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  • Es modelo, tuvo un ACV y lucha contra la discriminación por las secuelas que le quedaron: Voy a los castings y ya no me eligen

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 27/04/2026 03:30

    En el último año fui a todos los castings que pude y no quedé en ninguno. No me eligen. La frase de Manuela Lori, dicha casi en voz baja pero con una crudeza imposible de disimular, resume el presente de una vida que cambió de forma abrupta. A los 34 años, después de haber vivido quince dedicándose al modelaje, ese mundo de flashes, campañas gráficas y avisos publicitarios se convirtió en un terreno hostil. No por falta de talento ni de experiencia, sino por las secuelas físicas que le dejó un ACV. Hoy, cada rechazo duele distinto: no es solo laboral, es también una forma de sentirse afuera de un lugar al que perteneció durante mucho tiempo. Manuela había arrancado como modelo apenas terminó la secundaria, en una época donde las redes sociales todavía no eran el epicentro del negocio. Su camino se construyó a base de insistencia: primero fotos caseras, después un book profesional que su padre la ayudó a pagar, y finalmente castings constantes. No era una modelo de pasarela tradicional. Para hacer alta moda tenías que medir 1,75 metros y yo mido 1,70, explicó en diálogo con Infobae. Pero tenía algo que las agencias comerciales valoraban: una cara expresiva y capacidad de actuación. Empecé a hacer publicidades para gráfica de vía pública y televisión y me fue súper bien, contó Manuela, en alusión a que protagonizó varios comerciales de una reconocida gaseosa cola. No estaba representada por las agencias más famosas, pero sí por aquellas que manejaban el circuito comercial, donde cada oportunidad dependía de ser elegida entre decenas, aclaró. Ese ritmo, incierto pero sostenido, era su normalidad. Vivía de eso, de su profesión como modelo. Con el tiempo, empezó a pensar en el futuro. Sabía que el modelaje no es una carrera eterna y decidió anticiparse. Me anoté en la carrera de Psicología en la UBA mientras seguía trabajando. Durante años combiné los castings con los apuntes. Era una forma de construir un plan B, aunque en ese momento no imaginaba cuán necesario sería, admitió. Manuela se recibió en agosto de 2023. Cuatro meses después, el 3 de diciembre, su vida cambió para siempre. El ACV llegó sin aviso, cuando había iniciado una etapa importante en su vida: convivía con su novio en Nordelta. No hubo síntomas previos, ni señales de alerta. Estaba en su casa, acostada, cuando de repente sintió un mareo fuerte, visión borrosa y un dolor de cabeza insoportable, como un golpe seco. En cuestión de segundos, dejó de sentir el brazo izquierdo y perdió parte de la visión. No era solo confusión: era la sensación de que algo dentro de su cuerpo había dejado de responder. Su pareja, que estaba con ella, entendió que algo grave pasaba. Me empezó a preguntar cosas para ver si yo estaba orientada en tiempo y espacio, recordó. Pero la asistencia médica no fue inmediata. La ambulancia tardó como dos horas, contó. Y después hubo más demoras. Nos dijeron que teníamos que llamar a la ambulancia de la prepaga y tuvimos que esperar una hora más, detalló. Ese tiempo, en un cuadro así, puede ser determinante. Me decían que había gente que directamente moría en la ambulancia, relató. Finalmente, fue trasladada al Sanatorio Otamendi, del centro porteño, donde lograron diagnosticarla. La causa fue inesperada: Me dijeron que tenía una malformación congénita en el cerebro. Imaginate un ovillo de lana de venas y arterias enredadas. Eso estuvo ahí desde siempre, sin manifestarse. Hasta que un día explotó y causó una hemorragia. A partir de ese momento, comenzó un proceso médico complejo. Estuve dos semanas en terapia intensiva y después en total fueron cuatro meses internada, contó. Manuela pasó por cuatro cirugías porque la malformación estaba en una zona profunda del cerebro. La primera operación tuvo un objetivo urgente: intervenir sobre la zona que había sangrado para evitar que volviera a hacerlo. La idea era tapar el lugar por donde empezó a salir la sangre, precisó. Como el lugar en el que estaba alojada la malformación era muy peligroso, no se lo podía tocar de forma directa ya que cualquier intervención brusca podía generar daños neurológicos irreversibles, explicó. Por eso, el equipo médico decidió avanzar en etapas: La segunda operación formó parte de ese abordaje progresivo. En lugar de intentar resolver todo de una vez, los cirujanos trabajaron sobre sectores específicos de la malformación, reduciendo gradualmente el riesgo. La tercera operación continuó en esa misma línea. Para entonces, el objetivo ya no era solo evitar nuevas hemorragias, sino también estabilizar definitivamente la estructura vascular anómala. Cada paso implicaba evaluar cómo respondía el cerebro, cuánto se desinflamaba la zona afectada y qué margen había para seguir avanzando. La cuarta operación fue, en cierto modo, el cierre del proceso quirúrgico. Terminó de consolidar el trabajo previo, asegurando que la malformación ya no representara un riesgo inmediato de nueva hemorragia. Para ese momento, el objetivo principal de salvarme la vida ya se había cumplido, pero quedaba el desafío de minimizar las secuelas, contó. Pero lo más impactante no fue solo la gravedad médica, sino el contraste entre lo que ella creía que le pasaba y la realidad. Mientras estaba internada, pensaba que pronto volvería a su vida normal. No dimensionaba la magnitud de lo ocurrido. Quería irme a, pasar las fiestas en mi casa y retomar