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  • Antes del túnel subfluvial: cuando Entre Ríos tuvo 38 locales del partido nazi | Análisis

    Parana » AnalisisDigital

    Fecha: 26/04/2026 10:18

    La influencia nazi en Entre Ríos, perturba y desorganiza la vida de los colonos es el título principal del Diario Crítica del viernes 22 de abril de 1938. D. E. El 13 de diciembre de 1969, cuando Juan Carlos Onganía cortó la cinta del túnel subfluvial Hernandarias, los 37 tubos de hormigón armado que cruzan el lecho del Paraná llevaban el sello técnico de Hochtief, la constructora alemana que había levantado el Führerbunker de Berlín y trabajado con mano de obra esclava durante el Tercer Reich, tal como lo reveló un informe de la revista del diario La Nación. La huella era visible para quien quisiera mirarla. No la miró nadie. La pregunta cuánta presencia nazi había echado raíz en Entre Ríos quedó debajo del agua, sepultada con los tubos. La respuesta, cuando se busca, sorprende por dos lados. Primero, porque es mucho mayor de lo que el imaginario provincial recuerda. Segundo, porque no llega por donde uno esperaría: no por la fuga de la posguerra, no por las rutas de las ratas que desembarcaron en Buenos Aires entre 1947 y 1951, sino por una red anterior, paciente, sembrada en las aldeas alemanas durante toda la década del 30, y que en su mejor momento llegó a contar con treinta y ocho locales del partido nazi NSDAP, ochenta y cinco escuelas y casi mil cooperativistas afiliados al partido en una sola localidad. Lo que sigue es la reconstrucción de esa red, y de lo que pasó con ella cuando el Reich se derrumbó. El paisaje sobre el que se sembró Hacia 1914, Entre Ríos era después de Buenos Aires la provincia argentina con más germanoparlantes. La gran oleada había arrancado en 1878, cuando 1.005 alemanes del Volga desembarcaron en el atracadero de Diamante para fundar la Colonia General Alvear y, a partir de allí, las cinco aldeas madre: Valle María, Protestante, San Francisco, Spatzenkutter y Salto. Aldea Brasilera vendría un año después, con un contingente que había hecho escala en Río Grande do Sul. Para fines de los años 30, según los datos que recoge el historiador canadiense Ronald C. Newton en su libro El cuarto lado del triángulo, había 64.000 germanoparlantes distribuidos en 124 comunidades de la provincia, atendidos por 85 escuelas con instrucción en alemán, mayoritariamente parroquiales o cooperativas. Hoy se estima que un treinta y cinco por ciento de la población entrerriana tiene ascendencia volguense. Pero esa cifra, repetida en folletos turísticos y festivales de colectividad, esconde una historia más compleja. Esa población hablaba alemán y, en muchos casos, lo seguía hablando puertas adentro. Sostenía iglesias luteranas, católicas alemanas y bautistas. Compraba periódicos en alemán. Mandaba sus hijos a escuelas donde los maestros, frecuentemente, eran enviados o subvencionados desde Alemania. Y a partir de 1933, una parte significativa de esa estructura cultural empezó a recibir un nuevo tipo de subvención: la del régimen recién instalado en Berlín. Newton reconstruye el mecanismo en una página clave de su libro: Los nazis tuvieron éxito en penetrar la estolidez rural entrerriana. Y enumera los nombres y las cifras. El primer acto público nazi de la Argentina fue en Galarza El 19 de septiembre de 1936, en la localidad de General Galarza, en el departamento Gualeguay, se inauguró el edificio de su Unión Germánica con un acto que no se parecía a ningún otro evento comunitario del país. Las crónicas de la época rastreadas por los investigadores uruguayenses Celomar Argachá y Orlando Busiello para su libro Nazismo y otros extremismos en Entre Ríos. A través de la prensa y otros documentos (1930-1945) describen discursos enfervorizados que enaltecían la superioridad de la raza alemana y señalaban a los judíos con epítetos. Entre los oradores había un médico llegado desde Nogoyá, el Dr. Miguel Facello. El diario El Día de Gualeguay, en su edición