dimensión real de lo que había vivido apareció unos tres meses más tarde, cuando vio en los diarios el nombre y la cara de Gacy asociados al hallazgo de cadáveres. Entonces entendió que no había sido víctima de un agresor aislado, sino uno de los últimos sobrevivientes de un asesino serial que terminaría condenado por el asesinato de 33 jóvenes. Leé también: Vida de playboy y cirugías: la escalofriante historia del asesino de la mil caras de Misiones Mientras Gacy era detenido, juzgado y finalmente ejecutado en 1994, Merrill empezaba otro recorrido. Se mudó a Nueva York, estudió teatro y encontró en el arte una forma de procesar el trauma. Ese camino desembocó en The Save, un espectáculo unipersonal donde explora el ataque, la pregunta que todavía lo persigue por qué Gacy lo dejó ir y la decisión de no quedar reducido a aquella noche.
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