mi rutina. No entendía, todavía, que nada sería igual, admitió. Las secuelas aparecieron con fuerza cuando empezó la rehabilitación en el Instituto FLENI de Escobar. La mitad izquierda de mi cuerpo estaba paralizado. No podía mover el brazo ni la pierna. No tenía estabilidad. No podía caminar sola. Durante semanas dependí completamente de otros para hacer tareas básicas como pararme para ir al baño, ducharme o comer, remarcó. La recuperación fue lenta, exigente y profundamente emocional. El primer logro fue ponerse de pie. Después, dar pasos. Siempre con ayuda, apoyándose de los muebles o agarrándose de las paredes. Siempre con riesgo de caerse. El bastón, que le indicaron usar, se convirtió en un símbolo que rechazaba. Tenía 30 años y no quería verse así. Lo dejó de lado rápidamente, incluso antes de estar preparada. Me avergonzaba que me vieran caminar con un bastón siendo tan joven, no quería que me tuvieran lástima, contó. El proceso de recuperación fue exigente. El primer año fui de lunes a viernes a rehabilitación, dos horas por día, recordó. Y aunque los avances llegaron, fueron lentos. Empezar a caminar bien me llevó un año. Y aunque hoy puedo caminar sola todavía necesito usar un dispositivo para evitar que se me tuerza el tobillo y quede bien firme, dijo. Si bien Manuela ya camina con cierta estabilidad, aun hay algo que no se fue: la mirada de los otros. Me siento todo el tiempo observada. Mi andar no pasa desapercibido, se lamentó. El brazo izquierdo, en cambio, sigue siendo una deuda. No puede usarlo con normalidad. No puedo escribir, ni agarrar objetos pequeños. La motricidad fina es lo más difícil de recuperar, y los médicos no pueden asegurarme si volverá completamente. Para alguien como yo, que era zurda, esto implicó reaprender todo con la mano derecha, señaló sobre su constante y, muchas veces, frustrante adaptación. A eso se suma otra secuela invisible pero determinante: la pérdida del 50% del campo visual. Me quedó ciega la mitad izquierda de cada ojo, detalló. Es decir, no ve hacia el lado izquierdo en ninguno de los dos ojos, lo que afecta directamente su campo visual. Esta condición se llama hemianopsia homónima y, en términos prácticos, significa que perdió la visión periférica de un lado. Las consecuencias de esta secuela impactan en su vida cotidiana más de lo que parece a simple vista. Por ejemplo, explicó que esto es uno de los motivos por los que no puede manejar: Aunque físicamente podría adaptarme a un auto automático, la falta de campo visual me limita. Lo más difícil, sin embargo, es que no hay margen para la recuperación. A diferencia del brazo o la pierna, donde todavía mantiene expectativas, en este caso el diagnóstico es definitivo: Eso no se puede recuperar, porque es el nervio óptico que se murió. A pesar de todo, hubo algo que nunca dejó de empujarla: la decisión de volver a ser modelo. Una vuelta al modelaje que no resultó como esperaba Después de un año de recuperación intensa, sintió que estaba lista para volver al modelaje. No porque estuviera completamente recuperada, sino porque lo necesitaba. Era una forma de reconectar con quien había sido. De probarse a sí misma que todavía podía. Pero el regreso no fue como lo imaginaba. Los castings, que antes eran parte de su rutina, se transformaron en escenarios de incomodidad. En este mundo, el cuerpo es observado en detalle. Las manos, la postura, la forma de caminar. Todo cuenta. Y en mi caso quedo muy expuesta, admitió. De hecho, su forma de caminar, aunque mejorada, no es idéntica a la de antes. Aunque nadie se lo dice explícitamente, ella sabe que no resulta elegida por las secuelas que dejó el ACV en su cuerpo. En más de una ocasión, incluso, me sugirieron ocultar lo que me había pasado. Decir que fue una caída, un accidente menor. Y yo, con tal de trabajar, llegué a aceptar esa idea. Pero ni siquiera así conseguí el trabajo, recordó. A pesar de eso, no se rinde. Sigue yendo a castings. Sigue intentando. Pero también entendió que necesita construir otros caminos. Hoy trabaja como psicóloga, atiende pacientes y continúa formándose con un posgrado. Es su nueva base, su nueva identidad en construcción. Aunque incluso ahí aparecen inseguridades: teme que sus pacientes la vean diferente, que su historia le quite autoridad. En lo personal, también hubo cambios profundos. Se separó de su pareja poco después del alta. No quería ser una carga para él. Sentía que él me había elegido en una situación distinta, antes del ACV, y que ahora la relación podía transformarse en algo sostenido por obligación o por lástima, contó. Y esa sensación se vuelve todavía más explícita cuando se nombra a sí misma desde un lugar muy duro: Yo pasé a ser discapacitada. Desde ahí, Manuela decidió tomar una decisión que mezcla amor, miedo y una fuerte necesidad de no depender: No quería que estuviera conmigo por obligación. Tampoco quería ser una carga para mi familia así que me mudé sola a San Fernando, donde viven mi papá y mis hermanos. Esa autonomía, en su caso, no es un dato menor. Es una conquista diaria. El ACV no solo afectó su cuerpo: alteró la forma en que se ve a sí misma y cómo cree que los demás la ven. La inseguridad, la vergüenza, el miedo a no ser elegida en el trabajo, en el amor, en la vida son parte de ese proceso. Y sin embargo, hay algo en lo que se mantiene firme. Quiero terminar de rehabilitarme para volver a modelar como antes. Y en esa frase, más allá de las dificultades, aparece el motor que la sostiene. Estoy convencida que si uno se lo propone lo puede lograr, concluyó.

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