del 22 de septiembre, dedicó la cobertura a la cantidad de banderas nazis presentes en el acto. Se habló de salir en manifestación por las calles con un centenar de banderas con esvásticas, reseñó la crónica, pero no se llevó a cabo porque uno de los organizadores hitleristas no estuvo de acuerdo. Argachá y Busiello sostienen que aquel acto fue el primero de su tipo en territorio argentino. La afirmación es difícil de verificar de modo absoluto, pero coincide con la cronología nacional: el Landesgruppe Argentinien del NSDAP estaba consolidado desde 1931, pero los actos públicos masivos del partido en suelo argentino son posteriores a 1935. Galarza estaba en la vanguardia. Lo que vino después en el pueblo lo está también. Una noche, un grupo del Centro Germánico salió a las calles y pintó cruces gamadas en las puertas de todos los vecinos de origen judío. Hubo tres detenidos, condenados a tres meses de prisión por daños. La Justicia argentina, en 1936, no contemplaba tipificación específica para crímenes de odio. Eran daños. Hacia el final de 1937, según los autores, el movimiento nazifascista de Galarza parecía incrementarse, demostrando sus adeptos mayor confianza, desinhibición y una actitud desafiante frente a la comunidad. Un inspector escolar enviado a un centro nacionalista del pueblo no quedó claro si era la escuela de la Unión Germánica u otro local relató que los chicos lo despidieron con el brazo en alto, haciendo el saludo hitleriano. Galarza no era una excepción. Era un nodo. Newton documenta que en los años de mayor expansión, entre 1936 y 1942, el NSDAP llegó a tener treinta y ocho locales o puntos fuertes distribuidos por la provincia. La militancia tenía influencia decisiva en muchas cooperativas agrícolas, y en una de ellas la de Villa Crespo, en el departamento Paraná llegó a contar con 860 miembros afiliados al partido. Las instituciones afectadas eran las que sostenían la vida comunitaria de los Volgadeutsche: el Instituto Crespo una enorme escuela de campo que atendía estudiantes de Entre Ríos, Buenos Aires, Santa Fe, Chaco, La Pampa, Misiones e incluso Montevideo, la Sociedad Unión Germánica, la Sociedad Teutonia, el Deutscher Turn Verein, varias bibliotecas y sociedades culturales. La crónica del diario Los Principios de la época describía el ambiente con precisión: En las paredes de las aulas se ven con profusión los retratos de Hitler y la cruz esvástica. Más allá de Galarza, los hechos análogos son numerosos. En Concordia, el 9 de julio de 1937, durante el desfile del Regimiento 6 de Caballería, un grupo de jóvenes ingresó a la columna y desfiló frente a las autoridades militares con el saludo nazi. En Paraná, el Colegio Manuel Belgrano fue clausurado al comprobarse que los alumnos saludaban en estilo hitlerista y que las aulas estaban presididas por retratos de Hitler y de Paul von Hindenburg. En las colonias San Rosario y Santa Teresa, el inspector general de Escuelas, Florencio Jaime, ratificó al Consejo Nacional de Educación que en los colegios se había inculcado a los niños hábitos del régimen político imperante en Alemania y la admiración por sus gobernantes. En Victoria, los organizadores de un campeonato provincial de ajedrez intentaron impedir la inscripción de dos jugadores judíos; el campeón nacional Roberto Grau, cuyo nombre llevaba el torneo, envió una carta exigiendo la inscripción bajo amenaza de retirar el aval. El antisemitismo no era marginal. Estaba dentro del Estado, en las escuelas, en los clubes, en los cooperativismos. Y tenía una infraestructura comunicacional propia. Riffel y la imprenta de Lucas González La pieza más curiosa de esa infraestructura era una imprenta instalada en La Esperanza, una pequeña colonia adyacente a La Llave, en el Departamento Nogoyá. Operaba en la casa parroquial luterana de Lucas González y su responsable era el pastor Jakob Riffel. Riffel no era un hombre menor. Había nacido en Blumenfeld en 1893, había completado estudios secundarios en Moscú en 1915, había emigrado a Alemania en 1918 