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» Clarin
Fecha: 28/04/2026 06:42
El germen de uno de los conflictos más resonantes de la industria tecnológica actual se remonta a un intercambio de correos electrónicos. El 25 de mayo de 2015, Sam Altman le escribió a Elon Musk con una propuesta ambiciosa: crear una suerte de Proyecto Manhattan para la inteligencia artificial. La idea era montar un laboratorio en Silicon Valley capaz de desarrollar sistemas avanzados y compartirlos con el mundo bajo una estructura sin fines de lucro. Musk respondió ese mismo día: Probablemente valga la pena tener una conversación. De ese cruce nació OpenAI, una organización que años más tarde quedaría en el centro del boom global de la IA con el lanzamiento de ChatGPT. Pero la alianza entre sus impulsores no sobrevivió al crecimiento del proyecto. Hoy, esa sociedad derivó en una disputa judicial multimillonaria que comenzó a dirimirse esta semana en un tribunal federal de Oakland, California. El juicio, cuya selección de jurado estaba prevista para el lunes, enfrenta a dos de las figuras más influyentes del sector en un caso que podría redefinir el rumbo de la inteligencia artificial. Musk reclama más de US$ 150.000 millones en daños contra OpenAI y su principal socio, Microsoft, además de exigir la salida de Altman del directorio y la reversión del modelo comercial de la compañía. La causa no solo expone un enfrentamiento personal. También pone en discusión el modelo de desarrollo de la IA en un momento en que su impacto económico, político y social se vuelve cada vez más determinante. Como sintetizó el investigador Oren Etzioni en un reportaje con The New York Times, se trata de un frente más en una batalla sin reglas entre multimillonarios por recursos, apoyo gubernamental y, en última instancia, la supremacía en IA. De laboratorio sin fines de lucro a gigante tecnológico OpenAI nació en 2015 como una organización sin fines de lucro con una premisa clara: avanzar en inteligencia artificial de manera responsable y abierta. En su planteo inicial, la entidad sostenía que podía enfocarse en beneficiar a la humanidad en su conjunto sin las presiones de generar ganancias para accionistas. Musk fue uno de los principales financistas del proyecto, convencido de que un enfoque colaborativo permitiría desarrollar tecnología más segura y servir como contrapeso a compañías como Google. En ese momento, el empresario advertía sobre los riesgos de una IA cada vez más poderosa sin mecanismos de control adecuados. Sin embargo, hacia 2017 comenzaron a aparecer fisuras dentro de la organización. Por un lado, algunos investigadores advertían que liberar abiertamente los avances podía resultar peligroso. Por otro, surgía un problema práctico: la estructura sin fines de lucro dificultaba conseguir los recursos necesarios para competir en una carrera tecnológica cada vez más costosa. El propio Musk participó de esas discusiones. En un correo de 2018, planteó que OpenAI debía vincularse con Tesla para aprovechar su capacidad de cómputo. Tesla es el único camino que podría siquiera aspirar a competir con Google, escribió. La propuesta no prosperó. Las diferencias escalaron cuando Altman y otros directivos rechazaron cederle el control de la organización. Musk dejó OpenAI en 2018 y retiró su financiamiento. A partir de ese momento, la compañía buscó nuevas fuentes de inversión y avanzó hacia un modelo híbrido, con una estructura sin fines de lucro en la cima y una subsidiaria comercial. Ese giro permitió sellar acuerdos estratégicos, en particular con Microsoft, que aportó miles de millones de dólares (unos US$ 13.000 millones, según trascendió) para financiar el desarrollo de modelos cada vez más complejos. También implicó reducir el enfoque de código abierto que caracterizaba a la organización en sus inicios. Con el lanzamiento de ChatGPT, OpenAI se consolidó como uno de los actores más influyentes del sector, con más de 4.000 empleados y presencia global. Su valuación como empresa con fines de lucro se estima en cientos de miles de millones de dólares, y el mercado especula con una eventual oferta pública inicial de gran escala. Un juicio que puede reconfigurar la industria Para Musk, esa evolución constituye una ruptura con el acuerdo fundacional. En su demanda, sostiene que Altman y Greg Brockman (cofundador y actual presidente de OpenAI) lo engañaron deliberadamente para obtener su apoyo financiero, prometiendo un camino más seguro y orientado al bien público que el de las grandes tecnológicas. El empresario afirma que OpenAI priorizó el lucro por sobre su misión original y pide que los daños sean destinados a la organización sin fines de lucro. Su abogado, Marc Toberoff, aseguró que buscan devolver todo lo que fue tomado de una entidad benéfica y evitar que los responsables repitan ese comportamiento. OpenAI rechaza esa versión y sostiene que Musk conocía desde el inicio la posibilidad de una estructura comercial. La empresa también argumenta que el propio Musk impulsó ideas similares antes de su salida y que ahora intenta frenar a un competidor directo, en el marco de su propio proyecto de IA, xAI, lanzado en 2023. El proceso incluirá testimonios de figuras clave del ecosistema tecnológico. Entre los convocados figuran el CEO de Microsoft, Satya Nadella, y la exdirectora tecnológica de OpenAI, Mira Murati. También declararán antiguos miembros del directorio que protagonizaron la crisis interna de 2023, cuando Altman fue desplazado y luego reincorporado en cuestión de días tras una fuerte reacción interna. A ese cuadro se suman doce exempleados de OpenAI que respaldan la postura de Musk. Se trata de investigadores e ingenieros que participaron en desarrollos centrales como GPT-3 y GPT-4. Según su visión, la organización perdió transparencia, aumentó su dependencia de Microsoft y abandonó el espíritu abierto que marcó sus primeros años. El caso es seguido de cerca por todo el sector. Competidores como Google y Anthropic observan el proceso atentos a cualquier debilitamiento de OpenAI que pueda alterar el equilibrio del mercado. También lo hacen actores internacionales, como la china DeepSeek, en una carrera que ya tiene escala global. Las implicancias van más allá de la competencia empresarial. Reguladores en Estados Unidos y Europa ven en este conflicto una oportunidad para avanzar en normas sobre gobernanza, transparencia y control de una tecnología cuyo desarrollo avanza más rápido que su regulación. Dos estilos contrapuestos El enfrentamiento también refleja estilos y trayectorias divergentes. Musk, de perfil confrontativo, intensificó sus críticas públicas contra Altman en su red social X, donde llegó a compararlo con un personaje manipulador de ficción. Altman, en cambio, respondió en tono más irónico, sugiriendo incluso comprar la red social por una cifra menor. La lucha actual entre los dos multimillonarios está moldeada por sus egos y la creencia de que el ganador controlará una nueva tecnología, resumió el autor Darryl Cunningham. Dudo que ninguno de los dos lo consiga. El veredicto del jurado será clave. Si falla a favor de Musk, la jueza Yvonne Gonzalez Rogers deberá determinar los daños y eventuales medidas, lo que podría obligar a OpenAI a reestructurarse y afectar su alianza con Microsoft. Si, en cambio, la empresa logra imponerse, Altman consolidará su control y tendrá margen para avanzar con planes de expansión que demandan inversiones por cientos de miles de millones de dólares. Lo que comenzó como una colaboración impulsada por una preocupación compartida sobre el futuro de la inteligencia artificial terminó convertido en una disputa que excede a sus protagonistas. En juego no está solo el control de una compañía, sino el modelo bajo el cual se desarrollará una de las tecnologías más influyentes del siglo XXI. SL Newsletter Clarín
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