y se había ordenado pastor en 1922 después de pasar por Marburg. En 1923 fue enviado a Argentina por el Sínodo Evangélico Luterano del Río de la Plata, y en 1924 quedó a cargo de la congregación de Lucas González, donde permanecería con un paréntesis en Gualeguaychú entre 1941 y 1957 hasta su muerte, el 5 de abril de 1958. Está enterrado en el cementerio luterano de La Llave. Entre 1925 y 1929, Riffel comenzó a publicar como anexo de la revista parroquial un suplemento titulado Russlanddeutsche Ecke Rincón alemán de Rusia. En 1929 instaló su propia imprenta y lo independizó como publicación autónoma: Der Russlanddeutsche, El alemán de Rusia. A partir de 1935, la publicación recibió apoyo del NSDAP y se convirtió en un órgano clave de difusión del nacionalsocialismo entre los Volgadeutsche de Entre Ríos. Newton lo describe con una palabra: Riffel era un converso. Su trabajo no se limitó al periódico. Con respaldo nazi, Riffel ayudó a impulsar el Colegio Concordia de Villa Crespo la escuela de internos para hijos de alemanes rusos y a sumarle un seminario. Allí enseñaba el Hermano Lange, alemán nato del Sínodo de Missouri, descrito por Newton como proselitista nazi. Otro proselitista del mismo sínodo, el pastor de origen español A.L. Muñiz, oficiaba en Concordia. En 1941, Riffel se mudó con imprenta y todo a Gualeguaychú. Der Russlanddeutsche siguió saliendo desde allí, ya con la guerra avanzada y la Argentina presionada por Estados Unidos para tomar partido. La publicación fue clausurada por el gobierno argentino en 1945, junto con otras 14 iglesias del Sínodo La Plata que el Estado provincial intervino administrativamente ese mismo año por considerar que habían sido cooptadas por la militancia nazi. Riffel publicó durante unos meses un boletín en formato de tarjeta postal, Pastoralblätter, hasta que en 1946 le permitieron retomar con otro nombre: Der Landbote El mensajero de campaña. Esa revista, ya despojada de toda referencia política, sobrevivió a Riffel y siguió saliendo hasta 1971. Concordia, el cruce hacia el Uruguay Mientras Riffel imprimía, Concordia funcionaba como punto de tránsito. La ciudad tenía una posición estratégica: cruzaba el Uruguay por el río y proveía cédulas de identidad relativamente fáciles de conseguir mediante funcionarios del lado oriental, según documenta Newton. El cónsul alemán de la ciudad, Warhold Drascher, era una figura intelectual del Deutschtum: había escrito sobre el tema desde los años 20 y mantenía relación con publicaciones alemanas en el extranjero. El miembro más activo del partido en la zona era Arnold Fuhrmann, un militante intenso que más tarde cruzaría a Salto, en Uruguay, y se convertiría en la figura central del extravagante Complot Fuhrmann de 1940, un caso de presunta conspiración nazi en territorio uruguayo que terminó con doce detenidos. Lo notable de Fuhrmann es que, según los registros del NSDAP en Uruguay relevados por investigadores especializados, no figura en el listado del partido en ese país. Tampoco figura en el de Argentina, pese a haber sido detenido en territorio argentino al menos una vez. La explicación más probable es que su carnet se haya emitido directamente desde Alemania, lo que lo ubicaría en una categoría más sensible: la de los enviados con misión específica. A esa red, compacta y subvencionada, se le opuso un hombre solo, un periódico modesto y una bicicleta. Fred W. Gros era ciudadano estadounidense, pero había nacido en Rusia. Veterano del ejército norteamericano. Integrante de la Legión Americana. Pastor de la Iglesia Congregacional Evangélica Alemana en Turtle Lake, Dakota del Norte. En 1933 llegó a Entre Ríos por encargo de su sínodo. Pasó los siete años siguientes recorriendo aldeas, predicando contra el nazismo, y editando un periódico bilingüe llamado El Heraldo desde donde polemizó sin tregua con Riffel y con la red del NSDAP. En 1940 dejó la Argentina. Su tesis sobre por qué el nazismo había prendido entre los Volgadeutsche, recogida por Newton, es de las explicaciones más lúcidas que se han dado del fenómeno: los nazis convencieron a los inmigrantes campesinos pobres, marginalizados, con un alemán dialectal anclado en el siglo XVIII de que identificándose con el Nuevo Reich se ubicaban a sí mismos en un nivel cultural superior al de los criollos. La promesa nazi en Entre Ríos no era racial en primer término. Era de prestigio. De ascenso simbólico. De por fin pertenecer a algo grande. Esa promesa hizo blanco. La intervención En diciembre de 1942, Argentina empezó a moverse. Una Comisión Especial Investigadora de Actividades Antiargentinas, creada en la Cámara de Diputados por iniciativa del radical Raúl Damonte Taborda y del socialista Enrique Dickmann, había comenzado a funcionar en junio de 1941 con un objetivo explícito: investigar la red nazi en territorio nacional. La Comisión se topó desde el inicio con la oposición del gobierno conservador de Ramón Castillo, que le negó el apoyo de la fuerza pública para los allanamientos y obligaba a devolver el material secuestrado. Aun así, recibió cientos de denuncias espontáneas de ciudadanos comunes y compiló cuarenta y dos cajas de expedientes. Esos expedientes, hoy custodiados por la Dirección de Archivo, Museo y Publicaciones de la Cámara de Diputados y en proceso de digitalización están organizados por provincia. Los de Entre Ríos contienen denuncias específicas: nombres, direcciones, vínculos con la embajada alemana, listas de afiliados a la Federación de Círculos Alemanes, al Frente del Trabajo Alemán, al Centro Unión Alemán de Gremios. Es uno de los archivos más relevantes que existen sobre el tema y, hasta donde se sabe, ningún periodista entrerriano lo trabajó sistemáticamente. A nivel provincial, el gobernador Enrique Mihura intensificó las medidas. Su gobierno canceló el funcionamiento de un número significativo de escuelas con financiamiento extranjero donde se enseñaba religión y alemán, y multiplicó las entidades que combatían lo que se denominaba actividades antiargentinas. La intervención de las quince iglesias en 1945, ya bajo otro gobierno, fue el último capítulo de ese proceso. Coincidió con la rendición de Alemania y con la clausura de Der Russlanddeutsche. El silencio de la posguerra Y acá llega el dato que descoloca, y que tensiona el sentido común instalado. Cuando se busca el rastro de los criminales de guerra nazis que llegaron a la Argentina entre 1946 y 1952 el momento de las rutas de las ratas, el período del primer peronismo, los años en que Adolf Eichmann se instaló en San Fernando y Josef Mengele en Vicente López, Entre Ríos prácticamente no aparece. El listado de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la República Argentina (CEANA), creada por el gobierno de Carlos Menem en 1997 y que confirmó alrededor de 180 ingresos al país de criminales de guerra y colaboradores, los distribuye geográficamente con bastante claridad. Eichmann, Mengele, Roschmann, Schwammberger, Kutschmann, Christmann y Riphagen vivieron en el área metropolitana de Buenos Aires. Erich Priebke y Reinhard Kopps se establecieron en Bariloche; Herbert Habel en El Bolsón; Erwin Fleiss en Cipolletti; Fritz Lantschner volvió a Bariloche. Ludolf Alvensleben se instaló en Santa Rosa de Calamuchita; Fridolin Guth abrió una confitería en Agua de Oro. Eichmann y otros pasaron por Tucumán, en la empresa CAPRI del SS Horst Carlos Fuldner. El refugio descubierto por la UBA en Teyú Cuaré quedaba en Misiones. En los expedientes de la CEANA no hay un solo criminal de guerra con domicilio confirmado en Entre Ríos. Hay un detalle que confunde y vale aclarar: en los registros migratorios figura un vapor Entre Ríos como vehículo de ingreso de varios nazis. El Dr. Joseph Janko, un antiguo SS Obersturmführer yugoslavo, llegó en ese buque desde Génova el 17 de febrero de 1951. Fritz Neubert, redactor de la revista pro-nazi Der Weg, llegó en el mismo barco procedente de Hamburgo el 26 de noviembre de 1949. El Entre Ríos era un buque mercante que hacía ruta transatlántica, no un destino. Como tampoco lo eran los vapores Tucumán, Córdoba o Buenos Aires de la misma flota, todos ellos identificados en los listados como ferries de las rutas de fuga. ¿Por qué los nazis prófugos prefirieron Bariloche, La Falda o el conurbano antes que las aldeas alemanas de Entre Ríos? La respuesta probable tiene varios componentes. Las redes locales de protección armadas durante el peronismo se concentraron en zonas con conexiones de inteligencia o con presencia previa de la diplomacia alemana ya consolidada como red clandestina. Bariloche tenía a Hans-Ulrich Rudel y a su Kameradenwerk. La Falda tenía a los Eichhorn del Hotel Edén, que financiaban a Hitler desde los años 20. Buenos Aires tenía a Ludwig Freude, el alemán más influyente de Argentina según Newton, y a su hijo Rodolfo, secretario privado de Perón. Tucumán tenía la cobertura industrial de CAPRI. Entre Ríos no tenía ninguna de esas estructuras. Lo que tenía la red NSDAP de los años 30 estaba desarticulada por las intervenciones de 1942-1945. Las publicaciones, clausuradas. Las escuelas, cerradas o reformadas. Las iglesias, intervenidas. Cuando los criminales de guerra llegaron a Argentina, la provincia ya había sido limpiada administrativamente. Y la militancia nazi previa, aunque no fue judicializada, se diluyó silenciosamente en la vida comunitaria de las aldeas. Sin escándalos. Sin extradiciones. Sin biografías rescatadas. Eso es lo que falta investigar. Lo que queda enterrado La pregunta que abrió Hochtief al firmar el contrato del túnel en 1961 era, en realidad, dos preguntas. La primera la que ya quedó respondida en esa otra crónica era qué empresa había construido la obra y qué había hecho esa empresa entre 1933 y 1945. La segunda, la que sigue abierta, es más difícil de excavar: qué pasó con la red local que durante una década entera había hecho de Entre Ríos uno de los territorios más activos del NSDAP fuera de Alemania. Treinta y ocho locales del partido. Ochocientos sesenta cooperativistas afiliados en una sola localidad. Quince iglesias intervenidas. Una imprenta clandestina funcionando durante doce años. Un colegio rural educando a varias generaciones bajo retratos de Hitler. Pintadas con cruces gamadas en las puertas de los vecinos judíos de Galarza. Funcionarios del Estado argentino cónsules, pastores, inspectores colaborando con la red o cerrando los ojos. Y, después de 1945, un silencio que duró ochenta años. Los archivos están. Los de la Comisión Damonte Taborda en Diputados. Los de la intervención provincial de 1945 en el Archivo Histórico de Entre Ríos. La Riffel Collection en Concordia University St. Paul, en Minnesota, con la colección casi completa de Der Russlanddeutsche digitalizada. Los expedientes desclasificados por el AGN en 2025 sobre operaciones nazis. Las hemerotecas que rastrearon Argachá y Busiello. El informe del Consejo Federal de Inversiones de 1998 dirigido por Arturo Firpo, donde Orlando Britos historiador de Crespo colaboró en la documentación. La materia prima existe. Lo que no existe es, todavía, el periodismo que la cruce con las familias y los apellidos de hoy. Que recorra los cementerios luteranos de La Llave, de San Antonio, de Aldea Brasilera, y mire las fechas. Que pregunte en las aldeas qué pasó con los Riffel después de 1945, con los Lange, con los maestros que enseñaban con la esvástica colgada. Que lea las actas de las cooperativas y de las iglesias intervenidas. Que abra las cajas de Damonte Taborda y vea, expediente por expediente, los nombres de los denunciados. Bajo el Paraná, a 32 metros de profundidad, descansan los tubos de hormigón que aprendieron a sellar espacios herméticos en los sótanos de Berlín. Sobre tierra firme, a lo largo del territorio entrerriano, descansa otra cosa: la memoria parcial de una provincia que fue, durante una década, uno de los focos más activos del nazismo en Sudamérica. Y que decidió no recordarlo así. El túnel sigue funcionando. El río sigue fluyendo arriba. Lo de abajo, esperando.

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